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'Moby Dick', en el corazón del mar
Críticas

'Moby Dick', en el corazón del mar

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‘Moby Dick’ (id, John Huston, 1956) es la versión más famosa, y probablemente fiel —aun teniendo en cuenta el trabajo de síntesis llevado a cabo por el propio Huston y nada menos que Ray Bradbury, para resumir en menos de dos horas la historia de la novela— del libro homónimo escrito por Herman Melville. Dicha obra siempre obsesionó a Huston que quiso adaptarla con su padre —el insigne Walter Huston— en el papel del capitán Ahab. Con un Gregory Peck, de 38 años, impuesto por la productora, Huston se metió de lleno en el que el propio director consideró el rodaje más difícil de su filmografía, tres años después de otro rodaje caótico, el de ‘La burla del diablo’ (‘Beat the Devil, 1953), a juicio de quien esto firma el peor trabajo de Huston.

Un rodaje en el que el director insistió en filmar en el mar, con todos los problemas que ello conlleva —la producción pasó a nueve meses de rodaje tras los seis inicialmente previstos—, y que le llevó a todo tipo de trifulcas con el escritor de ciencia-ficción Ray Bradbury, quien llegó a agredir físicamente a Huston, cansado de las pesadas bromas de aquél. En cualquier caso, lo que importa son los resultados, y éstos son excelentes, mostrando a la perfección la obsesión del personaje principal, que bien podría tratarse de un alter ego de Huston, quien filmando ‘La reina de África’ (‘The Africa Queen’, 1951) se empecinó en dar caza a un gran elefante, historia recogida en el film ‘Cazador blanco, corazón negro’ (‘White Hunter, Black Heart’, Clint Eastwood, 1990).

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Precisamente esa citada obsesión, convertida prácticamente en locura, es de lo mejor retratado por Huston en el film. A ello contribuyen todas las apariciones del capitán Ahab, retratado por una incisiva cámara, que junto a la excelente interpretación del actor, mostraba el atormentado interior de un personaje autodestructivo, y gravemente herido por la gran ballena blanca, la cual parece una representación física de Dios, teniendo en cuenta las connotaciones religiosas del relato —el personaje del predicador al que da vida Orson Welles, que escribió sus propios diálogos, lo sugieren aún más—. Una lucha prácticamente perdida de antemano, en una de las más desesperanzadoras aventuras jamás filmadas, llevada a cabo por un grupo de “perdedores” en consonancia con ese universo tantas veces filmado, mejor que nadie, por Huston.

El film es narrado en off por el personaje de Ismael —un muy correcto Richard Basehart— desde cuya perspectiva es narrada la historia en su primera media hora. Incluso la primera aparición de Ahab, visto a través de una ventana y bajo una tormentosa noche, conserva dicho punto de vista. El mito preparándose para impactar en el espectador cuando éste aparezca por primera vez sobre la cubierta del barco. Es entonces cuando el punto de vista se cede al personaje de Peck, pero conservando todo lo que Ismael ha oído sobre él. Ahab es más un personaje que los demás han definido, como si de una figura mitológica se tratase. Los planos de Huston al mismo no dejan lugar a dudas, el personaje parece de otro mundo, casi una ilusión fantasmagórica, una leyenda.

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La lucha contra lo imposible

Las secuencias en las que habla a su tripulación sobre la misión que van a llevar a cabo sin descanso, mientras les anima a beber ron como si de un ritual se tratase, muestran el contagio de la citada “locura” de Ahab, al que sólo le importa su caza personal. Una caza quizá movida más por la venganza que por otra cosa. No por casualidad existen personajes que han sobrevivido a la gran ballena blanca, y no guardan ni el más mínimo rencor por ello. Contraposición de caracteres, incluso de vidas, como la que transcurre a bordo del Pequod, bañada por completo por la personalidad de un hombre que parece dispuesto a hacer lo imposible aunque tenga que llevarse consigo a toda su tripulación.

‘Moby Dick’ da comienzo con un bello plano de Ismael caminando y concluye con el mismo personaje utilizando un ataúd como bote salvavidas —ingenioso detalle cargado de ironía—, tras haber vivido la pesadilla de su vida, una pesadilla perfectamente fotografiada por Oswald Morris, uno de los habituales colaboradores de Huston, y que tuvo total libertad para la fotografía del film. Sus tonos apagados, casi cercanos al blanco y negro, dotan de realismo al film, sobre todo en sus impresionantes secuencias marítimas, con el vasto océano como infernal contexto a la locura contagiada por Ahab a sus fieles seguidores, aunque ello signifique la muerte.

Imágenes como la de Ahab atrapado en la ballena —filmada por el propio actor, a pesar del riesgo que corría con ello, tanto que Huston la dejó para el final por si el actor moría ahogado—, el barco enfrentado a la inmensidad del mar, o Peck soltando con firme convicción —a pesar de ese extraño parecido físico con Abraham Lincoln— los discursos de Ahab, para levantar/contagiar el ánimo a sus hombres, han trascendido al paso del tiempo. La película conoció un reestreno masivo cuando cierta película de Steven Spielberg, ambientada también en el mar, reventó las taquillas de todo el mundo.

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