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'The Road (La carretera)', un apocalipsis light

'The Road (La carretera)', un apocalipsis light
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Existen novelas tan absolutamente únicas, que sólo se atreverían a adaptarlas para el cine quienes despreciaran por igual el cine y la literatura. ‘The Road’, publicada por Cormac McCarthy en 2006, es sin lugar a dudas una de esas novelas. Su autor, uno de los novelistas norteamericanos más importantes de la actualidad, ha forjado una pieza comparable al Herman Hesse más inspirado. Sin embargo, el premio Pulitzer, su éxito de ventas, su historia tan aparentemente visual, hacían inevitable la pronta traslación a un material audiovisual. La única forma de lograr un éxito en tal traslación hubiera consistido, a mi modo de ver, en una destrucción del espíritu de la novela, para crear algo nuevo.

Es decir, tomar la novela como excusa para una película que nada tuviera que ver con ella, en lugar de lo que han hecho el cineasta John Hillcoat y el guionista Joe Penhall, para los cuales el original de McCarthy ha sido un texto sagrado, una estructura inquebrantable (cuya construcción sí que han vulnerado con decisiones de montaje cuestionables), y que no les ha permitido despegar, crear algo propio, si no ejercer de simples ilustradores, incapaces de traspasar y dotar de vida un conjunto estimable que queda como un apocalipsis muy light, una aventura sin vuelo ni elementos destacables.

Absolutamente nada

Por tanto, resulta inevitable acudir una y otra vez a la novela en este análisis, y establecer comparaciones, ya que el guión de la película, salvo detalles esporádicos, la sigue punto por punto, y resulta un ejercicio muy aleccionador observar así de qué forma un director con conocimientos del medio, y con un equipo de profesionales solventes y muy preparados, no logra acceder a ninguna verdad, a absolutamente nada. De vez en cuando viene bien, es cierto, ver una de estas películas para darnos cuenta de cuándo, verdaderamente, un director de fuste es capaz de llegar a conclusiones estéticas y morales propias, más que aprovechar un éxito literario para intentar obtener una película de supuesto prestigio.

La novela, en sí, no va de absolutamente nada tampoco. Al menos, de modo aparente. Mientras la leía, una y otra vez llegaba a la conclusión de que era imposible traducir aquello en una película de aventuras, por muy valiente que fuera. El hombre y su hijo viajan por una carretera interminable en busca del mar, de una posible salida no ya a un mundo mejor, si no a algo, lo que sea, en un mundo en el que no queda nada con vida, donde conseguir alimentos es una hazaña diaria, y donde carecer de calzado apropiado es una tortura insufrible. McCarthy da la impresión de que va a ofrecernos algo más, pero con gran coraje y astucia, traiciona nuestras expectativas para ofrecernos otra cosa, mucho más valiosa: la constatación de que hay que tener esperanza cuando nada, absolutamente nada, te induce a pensar que debas conservarla.

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Hillcoat, que no es un mal cineasta ni mucho menos, ha creado un mundo que se ajusta bastante al descrito en la novela. Y con ayuda del excelente operador español Javier Aguirresarobe, arma una atmósfera muy interesante, con una luz grisácea y una paleta de colores apagados, casi monocromática, realmente conseguida. Y filma bien, y con bastante buen gusto, pues sus planos son precisos, y su puesta en escena elegante y sobria. Es decir, sabe bien lo que hace desde un punto de vista técnico. Ahora bien, en lo referente al material esencial de su película, a extraer de ahí algo más que imágenes bien diseñadas, no llega a comprender qué historia está contando.

Todo queda demasiado aséptico, desangelado, cuando lo que se echa en falta, precisamente, es suciedad, roña, una realidad más veraz. Una atmósfera opresiva es mucho más que una colorimetría determinada o un atrezzo de escombros exquisitamente dispuestos. Esto lo sabía muy bien Andrei Tarkovski en ‘Stalker’ (que es un ‘The Road’ como debería haber sido este), quién creó un Moscú en verdad destruido y opresivo, pues con su imaginación podía moldear una verdad, más que diseñarla. Aquí, Hillcoat se queda en lo superficial, en las luces, en la escenografía, sin un ritmo interno que seguir hasta el final.

Se echa en falta, sobre todo, un punto de vista no sólo del director sobre lo narrado, si no de los dos protagonistas, mucho más incisivo. El cine ya ha evolucionado lo suficiente, los espectadores necesitamos más que un plano general. ¿Por qué no hay ni un sólo plano realmente subjetivo del Hombre, o de su hijo, en el que miremos lo que ellos miran, y podamos sentir la opresión de una inmensidad vacía, de una ciudad en ruinas, de una autopista amenazadora? ¿Por qué da la impresión de que Hillcoat no tiene ideas claras acerca del fin del mundo, o no le importa demasiado, más que filmar una historia que le de prestigio? ¿Por qué este mundo devastado parece tan extrañamente limpio?

Tampoco ayuda la dirección de actores. No comparto la opinión general que dicta que Viggo Mortensen es un gran actor. Me parece un intérprete con talento, pero que a menudo interpreta de manera demasiado evidente sus papeles. Su Hombre sin nombre no tiene nada de especial, si bien Mortensen siempre está correcto, sin alardes. No era un papel fácil, y él sale con vida del aprieto, pero una vez más me parece que intenta explicarle su texto al espectador, cuando todos hemos comprendido hace mucho cómo se siente. Charlize Theron, que aparece en los flash-backs (los cuáles rompen de manera molesta la unidad del viaje, aunque en el caso del despertar brusco del Hombre en el búnker es apropiado, por devolvernos al crudo presente), está mucho más ajustada que él, pues con menos hace más.

En cuanto al chaval, me parece que no vive de manera apropiada sus secuencias. Parece que el director no ha querido introducir mucho dolor en esta historia, y menos aún en el hijo. Las peripecias le afectan, pero de un modo muy lejano, sin llegar a dolerle de verdad, como de pasada. Pero todo es muy light en una película correcta que podía haber llegado a ser mucho más de lo que es.

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