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'Lugares comunes', vivir con dignidad

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En uno de los capítulos que más me emocionaron (y me siguen emocionando…) de la a menudo genial y muchas veces infravalorada serie ‘House’ (‘House M.D.’, 2004-), su personaje central, que como todos sabemos da nombre a la serie, harto de que otros personajes hablen sobre la necesidad de morir con dignidad, responde con vehemencia que: “Eso no existe. Los cuerpos se deterioran; a veces a los noventa, a veces antes de nacer; pero siempre sucede sin un atisbo de dignidad. No importa si no puedes andar, ver o limpiarte el culo. Siempre es horrendo, siempre. No se muere con dignidad, se vive con ella”. Magnífica frase, que huele a verdad y a lucidez por todos sus poros, y que puede aplicarse sin duda a la décima realización del cineasta argentino Adolfo Aristarain, titulada ‘Lugares comunes’ (2002), y bajo cuyas imágenes, en apariencia serenas, bulle con efervescencia la búsqueda de libertad personal, de razones para seguir existiendo, aunque sea con desesperada clarividencia.

Estamos hablando, por tanto, de una hermosa historia, contada con desarmante, dolorosa, casi subversiva humanidad por Aristarain, en plenitud expresiva absoluta, incapaz, una vez más, de ofrecer la mínima concesión al espectador, hablándole (sin parar…en verborrea incontenible…) de tú a tú, como un ser inteligente, proponiéndole un cine de imágenes accesibles pero un fondo tenebroso que investiga la condición humana y nuestra capacidad, o la carencia de ella, para trascender nuestra propia realidad, nuestras ideas, nuestro interior más inaccesible. Todo eso es ‘Lugares comunes’, película que se ve y se disfruta increíblemente fluida, pero que deja en nuestros corazones un poso de amargura sutil y poderosísimo, en las antípodas de un cine vistoso y amable con el interlocutor/espectador, avasallado por cuestiones que afectan a la sociedad y a los seres que (mal)viven en ella, interrogándose sobre sus propias convicciones, empatizando con dos personajes extraordinarios que, en el otoño de sus vidas, miran al abismo.

Cine hecho de palabras

Con Aristarain suele pasar lo mismo cada vez que hace una película. Algunos le acusan de que su cine es más literario que visual, que otorga una excesiva primacía a la palabra, antes que construir sus creaciones desde un punto de vista más cinemático. Para mí es un debate estéril. Al que le parezca una forma inadecuada de hacer cine, sencillamente que no vea sus películas. Aristarain no va a cambiar, y menos a estas alturas de su carrera. Sin embargo, a mí sí me parecen muy cinematográficas sus películas, y que las palabras que se desparraman por sus imágenes son parte central de ellas, ya que la puesta en escena, de una sobriedad y una elegancia admirables, es para, por y de los actores, elemento dramático máximo para el director, pues los personajes se erigen en representaciones alegóricas de sus anhelos y preocupaciones, y habla por su boca, y sienten y experimentar lo que el autor de la película. Creación de catarsis, de purificación, de purga, de despedida, de aceptación.

Al profesor de literatura Fernando Robles le prejubilan anticipadamente por rojo, por pelma, por ser un grano en el culo que, sin embargo, ama y practica magníficamente la pedagogía. Casado con una vitalista (y española) trabajadora social, Robles tendrá que empezar de nuevo su vida, cuando la ancianidad empieza a asomar tras cada esquina. Se reencontrará con su hijo, se reafirmará en sus amigos, se lanzará a la aventura de no saber quién es uno mismo, de perderse para tener que encontrarse. Aristarain y su guionista Kathy Saavedra huye conscientemente de una idealización de Robles, al que no le preocupa cargar de defectos para que convivan con sus vigorosas virtudes. Mucho más luminoso es el personaje de la mujer, Liliana, auténtico descanso del guerrero, amansadora de fieras intelectuales, detentadora de la paciencia, del amor sin límites y sin razones. Si él es el alma de la película, ella es el corazón. El resto de personajes, aunque muy secundarios, no desmerecen, en un collage de rostros y caracteres tan vivo como la vida misma. O más.

Huelga decir que Federico Luppi y Mercedes Sampietro están perfectos en ambos papeles. Más que perfectos. Ellos son Fernando y Liliana. Ambos sostienen la secuencia sobre sus hombres como dos titanes de la interpretación, de los diálogos, de los rostros, de las réplicas. Astros dramáticos en torno a los que gira cada movimiento de cámara, cada corte de montaje. Más aún si, como es mi caso, sientes a este matrimonio tan cercano en tu vida personal, tan parecido a seres a los que tanto quieres y tanto necesitas, cuyo drama se parece a ciertos dramas que vives cada día. Y en ese caso privilegiado (o maldito…) eres capaz de darte cuenta de lo bello, de lo terrible de una narración como esta, que no da espacio para lugares comunes, ni para paños calientes, ni para respuestas. Sólo para preguntas, y para la eterna duda de los que no somos más que motas infinitesimales del universo, haches atronadoras.

En pocas palabras: el que espere aquí una razón para la evasión del fin de semana, va a salir defraudado y seguramente tarifando, despreciando sin ambages esta película, y probablemente con buenas razones para ello. Pero el que esté de humor para el existencialismo, el que guste del disgusto de una vida malgastada y sin sentido (como toda vida que merece la pena ser vivida) tiene en ‘Lugares comunes’ una parada obligada en la que abrevar y reflexionar sobre su propia condición. Esta película tiene algo que hace que te enamores de ella como un adolescente, y que te revuelva las tripas como un anciano a las puertas de la muerte. Nunca la mirada de Aristarain, o el rostro de Federico Luppi, o la voz maravillosa de Sampietro, destilaron tanta amargura, pero también tantas ganas de vivir, tanto amor por el cine y la literatura. No es una película perfecta, pero es perfecta para los corazones cerrados por derribo.

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