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Coppola y el cine electrónico

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Mi película no trata sobre Vietnam. Mi película es Vietnam

-Francis Ford Coppola.

En la ceremonia de los premios Oscar del año 1979 (televisada como todas, y de la que ofrecemos aquí arriba una imagen) Coppola, acompañado de una atónita Ali MacGraw (con un peinado que, ciertamente, la vuelve casi irreconocible), lanzaba una perorata sobre el futuro del cine, la cual puede visionarse casi íntegra en los estupendos contenidos adicionales de la edición en Dvd de ‘Corazonada’. El cineasta, con su habitual vehemencia, hablaba en la entrega de un premio sobre de qué manera el cine electrónico iba a cambiar el panorama para siempre.

Un año después, en ese mismo lugar, ‘Apocalypse Now’ iba a verse ninguneada de manera deleznable por los académicos. Nadie ha conseguido jamás ser premiado tres veces consecutivas en los Oscar, y Coppola no iba a ser una excepción. De sus ocho nominaciones, sólo consiguió dos, mejor sonido y mejor fotografía. Ambos no sólo justos, sino impecables. Pero con sus otras seis, tendría que haber conseguido, al menos para mí, los de mejor película, director, actor de reparto, montaje y guión adaptado. Y no incluyo dirección artística porque se lo dieron a mi venerada 'All That Jazz.

Que sobre esta obra imperecedera se imponiese la ciertamente interesante, pero muy menor, ‘Kramer contra Kramer’ (dirigida por el siempre impersonal Robert Benton y por los incomensurables, siempre también, Dustin Hoffman y Meryl Streep), da una idea del disparate del reparto de estos premios insulsos de aquel año. Ha habido años con jugadas similares, pero pocos tan sangrantes y absurdos. La película de Benton, a mi juicio, debería haberse llevado sólo los correspondientes a intérpretes. Y con esto hubiera bastado para premiar lo mejor de ella.

Pero de todas formas esta pataleta tampoco tiene mucha enjundia, porque estos premios hace mucho tiempo que, al menos para los que pasamos un poco de las reglas de Hollywood, dejaron de tener demasiada importancia. Sobre todo para confirmar qué es lo mejor del año. No por eso ‘Apocalypse’ pierde un ápice de su valor, pero hay cosas que claman al cielo. En cualquier caso, lo más importante es que Coppola vio que las enormes deudas que se había obligado a contraer a la hora de salvar la producción de su película sobre Vietnam, estaban ahora cubiertas, y más que eso, gracias al éxito de la película. Había recuperado su libertad.

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El más que notable éxito de público de Apocalypse se vio refrendado en Cannes, donde, aún sin terminar su montaje, se llevó la Palma de Oro (la segunda de su carrera) ex-aqueo con ‘El tambor de hojalata’, la magnífica película de Volker Schlöndorff. Ahí tuvo lugar la famosa cita que reproducimos, parcialmente y sólo en su segmento más famoso, en la parte superior de ésta entrada. Y ahí exhibe Coppola su manera de afrontar el arte, la misma que desde blogdecine estamos intentando dejar patente con este análisis. Es imposible discernir dónde acaba su vida y dónde empieza su arte. Si ‘Apocalypse Now’ fue un cataclismo en el rodaje, en la postproducción y en la retina de los espectadores, también fue un cataclismo su vida.

Atravesó uno de los peores baches en su relación con su esposa, de la que estuvo a punto de separarse, y, enardecido por su triunfo, tomó la decisión de trasladar sus oficinas a L.A., manteniendo eso sí el local fundacional de Zoetrope. El cineasta había jugado cuádruple o nada contra la banca, a sacar siete sietes seguidos en los dados, y había ganado. Se creía imparable, invencible, invulnerable. En una década había firmado cuatro películas. Cuatro obras maestras incontestables. Había ganado dos Palmas de Oro, y cinco Oscar personales (el díptico del Padrino acumulaba nueve). Cerrados los setenta, se abría una nueva etapa.

Y si con ‘Apocalypse Now’ había alcanzado, quizá, lo máximo que puede alcanzarse con celuloide, con scope y con negativo, con ‘Corazonada’ quería algo completamente diferente. Para él el cine del futuro era electrónico, en la mayoría de sus componentes, y estaba dispuesto a poner todo de su parte para hacerlo realidad. Compra con todo el dinero que tiene los míticos Hollywood General Studios, dispuesto a competir con las grandes compañías puerta con puerta. Pone a sus mejores amigos, grandísimos profesionales, en nómina. Y llama a algunos de sus directores favoritos (Herzog, Wenders, Syberberg, Godard) para que puedan estar a su lado en el nacimiento de una nueva era. Su ambición, su entusiasmo y su pasión no conocen límites.

Filma la película, toda ella, en interiores, en oposición a los vastos espacios naturales de Filipinas. De nuevo con Storaro a los mandos de la luz. De nuevo con Tavoularis diseñando una ciudad icónica. Se hace construir el Silver Fish, una caravana desde la que puede comunicarse con todos sus colaboradores, y diseñar el plano según se va componiendo, y editar todo lo rodado en la misma jornada. Coppola es el primero en usar un video assist (en realidad varios). Sus actores cuentan hasta con tres meses de ensayos. Todos los viernes hay una macrofiesta en el estudio a la que asisten sus amigos cineastas.

¿Podía imaginar el director que con esta película, con este capricho estético, se hundiría en la bancarrota más brutal, y que debido a ella se pasaría una década esclavizado por los grandes estudios?

Estudio F.F. Coppola en Blogdecine

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