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'Lágrimas negras', cuando el cine español todavía era bello, y bueno

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No me considero pesimista, pero, tal y como está (en general) el panorama cinematográfico últimamente, y teniendo en cuenta que a Zaragoza no llegan algunos de los estrenos más interesantes, muchas veces prefiero gastar mi dinero comprando en DVD alguna buena película, que arriesgarme a explorar la cartelera.

Que mi colección se haya ampliado considerablemente, este último año, no es una casualidad.

Mi última adquisición ha sido Lágrimas negras, reeditada por Aurum, en su serie Platinium de películas españolas. La última película que inició Ricardo Franco, fallecido durante el rodaje, y que finalizó su ayudante de dirección Fernando Bauluz.

La historia de un joven fotógrafo, de vida tranquila, con su novia de siempre, y aspiraciones a comprar un piso, que se enamora perdidamente de una enferma mental, arrastrado por el dolor, el mismo dolor que nunca antes se había permitido sentir, y fascinado por la oportunidad de salvar con amor, un alma perdida.

Lágrimas negras, muestra la locura, en toda su crudeza, sin tópicos, sin falsos adornos, desde un personaje fascinante, que Ariadna Gil interpreta de forma magistral. Una locura reflejada con las palabras, los gestos, los hechos, y sobretodo con los ojos. La actriz conmueve y atrapa con la mirada. Consigue expresar con ella todo el dolor, la angustia, y la fatalidad que sacude a la protagonista.

Ariadna Gil es el motor principal de este film, por el que consiguió la Espiga de Oro a la mejor actriz en el Festival Internacional de Cine de Valladolid, y fue nominada al Goya. Pero el resto del reparto también sabe estar a la altura, Fele Martínez, tan creíble en su ingenuidad, en su fe ciega, Elena Anaya, ideal como la encantadora novia y Ana Risueño, sorprendente en el papel de yonki.

Si a esto le añadimos, la excelente música de Eva Gancedo, y la fotografía de Gonzalo Berridi, el resultado, es una película estremecedora, preciosa, desgarrada, y me atrevería a decir que necesaria, ahora que nos estamos acostumbrando a conformarnos con que el cine sea sólo correcto.

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