Compartir
Publicidad
Publicidad

Las borracheras de Marissa, las peleas de Ryan y las canciones de 'The OC' cumplen diez años

Las borracheras de Marissa, las peleas de Ryan y las canciones de 'The OC' cumplen diez años
Guardar
18 Comentarios
Publicidad
Publicidad

Hoy es el aniversario de ‘The OC’. Cumple una década desde que emitió el primer episodio en una calurosa noche de verano en Estados Unidos. El canal FOX había estado buscando una voz joven que escribiera una serie de adolescentes que pudiera amasar un público significativo y eligieron a Josh Schwartz, que por entonces estaba cumpliendo los 27 años. Querían a alguien que pudiera traer el espíritu de ‘Sensación de Vivir’ al nuevo milenio, una de las series que mejor les había funcionado durante los inicios de la cadena.

La serie giraba en torno a los Cohen, una familia medio judía y de bien que acogía en su casa a Ryan Atwood, cuya familia le había abandonado. Pronto le cogerían cariño, descubrirían que era un tipo con potencial y le querrían introducir en sociedad, aunque la elitista clase alta y snob de Newport Beach, una zona residencial de California, no les pondría las cosas fáciles. Y es que Ryan, a pesar de ser buen chico, tenía el don de meterse en líos, sobre todo si corría por allí su nueva vecina, Marissa Cooper, que a su vez tenía la habilidad de ser desgraciada a más no poder. Esta, por cierto, es la primera vez que suena el himno ‘California’ de Phantom Planet en la ficción.

‘The OC’ rápidamente llamó la atención e incluso tuvo un glorioso verano en TVE, donde tuvo una buena acogida en verano de 2004 para la emisión de la primera temporada. ¿Su secreto? Que era un descarado drama con algunos toques familiares. Casi cada episodio empezaba con el matrimonio Cohen, su hijo Seth y Ryan en la cocina desayunando para después todos irse de casa y meterse en situaciones inoportunas, ya fuera persiguiendo a chicas o, en el caso de Ryan, procurando solucionar la vida de los demás.

La cotidianidad y el calor que se respiraba en el hogar de los Cohen era un gancho y el otro eran las relaciones de los protagonistas. Ryan y Seth eran dos improbables amigos y los dos tenían sus amores platónicos: Seth adoraba a Summer Roberts, una pija insoportable que demostraría tener un corazoncito debajo de tanta superficialidad, y Ryan se obsesionaría con Marissa, que ya en el primer episodio llegaba inconsciente a casa tras una borrachera. Pero también tuvieron sus buenos momentos, como este ‘Dice’ de Finn Quayle:

El éxito de la serie fue tal que su primera temporada llegó a tener 27 episodios. La habían estrenado en agosto para ver si sonaba la campana y, al ver que sí lo hacía, tuvo una temporada extra-larga. Superaba los diez millones y, como el público era joven, era un anzuelo muy apetecible para los anunciantes. Y tenía su lógica: el condado de Orange es playa, es piscina, es sol y bronceados. Era muy refrescante, por lo tanto, mudarse allí una vez a la semana.

Mischa y Marissa

También hay que reconocer, sin embargo, que la serie quemó muchas naves muy de prisa. Tenía la mentalidad de correr para no perder el interés y al final cada episodio contenía una posible ruptura entre sus protagonistas, que jugaban al tira y afloja de manera constante. Sobre todo en el caso de Ryan y la pobre Marissa, que más o menos intentó suicidarse en Tijuana, tenía una relación de odio con su madre y un alcoholismo evidente. Jamás olvidaré cómo escondía botellas de vodka en el bolso, como se echaba licor en el café de primera hora de la mañana y cómo tiró hamacas a la piscina en un arrebato de ira.

La actriz que la interpretaba, Mischa Barton, rápidamente se convirtió en una habitual de las revistas de moda. Su alta estatura (que le impedía llevar tacones en las escenas, para no dejar en evidencia a los chicos) y el ambiente privilegiado de Newport ayudaron. Pero también tuvo sus contra-partidas. Durante la tercera temporada se planteó dejar la serie para perseguir una carrera en el cine que resultó en un fracaso y acabó ingresando en un centro psiquiátrico porque sus seres queridos temían que se suicidase. Por suerte, fotografías recientes indican que no ha acabado como Lindsay Lohan o Amanda Bynes.

La realidad, por lo tanto, seguía de cerca a la ficción y Mischa y Marissa compartían una tendencia a emborracharse y a tomar malas decisiones. Claro que Mischa (que sepamos) no tuvo una etapa lesbiana como la de Marissa, que en la segunda temporada se enrollaba con la atractiva Olivia Wilde, tampoco se hizo amiga de un sociópata, ni acabó pegando un tiro a su cuñado mientras este intentaba estrangular a su novio, que había ido a buscar pelea porque su hermano la había intentado violar. Este ‘Hide and Seek’ de Imogen Heap lo es todo:

Una canción a la altura del final

La quema de trama también hizo que se quedaran sin recursos y ya en su tercer año todo olía a refrito de cosas que habíamos visto. Si encima le sumamos los deseos de Mischa Barton de dejar la serie, la cuarta se convirtió en algo distinto. Se puede alegar muy fácilmente que es la temporada más floja de todas, pero también fue un curioso experimento. Los episodios tenían esquemas novedosos, se optó por el buenrollismo y hasta se permitieron un episodio en una realidad alternativa.

Si bien puede criticársele que no funcionaron tan bien como cabría esperar el nuevo rumbo, también tuvo algún destello de genialidad. Especialmente el final de la serie en 2007, que fue típico y tópico pero que tuvo una elección musical más que acertada para una serie de televisión que siempre tenía en mente la música. Schwartz en este aspecto hizo un fantástico trabajo y no creo que ninguna serie no-musical se haya tomado tantas molestias a la hora de poner música a las imágenes. Señores, aquí tenemos el ‘Life is a Song’ de Patrick Park con el que se despidieron los Cohen, los Cooper, Ryan y Taylor, que también tiene sus defensores:

En ¡Vaya Tele! | 'Sensación de Vivir', Nostalgia TV

Temas
Publicidad
Comentarios cerrados
Publicidad
Publicidad
Inicio
Inicio

Ver más artículos