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'Sherlock Holmes: Juego de sombras', mejor que la primera

'Sherlock Holmes: Juego de sombras', mejor que la primera
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Ya conoces mis métodos.

(Sherlock Holmes)

El rotundo éxito comercial de la moderna y aparatosa adaptación de ‘Sherlock Holmes’ dirigida por Guy Ritchie, con Robert Downey Jr. y Jude Law de protagonistas, hacía inevitable al menos una continuación (ya sabemos que en Hollywood, mientras algo dé dinero, se explota hasta la saciedad). Los productores volvieron a confiar en el equipo de la primera entrega, con la notable excepción de los guionistas (a priori, una estupenda noticia), y ya en el tráiler quedó claro que el objetivo, a grandes rasgos, era ceñirse a la fórmula que había obtenido el respaldo del público. Sin arriesgar, pero cumpliendo la norma no escrita de las secuelas: ‘Sherlock Holmes: Juego de sombras’ (‘Sherlock Holmes: A Game of Shadows’) prometía ser más oscura y más espectacular que su predecesora. Los resultados en taquilla debieron ser también mayores, pero curiosamente esta segunda entrega se ha quedado por debajo de las cifras que logró ‘Sherlock Holmes’ en 2009.

Ya sabéis que no me encuentro entre los que aplaudieron la visión que tiene Ritchie de las aventuras del detective creado por Arthur Conan Doyle (prefiero la más fresca y exigente serie de televisión de la BBC con Benedict Cumberbatch y Martin Freeman), la película de 2009 me parece un despropósito que se salva gracias a los actores (y Hans Zimmer), así que cuando fui al cine a ver la segunda parte estaba mentalmente preparado para aguantar dos horas de ruido, tontería y estética de videoclip, como cuando me siento a ver algo de Michael Bay, McG o Tony Scott, por mencionar otros adocenados realizadores de la industria del “entretenimiento” de Hollywood. Y cuando ya en las primeras escenas se apuesta por incluir una brutal y gratuita explosión (absurdo prólogo donde los haya) y una fantasiosa pelea de Holmes contra un puñado de matones idiotas que no desentonaría en absoluto dentro de la saga ‘Matrix’, empecé a temerme lo peor. Por fortuna para mi salud mental (y la de millones de espectadores, sean conscientes o no) la película mejora a partir de ahí y llega a resultar más intensa y entretenida que la primera entrega. Cumple con lo (poco) que promete.

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Tras desbaratar los planes del insulso Lord Blackwood (desaprovechar a un actor del talento de Mark Strong debería ser delito), Holmes y su fiel amigo el doctor Watson deberán hacer frente en esta nueva entrega a un enemigo más inteligente y peligroso, el profesor James Moriarty, cuya siniestra presencia ya se había dejado notar en el primer film (aparecía entre sombras junto al personaje que encarna Rachel McAdams, Irene Adler, que vuelve a participar brevemente en la secuela). Moriarty, encarnado con precisión por el carismático Jared Harris, es presentado por Watson como un prestigioso intelectual y por Holmes como “la mente criminal más formidable de Europa”, el cerebro detrás de un elaborado plan que podría provocar el “colapso de la civilización occidental”. Por tener avisado al público, se añade el dato curioso de que este nuevo enemigo fue boxeador en la universidad. Pues claro, y ya se sabe, eso es como montar en bicicleta… Lo raro es que hayan introducido al personaje de Mycroft Holmes sin convertirlo en otro experto luchador al que podría haber encarnado Jason Statham (amigo del director). Siguiendo la línea más tradicional, el hermano mayor de Sherlock es un refinado, excéntrico y misterioso empleado del gobierno que rehuye la acción; Stephen Fry es una elección de casting sencillamente perfecta.

La otra destacable novedad del reparto es Noomi Rapace (la primera Lisbeth Salander que vimos en la gran pantalla) dando vida a Sim, una gitana que, por supuesto, lee el tarot y adivina el futuro. Y además es atractiva, aventurera y sabe lanzar cuchillos, que hacía falta una sustituta de McAdams. El de Rapace es el habitual personaje femenino que tanto abundan en las películas comerciales, simplón y prescindible, un mero adorno (a menudo para suprimir todo rastro de homosexualidad) y un monigote que sirve a los guionistas como apoyo para añadir más acción o explicaciones de los razonamientos y las estrategias, no vaya a ser que el espectador, aturdido con tanto fuego artificial y mareo de cámara, haya perdido el hilo de la historia. Que a fin de cuentas es lo mismo de siempre con otro envoltorio. Moriarty firma sus libros con amabilidad y alimenta a las palomas, pero en el fondo es un psicópata y quiere controlar el mundo, o al menos ser inmensamente rico y jugar al ajedrez en montes nevados con una copita de vino en la mano. En su “brillante” plan juega un papel fundamental el hermano de Sim, un amigo de anarquistas (terroristas según Hollywood) al que Holmes y Watson deben encontrar antes de que sea demasiado tarde.

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Puñetazos, patadas, caídas, persecuciones, tiroteos, explosiones, chistes fáciles, frenéticos flashbacks, absurdos planos detalle (¿era necesario ver cómo se dispara el proyectil de un cañón?) y abuso de la cámara lenta. Ritchie sigue fiel a su estridente visión de la obra de Conan Doyle, entendiendo a Holmes poco menos que como un superhéroe de principios del siglo XX. Pero el cineasta inglés tiene la delicadeza de poner algo más de empeño en la puesta en escena, lo que sumado a un lujoso diseño de producción, una impecable fotografía (Philippe Rousselot), una efectiva banda sonora y un sólido reparto (la química entre Downey Jr. y Law sigue funcionando), convierten a ‘Sherlock Holmes: Juego de sombras’ en un correcto divertimento que logra disimular un conservador engranaje. El guion de Kieran y Michele Mulroney dispone una trama mecánica y sigue el esquema de la primera entrega, pero resulta ingenioso en algunos tramos (quizá el mérito sea de los actores), acierta jugando con las expectativas del público, que siempre trata de adivinar el siguiente paso, y propone un villano más interesante que Blackwood (era fácil). Lo peor, el excesivo metraje, por esa tonta idea que tienen en la industria de que cuántas más cosas pasen, mejor. No señores, a menos que vayan a readaptar ‘Guerra y paz’ o ‘El señor de los anillos’, traten de no superar los 90 minutos. Así pueden programar más pases, ganar más dinero, y nosotros no nos agotamos. Todos contentos.

2,5

  • Otra crítica en Blogdecine:

‘Sherlock Holmes: Juego de sombras’, no es el único, ni genial

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