Steven Spielberg: 'Indiana Jones y el templo maldito', fortuna y gloria

Steven Spielberg: 'Indiana Jones y el templo maldito', fortuna y gloria
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¡Kali Ma nos protege! ¡Somos sus hijos! Le ofrecemos nuestra devoción y un sacrificio de sangre… ¡y carne!

-Indiana Jones

La secuela de ‘Raiders’ tenía que llegar, era inevitable. Ya se había hecho un preacuerdo entre Lucas, Spielberg y Ford, y después del asombroso éxito de ‘E.T.’ (que sería, hasta la llegada de ‘Parque Jurásico’, la película más taquillera de todos los tiempos) Spielberg tuvo que agachar la cabeza y regresar a una saga a la que no le apetecía volver en aquel momento de feliz creatividad, después de una película tan personal. Sin embargo, y a pesar de que ‘El templo maldito’ no añade nada a su filmografía (como sí lo hará ‘La última cruzada’), fue una jugada inteligente seguir esforzándose en la construcción de este icono de aventuras.

Si la primera rendía tributo a Michael Curtiz, esta se acerca más a un Hawks o un Sturges desatados e hiperbólicos. Auténtico cómic supervitaminado, ‘Indiana Jones y el templo maldito’ es la más frenética e intensa de todas las películas de Indy, la de las secuencias más repulsivas, y la del tono más siniestro. Nuevos personajes y nuevos escenarios para una historia muy del gusto de Lucas, que nos lleva a la India para pasar miedo, asco, para reirnos y para soltar adrenalina a chorros. No es el mejor Spielberg, pero es un Spielberg que cumple con nota el encargo de dirigir una secuela loca.

Lucas tuvo no una, sino varias ideas

Como suele suceder con Lucas, no era cierto que tuviera tres historias en la cabeza cuando se pusieron con el primer Indy (como no fue cierto que tuviera seis películas de ‘Star Wars’ preparadas…), pero no se puede negar que cuando se pone a ello, su fertilidad imaginativa es notable. Muchísimas ideas que tuvo fueron descartadas por un Spielberg bastante renuente a realizar la segunda película, aún a sabiendas de que debía hacerlo. Esta vez, el asombroso equilibrio de la primera parte se vería reemplazado por una historia mucho más exagerada.

Si el trasfondo de la primera aventura era la religión cristiana, aquí es la religión hindú y sus numerosos dioses. A los rasgos áridos y africanos de Túnez se superponen ahora las coordenadas frondosas y asiáticas de Sri-Lanka (no pudieron rodar en el norte de India porque el gobierno encontró, lógicamente, ideas racistas en la trama). Si antes el objeto a recuperar era el Arca de la Alianza de los hebreos, ahora es la piedra sagrada de un pueblo en las montañas más pobres de India. No repite Marion Ravenwood, sino que tenemos nueva “chica Indy” con Kate Capshaw (por la que Spielberg dejaría a su mujer, y que es su esposa desde entonces) cuya Willie (así se llamaba el perro de Spielberg, para seguir la tradición de Lucas…) es el contrapunto cómico a tanta sangre y tanta oscuridad.

Lo que algunos no saben es que, en teoría, esta película es una historia previa a la primera película. Así lo aseguraron sus responsables. La razón es que no querían meter nazis en las tres películas. Pero salvo ese pequeño, e intrascendente detalle, nadie la percibe como previa. Y esta saga carece del carácter temporal y progresivo de ‘Star Wars’, por lo que tal carácter previo carece de importancia. Por otro lado, con la India de fondo, ¿alguien se pregunta dónde están los nazis?.

Muchos miembros del equipo volvieron a caer enfermos durante el rodaje (casi una tradición en esta saga) y la filmación fue, de nuevo, dura y complicada, pero Spielberg terminó en el tiempo y el presupuesto previstos. La película iba a ser un nuevo éxito, como nadie dudaba que fuera.

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El lado oscuro del arqueólogo

Realmente, si te aburres…es que estás muerto.

La montaña de la Paramount vuelve a convertirse en un objeto real, esta vez en el bajo relieve de un gong ritual, que da paso a una escena musical sobre la canción ‘Anything Goes’, de Cole Porter, versionada algo excesivamente por John Williams y cantada en mandarín por Capshaw. Ya desde que aparece esta actriz advertimos el tono jocoso, el sano cachondeo y la hilaridad que van a presidir gran parte de la trama. Estamos en el terreno del cine de los años treinta, bajo la mirada de un Spielberg feliz y algo atolondrado.

Este es un bloque de preámbulo, a la manera de la primera película, que nada tiene que ver con la historia principal. Y cuando decimos que vamos a ver el lado oscuro del arqueólogo, no nos referimos sólo al momento final en el que Indiana se transforma por beber sangre demoníaca, sino a que este es un Indiana más violento y amoral que el anterior. No sólo amenaza con matar a Willie con un cuchillo si no le dan el diamante prometido, sino que una vez envenenado, ensarta a un enemigo con un hierro ardiendo, y para despejarse golpea sin rubor a una camarera que pasaba por allí...

La suerte es que por muchos actos tremendos que pueda hacer, Harrison Ford es capaz de dotar de credibilidad y carisma a un personaje que podría haber resultado abyecto, o directamente absurdo. Siempre he creído que es un gran actor, instintivo y verosímil, y nunca forzado. Cuando decide ayudar al pueblo de India, parece más movido por la codicia que por otra cosa (“fortuna y gloria”...), confirmada por el brillo de los ojos al coger no sólo esa piedra, sino también las otras dos. Por eso es tan aterrador verle poseído y encandenando a Willie en el templo, porque nos lo creemos después de todo lo visto. Eso sí, todo terminará con un emotivo intercambio de sombreros entre él y Tapón (señor tapón).

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Rasgos estilísticos

Más que rasgos estilísticos, observamos una serie de secuencias de gran complejidad técnica que intentan ofrecer un “más difícil todavía” meritorio, mezclado con un tono de humor grueso que no siempre funciona igual de bien. Podemos comentar un poco cada bloque:

1. La llegada a India comienza con un plano alucinante en el que el trío protagonista se lanza de una avioneta subidos a una lancha que se va hinchando a medida que cae, momento recogido por Spielberg…¡en un solo plano sin cortes, desde el avión hasta la superficie nevada de la montaña! Luego caerán por un precicipio hasta un río, pero aquí habrá tres cortes. La bajada por los rápidos es un claro homejane a ‘La reina de África’ (Huston, 1951). El encuentro con los hindúes respira un aliento místico indescriptible, gracias también a la opresiva música de Williams y a la magnífica fotografía de Slocombe.

2. La historia de los niños secuestrados tiene ciertos ecos de holocausto judío, prefigurando futuros intereses del director de tratar ese tema. Y su clímax tiene lugar en pleno proceso de redención de Indiana, que abandona toda pretensión de fortuna y gloria, y después de haber visto tanto horror (como Oskar Schindler), no se va de Pankot sin sacar de allí a todos los niños.

3. El viaje en elefante aúna, por primera vez, lo tenebroso con lo hilarante, sobre todo gracias a una Willie (rubia y tonta y torpe) que da pie a todo tipo de momentos graciosos que se irán repitiendo, con más o menos brillantez, a lo largo de la película, sobre todo en su aversión a bichos de toda clase. Y bichos vamos a ver hasta hartarnos, con dos secuencias cumbre en este sentido: la de la cena y la de la celda-trampa, siendo muchísimo mejor, en ritmo e ingenio, la segunda, que termina destrozándonos los nervios, con un montaje perfecto.

4. Las dos secuencias de sacrificio son de lo más oscuro que ha filmado Spielberg jamás, siendo la segunda mucho más larga y terrible, aunque, cosa curiosa, la segunda vez Mola-Ram (un alucinante Amrish Puri) no le arranca el corazón a Willie… En este escenario es vital la lava y el fuego, que ofrecen resplandores rojos infernales, así como mucho humo. Parece un lugar gigantesco, pero no lo era tanto, sino que la cámara de Spielberg sabía hacerla mucho más grande.

5. El bloque final es un muy meritorio compendio de escenarios, a cada cual recorrido de forma más frenética. En las minas liberan a los niños, después Indiana se enfrenta a un nuevo gigante, seguido de la brutal (y poco creíble) persecución por las vías, y culminado todo por la famosa secuencia del puente suspendido sobre un río infestado de cocodrilos. Más difícil imposible.

Es mérito de Spielberg sostener un relato que, sobre el papel, era insostenible, con un ritmazo que jamás decae, salvo en un par de fisuras. Son muchas las ideas increíbles, que hay que creerse con un esfuerzo de voluntad, como la cantidad ingente de agua que sale de un pozo y que anega completamente varios kilómetros de vías para intentar ahogarles. A esas alturas, a uno le da igual que le metan eso doblado.

Esta película no añade nada nuevo a la trayectoria ascendente de Spielberg, pero pocas veces una locura tan desparramada había gozado de tan impecable narración.

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