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Terrence Malick: 'El nuevo mundo', conclusión

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“La primera vez que la vi la consideraban una mujer devastada. Rota, perdida.”

-John Rolfe

No deja de resultar sorprendente, aunque creo que ya he escrito esta afirmación con anterioridad, que tanta gente tache de ñoña, cursi o edulcorada esta película, cuando ahora que he terminado de verla una vez más (el enésimo visionado), la sensación de melancolía arrasadora que transmite, el profundo y descorazonador lirismo que la impregna, son difícilmente soportables. ‘El nuevo mundo’ es mucho más que una truncada historia de amor, aunque también. Pero para Terrence Malick, esa historia de amor es más continente que contenido, más parábola que representación.

Y la parábola viene a constituir un juicio moral en el que el ser humano, en su totalidad, y exceptuando a los jóvenes enamorados cuya buena voluntad termina provocando catástrofes, queda bastante malparado. No es, por tanto, un discurso idílico de la cultura indígena americana, ni una épica acerca de la voluntad exploradora del hombre blanco. Malick no condena a ambos grupos de manera total, pero no se priva de mostrar de manera directa las razones que condujeron a los indígenas a ser derrotados y masacrados, y a los blancos a perder, casi, toda humanidad.

Desaparecida toda vocación narrativa, la hora final de ‘El nuevo mundo’ es un compendio de imágenes, de secuencias, centradas en una sola cosa: la descripción, la indagación, del estado anímico profundo de la muchacha indígena protagonista, encarnada con belleza indescriptible por la actriz de catorce años Q’orianka Kilcher, que se deja caer en los brazos, por así decirlo, del director, se entrega totalmente a él, y regala uno de los instantes de cine más bellos de los últimos años. El abandono, la mentira final de John Smith, que finge su muerte, provoca en ella un estado de hundimiento absoluto. Y la aparición benefactora de John Rolfe (Christian Bale), un compasivo terrateniente que sentirá veneración por ella, provocará un lento y tortuoso camino de recuperación emocional.

Por supuesto que, mientras tanto, asistiremos a la derrota final de los indígenas, a su expulsión humillante de los territorios por ellos ocupados, y a la constatación de que John Smith es un hombre errabundo, perdido, incapaz de comprender sus propios sentimientos. Pero John Smith desaparece casi del todo en este segmento final, y nos quedamos con el dolor de ella, a la que le arrancan de cuajo toda la fe y toda esperanza. Poquísimos artistas cinematográficos tendrían el valor de dedicarse tantos minutos a una empresa tan poco atractiva para el grueso de los espectadores, y el talento de lograr alto tan completamente hermoso y emocionante.

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Un nuevo mundo

No queda muy claro, al finalizar esta obra de arte, cuál es realmente el nuevo mundo al que alude el título: si el territorio inexplorado que se encuentran los blancos al llegar a las américas, o quizá la Inglaterra del siglo XVIII con que se topa Pocahontas (nombre que jamás nadie pronuncia en la película) al viajar en busca de un último y definitivo encuentro con John Smith. Pero para la cámara de Malick, todo es extrañeza al desembarcar los indígenas en la isla anglosajona. Por cierto que el diseño de sonido en el mercado del puerto, a la llegada de ella, es sensacional, un verdadero nuevo mundo de sensaciones, sonidos, y casi olores.

La destreza de Malick es tal, que sentimos el desasosiego, las abrumadas sensaciones de la princesa indígena en una urbe tan enorme como Londres. Parece, realmente, el fin del mundo conocido. Y en su audiencia con los reyes, la imagen del halcón enjaulado entronca de manera directa, obvia, con ese cocodrilo atado y humillado en ‘La delgada línea roja’, que significa lo que cada espectador lleve dentro y quiera que signifique, aunque no parece difícil imaginarlo. Malick no juzga el vacío y el absurdo de un mundo decadente. Simplemente…lo muestra.

Pero la hipnótica narración (o anti-narración) continúa sin parar hacia su final, con la entrevista final entre un desorientado John Smith y una misteriosa princesa indígena. La magia ha quedado rota, y la relación no tiene ya el menor sentido. Desencantada de él, como si no le conociera, la princesa vuelve contra todo pronóstico al lado de John Rolfe. Ya no queda nada más por contar. El desolador final, sobre el que me resisto a escribir aquí, es la coda perfecta a un relato demoledor que sólo comentaristas muy superficiales pueden considerar cursi o afectado.

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El recut de Malick

Tres años después de su estreno en salas, Terrence Malick acometió un nuevo montaje de esta portentosa obra maestra. Para él, sus obras tienen vida propia, y su forma siempre está en constante evolución. Algún día veremos, quizá, la prometida versión de 5 horas de ‘La delgada línea roja’. Ahora, por lo menos, tenemos una de casi tres de ‘El nuevo mundo’, que es, si cabe, más hermosa que la versión para cines. No se trata, simplemente, de una nueva película, aunque también, si no de una exploración auténtica de los límites de la anterior, y de una ampliación naturalo, orgánica, de los mismos.

Es decir, y para entendernos, el nuevo montaje que Malick ha hecho de ‘El nuevo mundo’ tiene la gran virtud de llevar todavía más allá las propuestas estéticas del primero, demostrando que a pesar de que ya en cines vimos una obra de una talla excepcional, todavía este gran artista tiene mucho que ofrecer, y que su escaso número de películas no es signo de una creatividad o una energía limitadas, si no de una elección personal que nada tiene que ver con la de esos profesionales que fabrican una película por año

Conclusión a un especial

Concluímos aqui un esforzado especial, sobre el que creo es el más grande poeta cinematográfico que existe, por sus acentos líricos, por su mirada asombrosamente limpia de prejuicios o mensajes intelectuales, por su capacidad para investigar las conexiones más íntimas entre la vida y el individuo, entre la muerte y la inmortalidad, entre el dolor y la luz. Ignoro si este especial le habrá servido a mucha gente para descubrir o dar una oportunidad a este artista. Lo que sí sé es que a mí me ha servido para apreciar más su legado.

Un legado que comenzó con las muy notables ‘Badlands’ y ‘Días del cielo’, y que ha continuado con un filme que, en mi opinión, es el mensaje de esperanza, una llama imperecedera, ‘La delgada línea roja’, y finalmente con un filme de infinita melancolía como ‘El nuevo mundo’. Continuará, esperemos, haciendo cine Malick algunos años más, y aún estamos esperando la llegada de ‘The Tree of Life’, que veremos con toda probabilidad a mediados de este año. Qué duda cabe que dará que hablar, y Blogdecine estará ahí para dar testimonio.

Me quedo con una frase del soldado Witt:

“Yo he visto otro mundo. Aunque a veces pienso…que fue sólo…mi imaginación”

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