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Peter Weir: 'El visitante', enervante interludio televisivo

Peter Weir: 'El visitante', enervante interludio televisivo
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Los más que sobresalientes resultados obtenidos por 'La última ola' ('The last wave', 1977) permitían a Peter Weir firmar un contrato con la South Australian Film Corporation, anunciándose a bombo y platillo que el siguiente filme del cineasta sería 'Gallipoli', puesta en escena de una famosa batalla de la Primera Guerra Mundial acaecida en tierras turcas y en las que las tropas australianas tuvieron gran protagonismo. Pero el proyecto que estaba llamado a consagrar al realizador, se vio aparcado momentáneamente mientras se cerraba el guión, momento que Weir tuvo que aprovechar para volver a la televisión y así hacer frente a sus acuciantes necesidades económicas.

Fue así como el cineasta llegó a 'El visitante' ('The plumber', 1979) filme apadrinado por la cadena TCN-9 que en principio Weir sólo tenía que haber escrito pero que terminó dirigiendo a instancias de los dos productores del filme, que habían quedado muy impresionados por la espléndida labor que el director había hecho con un guión que se basaba tanto en las experiencias de unos amigos suyos que vieron invadida la intimidad de su hogar por un fontanero bastante extraño, como en las suyas propias con un autoestopista bastante curioso.

El visitante 1

La fusión de ambos personajes es la que cristaliza en Max, un intromisivo fontanero que se presentará un buen día en el apartamento que ocupan el matrimonio compuesto por Brian, profesor de universidad, y Jill una antropóloga en pleno proceso de redacción de su tesis cuya estabilidad psicológica se verá comprometida por la inquietante presencia del extraño. Incidiendo así de nuevo en ese eje temático que ya hemos citado en las tres películas que han precedido a la que hoy nos ocupa, 'El visitante' supone no obstante una ruptura con los ambientes sensoriales desarrollados en 'Picnic en Hanging rock' ('Picnic at Hanging rock', 1976) y 'La última ola', centrando aquí Weir su discurso narrativo en la opresiva y fría naturaleza del pequeño apartamento en el que se rueda la acción y en las profundas connotaciones sexuales que se van apuntalando durante todo el metraje.

Ya en la presentación de Max —un espléndido Ivar Kants—, introducido con planos medios a la altura de los genitales mientras entra en el ascensor del edificio en el que se desarrolla la práctica totalidad de la acción, podemos apreciar la fuerte voluntad de Weir por remarcar la definición sexual que caracterizará toda la cinta, una voluntad que irá mostrándose de forma constante mediante la violación del espacio íntimo que es el cuarto de baño por parte de un personaje de naturaleza claramente animal que inquieta desde el primer momento.

El visitante 2

Contrapuesta al fontanero encontramos a Jill, una mujer frágil en la que se dan cita la Ingrid Bergman de 'Luz que agoniza' ('Gaslight', George Cukor, 1944) o la Mia Farrow de 'La semilla del diablo' ('Rosemary's baby', Roman Polanski, 1968), sometida como estará al esquivo juego de tortura psicológica en el que queda atrapada por el fontanero, jugando Weir constantemente por las más que obvias connotaciones sexuales que dicha profesión tiene, algo que queda expuesto con contundencia cuando Max se dirige a Jill afirmando que "tiene las cañerías demasiado pequeñas, aguantan demasiada presión". Un comentario éste que sirve como perfecto corolario de todas las arremetidas que desde un primer momento hará el personaje hacia el frígido y estirado carácter de la aburguesada protagonista.

En lo que a dirección se refiere, el cineasta australiano da aquí una nueva lección de economía narrativa, haciéndose eco de las formas de Hitchcock o Polanski para acentuar sobremanera el matiz psicológico de la historia mediante angulaciones y encuadres —abundan los contrapicados y picados cercanos— destinados a elevar la tensión en el espectador. En este sentido, resulta brillante la secuencia en la que (cuidado spoilers), tras haberle impedido la entrada en la vivienda, Jill comienza a escuchar ruidos en el falso techo, indicativo claro de que Max está colándose en el hogar, enfatizando Weir el estado de paranoia al que se ve sometida la protagonista con un espléndido travelling en contrapicado.

El visitante 3

Sin ser una película sobresaliente, 'El visitante' es un interesantísimo ejercicio en el que Weir, haciendo gala de una gestión de recursos espléndida, concreta un cine sin revestimientos, artificios o ambages, descansando toda la efectividad de la cinta en los duelos interpretativos entre la pareja protagonista —los demás papeles, como la vecina y amiga o el marido casi ausente carecen de relevancia propia y están puestos ahí para reforzar la degradación psicológica de Jill—, en la soberbia puesta en escena del cineasta y en un guión que siempre deja en suspenso las motivaciones de Max, reforzando así la impresión de su animal naturaleza.

Un libreto que, además, sirve al cineasta para plantear una curiosa relación de sinonimia: si al principio del filme Jill narra a su esposo la humillación a la que sometió a un chamán aborigen sin pretenderlo, a la conclusión del metraje, la protagonista se verá obligada a abandonar sus rectas convicciones y ponerse al nivel de ese salvaje que es Max para tenderle una trampa, venciéndole y humillándole, ahora de forma consciente, en un terreno en el que él no puede competir, el intelectual. Y así lo muestra Weir con los dos últimos planos, un picado desde el punto de vista de Jill y un contrapicado desde el de Max que devuelve a cada personaje al lugar que le corresponde.

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