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'Napola', no aprendiendo a ser nazi

'Napola', no aprendiendo a ser nazi
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En los últimos años han aparecido una serie de películas que ahondaban en el pasado de Alemania, y en cierto modo, denuncian las atrocidades que el nazismo cometió. Casi siempre, los protagonistas de esas películas son alemanes que se dan cuenta de los horrores que está cometiendo su pueblo, en otros casos, no. Películas como ‘Amén’ o ‘El Hundimiento’ serían claros ejemplos de ello. Concretamente con el film de Costa-Gavras, es con el que más podría emparejarse ‘Napola’ de Dennis Gansel, aunque a Gansel le falta la garra crítica y la fuerza de Gavras.

Nos encontramos en 1942. Friedrich Weimer es un joven que, en contra de los deseos de su padre, ingresa en una Napola, escuela donde enseñan a la juventud alemana a ser perfectos nazis, mediante métodos no especialmente ortodoxos. En esas escuelas sobrevivie el más fuerte. No hay lugar para ningún tipo de debilidad o sentimiento, salvo el amor a la Patria, y el odio a todo aquel que no es nazi. Allí pronto será famoso, debido a sus cualidades para el boxeo, y hará muchos compañeros, entre los que se encuentra el hijo de un importante oficial, y que no simpatiza para nada con la ideología nazi.

Es en la relación de esos dos personajes, y en su contraste, donde la película tiene su mayor atractivo. Uno de ellos, culto, educado y sensible, se da cuenta de las cosas, y sabe perfectamente que en esa escuela sólo les enseñan a ser máquinas de matar, y a despreciar al resto de seres humanos. Ese conocimiento le permite rebelarse contra el sistema. El otro proviene de una familia pobre, sin educación. Sólo piensa en ser un buen atleta, y no se da cuenta de que ciertas cosas tienen un precio muy alto. Su inocente ignorancia no le hace plantearse lo que está bien o mal. Mejor dicho, lo que es humano o inhumano.

Los actores, Max Riemelt y Tom Schilling, están bastante convincentes, como el resto del reparto, todos como pez en el agua, moviéndose por la película. En su totalidad, rostros desconocidos para el gran público. Cosa que, curiosamente, ayuda a la credibilidad del film.

Un film que tiene bastantes escenas fuertes, debido al tema que trata. Aunque hay que reconocer que algunas de esas escenas están metidas a calzador en un guión que muestra muy claramente sus cartas desde el principio. Lo que está mal está mal, lo que está bien está bien, los malos son muy malos, los buenos son muy buenos. Todo es muy obvio y elemental. De sobra sabemos lo que va a suceder en la película, que recrea un hecho ficticio dentro de un marco histórico (lo mismo que hace George Clooney en su estupenda y maravillosa ‘Buenas Noches, y Buena Suerte’, de la que hablaré mañana).

Esa previsibilidad y elementalidad hacen que el espectador no llegue a emocionarse fuertemente con lo que está pasando. En ese aspecto, la antes citada ‘Amén’, mete el dedo en la llaga, y sabe sensibilizar al espectador, impresionándolo fuertemente. Aún así, Gansel consigue realizar un film muy entretenido, gracias al ritmo que le infiere, y a que sabe quitar el máximo partido de todas las situaciones.

Con la banda sonora se hace algo totalmente inusitado. A pesar de que lo que está contando la película no es precisamente un cuento de hadas, la música, que parece no estar acorde con las imágenes, posee una extraña belleza, con lo que le infiere un tratamiento especial. El compositor es Normand Corbeil, pero sobresale el tema central, obra de Angelo Badalamenti, colaborador habitual de David Lynch.

Una correcta película, que nos descubre el dato histórico de esas escuelas donde lavaban el cerebro a los jóvenes alemanes. Y que ponde su granito de arena a la hora de denunciar un vergonzoso fanatismo, que forma parte del pasado de una nación.

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