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Tiffany's

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En un alarde de masculinidad indiscutida, de heterosexualidad soltera y de radicalidad irrefrenable me decidí a ver Breakfast at Tiffany's - omitiremos el título en español porque la vida es corta y los suplementos culturales de los periódicos, inasibles - con franca curiosidad, sabiendo que antaño, cuando se había dado la ocasión, no solamente la ignoraba sino que me leí el libro de Truman Capote, por aquello de completar con un violín los sonidos de "joven y pedante" que se dieron en el final de mi adolescencia.

Para mi sorpresa, todas las pijas de mi vida (¡tantas como para ser nombradas!) se equivocaban en todo menos en lo de clásico, pues la película resiste maravillosa con esa fotografía en technicolor que captura un Nueva York de hace cincuenta años como si fuera ayer cuando salieron el gigolo y la playgirl a buscarse las habichuelas vestidos con juventud y trajes a medida.

¡Y la ternura, que no faltaba! Me conocía los acordes, la banda sonora de Henry Mancini, esperaba sin ansia las apariciones y la película tiene tanta confidencia en su música - no sería la primera vez que el director Blake Edwards la tendría - que la orquesta parlotea nada más aparece el logo Paramount al principio.

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Y allí está ella - lo dice quien nunca le ha profesado culto alguno - vestidita de negro, delgadísima y coquetuela, olisqueando las joyas de los escaparantes en lo que en realidad es paseo por el anhelo de un futuro.

Pues Holly Golighty - no se sabe nunca si Holly es Lula Mae, aunque al ser llamada por este otro nombre ella dice que ya no lo es, pero al ser certificada en el primero, ella da paso a la incertidumbre - es de Texas, robaba huevos y ahora, gracias a ese maravilloso Martin Balsam, tiene acento francés y conserva de los modales sureños la graceja aristócrata del darling (¡qué mal le sienta a esta película el doblaje! Es decir, todavía peor que a muchas otras).

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Está George Peppard rondándola ¡cómo no! Pero yo pensaba en las pijas de mi vida y en la otra, la muchachita ficticia que en Gossip Girl rendía igual pleitesía a la película. ¿No veían ellas la sátira social? Esta es una historia triste - y el guión no es de Edwards, quien luego firmaría un montón de historias tristes también, aunque en todas ellas habría lugar para las carcajadas - de dos desnortados, dos putos desnortados.

Dinero y destino

Él, un escritor que acepta ser amante de la decoradora a cambio de un buen fajo y ella, desde leal ayudanta de un mafioso en Sing-Sing hasta hábil pretendienta de un sinfín de ricachones, a los que tiene en su cabeza ordenados como Forbes ordena a los ricos de este mundo: en orden de dineral, descendiente, y pequeñas categorías descriptivas.

Se enamoran, y cuando van a Tiffany's no es, ay, para comprar diamantes caros sino para grabar las iniciales en el anillo que regalaban en unos Cracker's. Se emborrachan, a ella le pisa un poco la vida, pues echa de menos a su hermano hasta tal punto que a su propio galán llama Fred y la única noticia que recibe de él, tras conocer su regreso, es su fallecimiento súbito.

Se va quedando sola Holly, Lula y Mae (¡tantos nombres para una muchacha!) y la película termina con tanta soledad como rabia: ella se decide a abandonar a su inseparable gato, yendo hacia Brasil, sin que el rechazo último de su pretendiente de allá la hunda en su intención de marchar.

También la lluvia

Pero ¡ah! Como nos llena la lluvia en las películas, y en esta, que algunas cosas debe tener de fundacionales, no iba a ser menos: cuando hemos visto un mundo de productores burlones, de mafiosos simpáticos, de repugnantes millonarios y de cobardes herederos, lo que nos queda es, precisamente, esa lluvia y esa última catarsis.

Se baja Holly del coche, a llamar a gritos a su gato, y nosotros sabemos que no, que no es solamente el gato - no dudamos de que Holly además de querencia por los animales, ha leído, en una feliz y forzosa situación propiciada por el guionista, lo que anida tras su decisión - sino su vida, su carácter, su destino.

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Y él se ha ido antes del taxi (¡a por el susodicho gato!) y ella cuando encuentra al animal, encuentra también su beso y nosotros los créditos finales. Qué fáciles de ver son todas las comedias románticas, nos dejan en la quietud emotiva del primer beso - sin consecuencias para nosotros - y en esta, que nos deja casi dos horas bajo el triste paraguas de estas personas que lo único que aprenden es a no querer ser más trepas sociales, todo termina cuando debe, bajo los acordes del río de la luna en una Nueva York inexistente pero luminosa y llena de grandes avenidas y apartamentos pequeñitos gustosamente decorados.

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