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'Tierra prometida', la corrupción del paraíso

'Tierra prometida', la corrupción del paraíso
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-Eres un buen hombre, Steve, ojalá no estuvieras haciendo esto. Frank Yates (Hal Holbrook)

Al igual que otros importantes cineastas, Gus van Sant es conocido por dos facetas más o menos definidas: el autor libre y audaz, por un lado, y el competente realizador de encargo para la industria, por otro. O quizá habría que decir que es un autor que de vez en cuando, por interés, compromiso o sencillamente por dinero, acepta trabajar bajo las limitaciones que impone la industria. Como dije recientemente comentando lo último de Isabel Coixet, siempre resulta estimulante descubrir la película de un creador comprometido únicamente con su visión, con su idea de lo que quiere contar, aunque esto, en ocasiones, pueda llevar a una relajación de la exigencia por parte del creador, a pensar que todo vale.

En otras palabras, y concretamente en relación a Van Sant, en principio es más interesante una propuesta como 'Gerry' (2002) que 'El indomable Will Hunting' ('Good Will Hunting', 1997) pero al final la que (me) engancha es ésta última, por muy comercial que sea. El que firma 'Tierra prometida' ('Promised Land', 2012) es la segunda versión de Van Sant, el efectivo cineasta que controla sus impulsos artísticos en beneficio de un producto más accesible para el público --un ejercicio difícil de equilibrar--. El proyecto le llegó de rebote ya que iba a ser la ópera prima de su amigo Matt Damon, que prefirió limitarse a interpretar el papel principal en una historia que a simple vista solo parece querer concienciar sobre los peligros del fracking.

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John Krasinski, Gus Van Sant y Matt Damon durante el rodaje de Tierra Prometida

Lo cierto es que la película toca temas importantes que pueden considerarse actuales y que deberían preocuparnos, como la conservación del medio ambiente y los efectos de la crisis económica, pero ante todo plantea una cuestión que siempre es relevante: ¿somos mercancía? ¿Tiene precio nuestra integridad, hay una cantidad por la que abandonamos quiénes somos y contribuimos al aplastante avance de entes artificiales cuyo único propósito es generar beneficios (a toda costa) para unos pocos? Supongo que a todos nos encantaría decir que no pero la respuesta dependerá en buena medida de la posición en la que nos encontremos; siempre es más fácil dar el salto cuando hay un colchón para amortiguar la caída, pero la perspectiva es diferente cuando amenaza el abismo, la ruina más miserable.

Conocemos al protagonista, Steve (Damon), durante una entrevista con un ejecutivo de la empresa para la que trabaja --una poderosa compañía energética--, intentando conseguir un puesto más alto en la jerarquía; es decir, mayor sueldo. Steve explica que su éxito profesional se debe a su pasado; se crió en una granja de un pueblo pequeño y conoce de primera mano los problemas de los clientes. Está a un paso de completar una transición que le ha llevado del campo a los rascacielos. Mientras se decide su más que probable ascenso, Steve y su colega Sue (Frances McDormand) continúan con la rutina, llegan a otra localidad castigada por la recesión económica y se disponen a convencer a la gente para que permitan perforar sus tierras y extraer gas natural. Pero no será tan fácil como esperaban...

El primer obstáculo es la experiencia y la sensatez de un veterano maestro de escuela (Hal Holbrook) que sabe mucho más de lo que parece, y el segundo es la aparición de un carismático activista con el improbable nombre de David Noble (John Krasinski) que aporta pruebas sobre los riesgos del "fracking". Steve se ve obligado a prolongar su estancia en el pueblo, un tiempo en el que valora otras perspectivas que le generan dudas, llevándole a replantear la validez de su discurso. En este proceso interviene una atractiva profesora (Rosemarie DeWitt) con la que Steve conecta desde el principio, y a la que también intenta conquistar el ecologista. Esta forzada subtrama es uno de los puntos flacos del guion.

Un texto firmado por los dos actores enfrentados en esta ficción, Damon y Krasinski, más inspirados con las interpretaciones que con la escritura. En su esfuerzo por despertar la simpatía del público y acomodar el mensaje, 'Tierra prometida' cae en recursos convencionales y tramposos --la sorpresa final-- además de simplificar la realidad, lo que resta credibilidad a la historia. Quizá han pecado de ingenuos o han buscado recuperar el idealismo de Frank Capra (sin mucho éxito). En todo caso, se agradecen los destellos de humor, funciona el reparto y cautiva la puesta en escena de Van Sant. Le sobra algo de metraje --la segunda mitad se hace un poco pesada-- pero es una película agradable y entretenida que puede servir para iniciar un debate, y eso siempre es positivo.

Un fotograma de Tierra Prometida
3 estrellas
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