Estamos muy acostumbrados a los dramas deportivos, y más aún cuando se basan en una historia real. Nos sabemos de memoria las historias de superación personal del pobre hombre que debuta siendo un Don Nadie y crece hasta convertirse en el campeón mundial: 'Rocky' (o más bien 'Rocky 2') perfeccionó la fórmula, y desde ese momento ha habido centenares de películas que han querido hacer un 'Rocky en el baloncesto', 'Rocky en el rugby' o 'Rocky sobre ruedas'. Y, en sus primeros compases, parece que 'Marty Supreme' va a tomar ese peligroso camino ya asfaltado de puro transitado... hasta que coge el primer desvío campo a través y te lleva, de manera increíble, por lugares totalmente nuevos.
Jo, qué partido
Josh Safdie se niega, como ya podría intuir cualquiera que conozca su cine, a perpetrar una película donde puedas adivinar qué va a ocurrir justo después. En su lugar, aprieta el acelerador de un personaje desgraciado con la brújula moral con el norte claramente perdido y no frena hasta un plano final en el que, por fin, la máscara vuela por los aires junto con su compostura en una epifanía cuyo significado solo podemos rascar. 'Everybody Wants to Rule the World' suena a todo volumen para despedirse del personaje: libertad y placer, nada dura para siempre.
Normalmente, el cine norteamericano nos señala la ambición como la única condición para triunfar en la vida y lograr el tan bendecido sueño americano. Sin embargo, esa ambición está aquí representada como la losa que hace que todo se venga abajo: por su culpa, Marty pierde cualquier atisbo de una vida normal, de no deber dinero, de no arrodillarse (literalmente) ante el poder, de no vivir continuamente perseguido por las consecuencias de sus acciones. El remolino se hace cada vez más imposible de navegar, e incluso los momentos de victoria están imbuidos de patetismo y tristeza, desesperanzados, pequeños triunfos que ni llevan a nada ni serán recordados por nadie. De hecho, la película solo permite que Marty se redima a medias: sus esfuerzos y humillaciones solo sirven para acariciar su propio ego.
En pleno resurgir del cine adulto en Estados Unidos (sabíamos que tarde o temprano iba a llegar), las tropelías de Marty recuerdan de manera inevitable al '¡Jo, qué noche!' de Martin Scorsese. Su protagonista (un fabuloso Thimothée Chalamet que, esta vez sí, se debería haber ganado el Óscar) no tiene un solo momento de respiro en su deambular, una estafa vital continua donde se entremezclan perros perdidos, actrices despechadas, pelotas naranjas y humillaciones indignas: la película no para en ningún momento, con la cámara en perpetuo movimiento, mostrando un mundo sucio, sórdido y, al mismo tiempo, inesperadamente divertido. Porque, al igual que le pasa a 'Una batalla tras otra', si algo define a 'Marty Supreme' es un uso perfecto y preciso de la comedia más desesperada.
Calidad suprema
'Marty Supreme' confía en nosotros como público adulto, en un caótico entrecruzar de historias que hacen crecer la angustia vital de su protagonista continuamente. Y ahí es donde descubrimos su verdadera identidad, la de una persona que solo ve a la gente según lo que puede ofrecerle (un hogar, un collar, un billete de ida) y se adapta para darles lo que necesitan (amistad, sexo, poder). Marty no es una persona con capacidad de redención: solo es un carismático ególatra cuyo única motivación y centro es... bueno, él mismo. La venganza. El triunfo que parece prohibido. El futuro repleto de dólares que nunca llegará. "Qué feliz estoy de que casi lo consiguiéramos", canta Tears for fears en el tema que envuelve toda la cinta.
En manos de otro director más chapucero o que buscara el aplauso fácil, 'Marty Supreme' podría ser una montaña rusa sin mucho más que contar, pero Safdie hace la radiografía perfecta de un perdedor con ínfulas, un desgraciado que se sabe triunfador, un hombre condenado a la nada que siempre está a punto de tenerlo todo. Que, por unos segundos, lo tiene. La película es exagerada, impredecible, tiene un ritmo demencial y nos recuerda al cine del pasado narrado desde el más rabioso de los presentes, ese que sabe que hay un público que exige algo más.
Es normal tener miedo y creer que 'Marty Supreme' va a ser la típica película sobre un genio del ping-pong y su ascenso a la gloria, pero, después de bordear los tópicos en sus primeros minutos, pasa a recordarnos que aún se pueden hacer películas como esta: narrativas complejas con personajes que no encajan en un baremo de "bueno" o "malo" al uso. Josh Safdie nos ha regalado una odisea por la supervivencia del ego adulta e inteligente como pocas: no solo es una de las mejores películas del año, sino también del lustro e incluso de la década. El ping-pong, al final, es lo de menos.
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