¿La televisión americana está enferma de violencia?

¿La televisión americana está enferma de violencia?
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El actor Mandy Pantinkin abandonó ‘Mentes Criminales’ después de su primera temporada porque, según él, le estaba afectando su forma de ser. Se había subido al carro porque era un proyecto ambicioso pero no se había imaginado qué supondría leer guiones sobre chicas violadas y asesinadas cada semana durante años. De aquí que dejara la serie y se ganase cierta fama de abandona-proyectos. Pero ha llovido mucho (sobre todo sangre) desde entonces y con el estreno de la segunda temporada de ‘Hannibal’ parece que vuelve un debate que ya vivimos el año pasado. ¿Hasta qué punto la televisión hace pornografía de la violencia?

Esta pregunta es inevitable si tenemos en cuenta las discusiones que rodean la serie sobre Hannibal Lecter. No hay crítico americano que olvide hacer énfasis en la mayor sofisticación de la ficción. Se utilizan adjetivos como “bello” a la hora de hablar de cadáveres mutilados o de platos de cocina probablemente caníbales. Hasta el propio creador del proyecto, Bryan Fuller, afirma que vendió el proyecto a NBC como “horror elegante”. No podían enseñar pezones de mujeres pero sí entrañas, un ejemplo más de la doble moral americana.

Esta yuxtaposición de expresiones positivas al lado de conceptos atroces, más que una paradoja, es francamente inquietante. Una cosa son las series de crímenes que generalmente giran en torno a un héroe o persona corriente que procura resolver un asesinato. ‘Mentes Criminales’ o ‘The Killing’ entrarían dentro de este subgrupo y tienen una coartada a favor: por más que muestren escenas horribles, la misión no deja de ser bastante simple y consiste en capturar al malo de turno. Pero luego hay dramas como ‘The Following’ que proponen otros planteamientos más retorcidos, como por ejemplo el carisma que puede tener un psicópata.

Los psicópatas atractivos

James Purefoy en

No entraré aquí en un debate sobre si el actor James Purefoy y el personaje de Joe Carroll transmiten del todo esta idea (yo diría que son más bien patéticos), pero se nota que por aquí van los tiros del guionista Kevin Williamson. La cuestión es sentir fascinación por una secta hiperbólica, que deja la de Charles Manson en una quedada de cuatro inadaptados (y desprecio a Manson para servir al artículo, no pretendo convertir sus horribles crímenes en algo trivial). Otras que iban en direcciones peculiares fueron la difunta ‘Dexter’, que evitaba que el protagonista matase a personas inocentes para que el público confundiese la figura del monstruo con la del héroe; la gratuita y estilizada ‘Spartacus’; y ‘Bates Motel’ está optando por convertir al protagonista en una víctima que despierte compasión.

Que conste que la televisión no está inventado la figura del monstruo atractivo. ‘El silencio de los corderos’ ya era un ejemplo clave de cómo se puede convertir un personaje tan turbio como Hannibal Lecter en alguien fascinante (ese momento de falsa tensión romántica de la película es memorable). Pero como ocurre con prácticamente todos los géneros, el medio televisiva juega con una ventaja, que tiene más tiempo para desarrollar los puntos que quiera diseccionar. Y ‘Hannibal’, ni corta ni perezosa, convierte todo el horror en algo... exquisito.

Sólo por esta última frase, que es imposible que no surja de mi teclado, entiendo que ‘Hannibal’ pueda despertar ciertas reticencias. Unir conceptos como asesinato y belleza es enfermizo, y todavía más cuando ‘Hannibal’ experimenta con el horror como una forma de arte (tanto de forma intrínseca como explícita). ¿Que el espectador sea capaz de interconectar es una genialidad que demuestra hasta qué punto la sociedad y nosotros mismos estamos enfermos? ¿O se trata de un experimento que es mejor no explorar?

El lujo de ser perturbador

Un festín de... ¿carne humana?

Un festín de... ¿carne humana?

Hasta se podría razonar que ‘Hannibal’ fue pornográficamente violenta en la primera temporada. Tiene una concepción visual que choca conceptos universalmente positivos con otros de negativos (la belleza del horror, la simpatía del monstruo, la sociopatía del bueno, el buen gusto de lo incomible) y podría decirse que su resultado es estimulante, que es un gran relato sobre el mal y que todos estos matices contribuyen a que sea más complejo, estimulante y completo. Pero recuerdo muy bien el octavo episodio (Trou Normand) donde aparecía una escultura formada por extremidades humanas y que, más allá del shock que supuso, no aportó nada a la trama (de hecho, ese caso es el más superficial del año pasado).

En ese momento, pude llegar a una especie de conclusión acerca de toda esta polémica. ‘Hannibal’ puede permitirse el lujo de ser admirablemente perturbadora siempre y cuando esta sobreexposición de la violencia tenga el objetivo de aportar y dar forma a la narración, al igual que tienen este deber las demás series (y no hablo de ‘American Horror Story’, que es un relato estrictamente de terror y por lo tanto no engaña a nadie con sus perversos juegos). De hecho, Fuller hasta juega con el sentido de la violencia y, según él, si no hay sangre todavía es más traumatizante porque el espectador percibe toda esa violencia de forma más indirecta.

¿Pero hasta qué punto es sano poner límites al arte? ¿Y hasta qué punto es sano que la televisión emita obras tan enfermizas y viscerales como esta? ¿Es el deber de ‘Hannibal’ bordear la fina línea que separa la “elegancia del horror” del mal gusto y evitar caer en impactos gratuitos? ¿O justamente es necesario que alguien sobrepase los límites en la televisión en abierto, para liberalizar del todo la creatividad en un país tan conservador como EE.UU?

En ¡Vaya Tele! | Las cinco series más violentas de la televisión americana

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