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'Once', canciones de amor y desamor

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El pasado 31 de octubre nos decía, con resignación, mi compañera Teresa que 'Once', estrenada ese día, podía ser una de las sorpresas de la temporada, pero que no iba a poder comprobarlo por la limitada distribución del film. Aquí en Granada tenemos suerte en ese sentido, aunque seamos pocos los que lo aprovechemos, y es muy raro que algún estreno no se proyecte en alguno de los cuatro cines (hace nada eran seis) de la ciudad. Incluso el reestreno de la mítica 'Blade Runner' ha caído.

En respuesta a su pensamiento, no creo que 'Once' vaya a sorprender a nadie. Es muy poca cosa, es casi un videoclip barato y extendido con el propósito de que escuchemos canciones sobre el amor y el desamor. Si sabes que vas a esto, y te atrapan las canciones, disfrutarás de la sesión; si esperas un musical o que te cuenten una historia compleja o no te convencen las canciones, pasarás un rato muy aburrido en el cine. Si te pasa esto, más te vale que seas de los que abandonan la sala para, una vez gastado el dinero, no perder más el tiempo. ¿Mi caso? El primero.

La sinopsis de 'Once' (2006) es la siguiente: un anónimo cantante y compositor interpreta sus canciones por las calles de Dublín, cuando no está trabajando en la tienda de su padre (repara aspiradoras). Durante el día, interpreta temas conocidos para los transeúntes, por la noche toca sus propios temas. Su talento no pasa desapercibido para una chica, inmigrante checa, que vende flores en la plaza para sacar adelante a su hija y a su madre. Ella también compone canciones y toca el piano, pero nunca se ha atrevido a cantar en público.

La película está escrita y dirigida por John Carney, que se toma la tarea como si de un falso documental se tratase. Así, tenemos situaciones que parecen reales, ya sean en una habitación o en plena calle, donde hay que destacar un plano secuencia magnífico. Sin embargo, también nos encontramos con planos que se tambalean cuando no deberían. Por ejemplo, resulta lamentable cuando vemos a los dos personajes principales, en su primera charla con algo de intimidad, desde fuera de la cafetería, alejándonos de la situación, y además que se note tanto el pulso del cámara. Todo esto tiene sentido cuando pensamos en la falta de medios y en la de pretensiones, cosas que, por cierto, no tienen que ir ligadas de forma obligatoria.

Carney, por otra parte, no filma un musical tradicional y no usa las canciones para avanzar la trama. Éstas las reserva para que conozcamos mejor a los dos protagonistas, sus sentimientos, su pasado y su situación actual. Cuando esto ya lo consigue con un tema o dos, el resto pueden llegar a sobrar, porque no aportan casi nada. Salvo que, como a mí, simplemente, te guste pasar el rato escuchándolas. Ah, y no, no han tenido la mala idea de doblar las canciones. A Kubrick gracias.

El reparto de 'Once' es tan limitado como sus pretensiones. De hecho, los dos protagonistas son músicos, no actores. La buena noticia es que esto no se nota para nada (me refiero a la parte no musical, claro). Así, básicamente, "nuestra" mirada se va a posar casi todo el tiempo, primero, en Glen Hansard y, en menor medida, en Markéta Irglová. Hansard es sencillamente el rey de la función, aunque Irglová tiene momentos muy inspirados, como la primera vez que se sienta al piano y ya mucho más adelante, en el estudio, durante el descanso, cuando vuelve a posar sus manos sobre las teclas.

Pero, repito, Hansard es quien sostiene la débil película. Tiene un rostro que hace que te caiga simpático desde el principio, y cuando se pone a cantar y tocar la guitarra está fantástico. También encarna a un personaje que, dicho simplonamente, es un pedazo de pan, es fácil identificarse con él. Su amistad con Irglová está bien llevada y se compenetran estupendamente. De nuevo nos encontramos con la típica historia de amor que no llega a ninguna parte, centrándose únicamente en la contemplación de momentos concretos de la misma; esto queda claro desde casi el principio y es un error, porque permite al espectador dar por hecho el desenlace y relajarse aún más (o mirar más veces el reloj).

En resumidas cuentas, 'Once' podía haberse quedado en un disco, pero qué mejor que acompañar las canciones con imágenes para tener una experiencia más completa. Desgraciadamente, es un film de bajo vuelo, que no pretende hacer ruido (ya, ya) y que puede sacar de quicio al espectador impaciente o que se encuentre algo cansado. La mejor opción, opino, es centrarse en las canciones y pasar un poco del resto, no hay para rascar ni tampoco se pretende.

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