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Steven Spielberg: 'Salvar al soldado Ryan', portentosa película bélica

Steven Spielberg: 'Salvar al soldado Ryan', portentosa película bélica
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"No estamos aquí para hacer cosas decentes, estamos aquí para cumplir las putas órdenes" -Capitán Miller

Antes de darle un repaso a la película número dieciocho dirigida por Steven Spielberg, se impone la necesidad de recapitular, siquiera brevemente, sobre lo que los años noventa aportaron a su filmografía. El único gran cine, a ratos cine extraordinario, de esa década hizo su aparición en el melodrama 'La lista de Schindler'. Todo lo demás abarató de manera deprimente la trayectoria de un gran hombre de cine: ni el sosísimo y azucarado díptico jurásico, ni su versión del mito de Peter Pan, ni el flojísimo melo 'Amistad' están a la altura de su talento. Pero, lo que son las cosas, Spielberg seguía en plena forma cuando decidió cerrar década con un ambicioso bélico de gran presupuesto y gran carga dramática que, aún con sus defectos, sigue siendo uno de sus trabajos más completos y que mejor soportan el paso del tiempo.

Superproducción bélica de primer orden y gran empaque, primer trabajo con Tom Hanks, Spielberg echó el resto y se la jugó como pocas veces (y cosa curiosa, siempre que se arriesga...suele salir ganando, con lo que debería arriesgar más), para demostrar su poderío narrativo y que seguía siendo ese director poderoso y oscuro de, por ejemplo, 'Tiburón'. Y lo logró con creces. No creo que 'Salvar al soldado Ryan' sea la obra grandiosa que muchos (seguidores o no del director) proclaman, pero es incontestable que se trata de un poderoso y portentoso relato bélico, que recupera el ingenio y el empuje de un cineasta que durante demasiados años tuvo el nivel de autoexigencia tan bajo que no se parecía a sí mismo.

Un proyecto grandioso

Por supuesto, Spielberg quiere pasar a la historia, y si se pone con un bélico, su anhelo es el de dejar huella. Por eso comienza su relato con el desembarco de Normandía, porque sabe que tanto en pericia técnica como en medios, él puede lograr una secuencia inolvidable. Muchos dijeron, y aún dicen, que esa secuencia es lo mejor de la película, e incluso que el resto de ella es tan inferior, que no interesa. No creo que sea para tanto el contraste, pero sí es cierto que el arranque le deja a uno con la boca abierta. La pena es que en lugar de ser la verdadera primera secuencia de la película (lo que hubiera sido aún más impactante), la precede un prólogo completamente innecesario que luego se cierra con epílogo más innecesario aún. Y vamos a empezar hablando de este grave defecto para no dejarlo para el final, porque creo que esta gran película no se lo merece.

Teniendo en cuenta que Spielberg termina el prólogo con el rostro del anciano en el cementerio, y corta casi al rostro de Hanks, podría parecer que son el mismo personaje, el interesante y ubicuo capitán Miller. Pero resulta, como todos sabemos, que el anciano es el propio Ryan. Dejando a un lado que me parece caprichoso e innecesario este juego con el espectador, el modo en que se abre y cierra un relato, si bien no lo condiciona absolutamente, lo hace en gran parte, y este prólogo y epílogo, y su absurdo e ingenuo mensaje, es el mayor defecto de un relato que habría ganado muchísimo sin ellos: en concisión, en coherencia y en ausencia de paños calientes. Pero hay lo que hay, y para Spielberg la guerra merece la pena si somos buena gente, porque ganamos los buenos.

Pero por suerte, este grandioso proyecto posee suficientes alicientes y virtudes como para soslayar la incómoda certidumbre de que incluso se podría haber llegado más lejos. Para empezar su tratamiento visual, que es uno de los más acabados de su carrera. Pocas veces la guerra ha sido tan sucia, verdadera, real. El diseñador de producción Tom Sanders y el director de fotografía Janusz Kaminski, se unieron para ofrecer al espectador unos ambientes y una imagen impresionantes. Con los colores desaturados y una puesta en escena casi documental (con frecuente cámara al hombro y poca o ninguna steady-cam), nos introducimos en una Europa derruida, esquilmada, y vivimos en nuestra piel ese viaje a la Francia ocupada, de inigualable fuerza plástica.

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Ya en el desembarco, está bastante claro que el director es muy otro que el de las blandenguerías de 'Amistad' o 'Parque Jurásico'. Con un uso de la cámara asombroso, con un diseño de sonido espectacular, desembarcamos nosotros espectadores, literalmente, en las playas de Normandía. Algunos se sorprendieron de la crudeza de las imágenes, viniendo de quien vienen, como si nunca hubiera hecho 'Duel' o 'Tuburón'. Él y Kaminski filman el combate con la discutida pero ciertamente efectiva técnica de cerrar la cortinilla del diafragma para dejar pasar menos luz al fotograma y así obtener ese efecto estroboscópico que aumenta el grano pero también convierte la imagen en algo tan nítido y tan físico. Pero todo esto no habría valido de nada si Spielberg no hubiera recuperado esa pasión por filmar traducida en una fuerza narrativa deslumbrante.

Al desembarco de Normandía se opone, en la conclusión, la dramática defensa del puente. Pero, entre medias, varias secuencias certifican que esta película es un bélico apasionante: la muerte del médico, filmada en off (con la mirilla del francotirador como única herramienta para acceder a su visionado), o el largo bloque urbano y lluvioso inspirado, como no podía ser de otra manera, en Kubrick y su 'La chaqueta metálica', en el que Spielberg supera con creces a su "maestro", tres años antes de recoger el testigo de su proyecto 'Los superjuguetes duran todo el verano' (que se convertiría en 'A.I.'). Todo lo que Kubrick ensayaba en los tiempos rítmicos y en los espacios visuales de su bélico urbano, Spielberg lo lleva mucho más allá, armando una secuencia mucho más fluida y densa, más intensa y verdadera.

Porque una de las grandes virtudes de esta película es su sencillez, su linealidad. El duelo entre francotiradores, el tiroteo salvaje contra los nazis al derrumbarse un muro, pero también el error a la hora de identificar a Ryan, el tobillo dolorido del personaje de Giamatti, la apuesta sobre la procedencia y la profesión del capitán, la terrible muerte de Wade, el evento con la niña francesa. El guión ofrece muchas posibilidades a Spielberg, y no las desaprovecha. Muchos espectadores no se creían que tal misión pudiera tener lugar, pero la carta que lee el jefe del estado mayor es verídica, y la historia está inspirada en cinco hermanos que murieron en la Segunda Guerra Mundial.

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Pero poco de eso importa. Lo que importa es un grupo de personajes muy elaborado, interpretado sin fisuras no sólo por un gran Haks (inolvidables sus lágrimas a la muerte de Wade), sino por unos grandes Tom Sizemore, Edward Burns, Barry Pepper, Giovanni Ribisi, Vin Diesel, Adam Goldberg y Jeremy Davies. Cada uno de ellos sabe que su personaje es un regalo y se entrega a fondo. Son personajes dibujados con tiralíneas, perfectamente diferenciados entre sí gracias a trazos breves pero certeros. Y en cuanto a Matt Damon, está notable como Ryan, ese personaje que, al igual que Debbie en 'Centauros del desierto', una vez encontrado no quiere volver. Son estos actores, y no la casi perfecta puesta en escena de Spielberg, la que llevan a esta película al terreno de lo formidable, los que consiguen que nos importe la historia y se nos quede grabada en la retina.

Conclusión

Dio la casualidad que Spielberg se esforzaba en el bélico el mismo año que, tras veinte de retiro, regresaba Terrence Malick con su excepcional obra maestra 'La delgada línea roja', de la que en estos días estamos ofreciendo un análisis. Las comparaciones son odiosas, y alguna tuvo lugar hace un tiempo. Spielberg logró no solo el Oscar al mejor director, sino también el de mejor fotografía y ser la película que más dinero dio en 1998. Malick se alzó, por aclamación, con el Oso de Oro del Festival Internacional de Berlín. Y probablemente su película debió de haber ganado, entre otros, el premio a la mejor fotografía para John Toll, por encima incluso del trabajo de Kaminski. Pero eso es lo de menos.

Steven Spielberg cerraba década con un trabajo magnífico, duro y difícil de sacar con garantías, y se veía recompensado por ello. Pero qué duda cabe que sería deseable que siempre se tomara su trabajo tan en serio.

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