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Jim Carrey es el más grande

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Miren bien ese rostro. Hoy día, el setenta y cinco por cierto de la población mundial podría reconocerle, a pesar del abundante y elaborado maquillaje. Estaba tentado de recortar aún más esta foto, hasta que quedara solamente ese ojo derecho tan desvergonzado e inquisitivo, que nos escruta con una energía arrolladora. Claro que también hay maldad en ese personaje maravilloso de Conde Olaf, pero Carrey no puede pese a todo enmascarar, aún con una máscara tan imponente, ese aura de chico amable y generoso, que sus amigos no se cansan en afirmar que tiene en la intimidad.

Jim Carrey es un genio del cine. Así, tal cual. O al menos de cierto tipo de cine. Sólo un genio podría sostener, con su sola presencia, con su talento transformador, una carrera repleta de títulos tan lamentables, la gran mayoría de ellos edificados en torno a su capacidad para negar tanto la materia con la que está hecha su cuerpo (que sospechamos, sólo sospechamos, es de carne y hueso como el nuestro) y sobre todo su rostro, como la materia de la que está hecha la comedia, erigiendo varios monumentos a la estupidez más descacharrante, barroca y… liberadora.

Del mismo modo que uno de sus ídolos, Andy Kaufman, Carrey triunfó en televisión de manera absoluta, y del mismo modo que aquél, es un experto imitando a Elvis Presley. Su padre le animó a ser payaso desde muy joven, y después de que su familia se viera sumida, prácticamente, en la pobreza por la bancarrota de la empresa en la que trabajaba su padre, Jim Carrey (de verdadero apellido franco-canadiense Carré) se labró, lento pero seguro, un futuro muy prometedor como cómico. Ya con 20 años sus dotes llamaron la atención hasta el punto de ser contratado para la mítica serie ‘In Living Colour’, que se mantuvo cuatro años en antena.

Antes de aquello trabajó en pequeños papeles para Francis Ford Coppola y Clint Eastwood en las respectivas ‘Peggy Sue Got Married’ y en ‘La lista negra’. Si observamos con detalle esos minúsculos trabajos ya observamos que la gestualidad marca de la casa de Carrey ya estaba fraguándose. Y no sólo eso, sino que su energía en pantalla resultaba incuestionable, pese a esas facciones de payaso retorcido, que no ocultaban del todo una fuerza de voluntad que, si bien aceptaba ser de momento un secundario con pocas frases, parecía dispuesta a comerse el mundo.

Ahora bien, la pregunta era ineludible: ¿podría sostenerse una película con semejante engendro dramático, dicho esto desde el respeto, como protagonista? La primera respuesta a esa pregunta fue la comedia loca ‘Ace Ventura: Pet Detective’, que resultó un gran éxito económico (para sus características y posibilidades) dentro del mercado de su país, y un desastre de crítica dentro y fuera de sus fronteras. Carrey se daba a conocer al mundo, y no pensaba desaprovechar la oportunidad: iba a poner toda la carne en el asador. En pocas palabras, íbamos a tener ración extra de Carrey.

Siendo como soy un gran admirador de este intérprete, no voy ahora a perder la cabeza y a afirmar una locura como que ‘Ace Ventura’ es una buena comedia. Por supuesto que no lo es. Es más, resulta sin lugar a dudas una bastante mala, siendo genero, muestra de la degeneración del género. Dirigida por el debutante en cine Tom Shadyac, el director despliega una carencia de recursos visuales y narrativos ciertamente deprimente. Así mismo, el guión, un disparate de cien folios, se esfuerza en ignorar cualquier norma estructural, lógica o tramática a fin de proporcionar a Carrey todas los trampolines necesarios para que él se lance al vacío.

Y bien que se lanza. Hagamos un viaje mental a 1994, o bien a la primera vez que la vimos. En un principio su exageración sorprende, a continuación agota al espectador con gran velocidad. Pero luego sucede algo extraño. Hay una cierta lógica retorcida en este caos de muecas y aspavientos. La lógica de un personaje solitario (nadie más en toda la película está dentro de ese tono de comedia bufa) y de una personalidad extravagante que grita como loca: “¡Aquí estoy yo!”. Y si todavía no hemos cambiado de canal o apagado el Dvd, quizá, sólo quizá, podamos morirnos de la risa con el absurdo total que se nos muestra en la pantalla.

Detective estrafalario e irreverente por antonomasia, Ventura/Carrey ejerce como bufón sin complejos, poniendo en evidencia la estructura de la sociedad, sus estamentos y normas. Tal como hacían los bufones en las cortes antiguas, Ventura/Carrey recoge el testigo y todo lo que toca lo convierte en motivo de irrisión. No hay piedad ni siquiera consigo mismo. Si entramos en su juego, si nos despojamos de complejos e hipocresías, podemos llegar a admitir que su trabajo como Ventura es prodigioso. Él es el motivo, la causa y la razón de una película insulsa y sin interés alguno; pues cuando sale del plano, asistimos a una comedieta más, pero cuando entra es capaz, como en el vídeo de más abajo, de montar una secuencia de suspense entera basada en la nada. Una verdadera fuerza de la naturaleza. Muchos minimizarán su esfuerzo en esta bobada de película, pero pocos actores tienen el carisma, los redaños y la fuerza para ser, por entero, la película.

Por supuesto que en ‘The Mask’, que protagonizó aquel mismo año y que le entronizó definitivamente como gran rey de la comedia americana, sus gags visuales se veían justificados por los poderes de su personaje, el cual le iba como anillo al dedo, pero aquella película carece de la frescura de esta primera aventura, y del salvajismo y coraje de ‘Dumb and Dumber’, que es la apoteosis del estilo Farrelly. Su posterior aparición en la vistosa y estimulante ‘Batman Forever’ estaba metida claramente con calzador, aprovechando su éxito y colándole en la trama como personaje pareja del villano de turno. Su Enigma resulta andrógino, glam y sorprendente.

Como otros artistas de ambición, Carrey intentó pronto participar en películas que diesen algo más que ese payaso que él dominaba a la perfección. Aún el fracaso de la muy inteligente ‘Cable guy’, supo rehacerse con la muy cínica ‘Liar, Liar’, para convencer a la crítica más conservadora con su papel en la irregular ‘The Truman Show’. Muchos alabaron este papel en una película que no alcanzaba ni la mitad de sus tremendas expectativas, pero en mi opinión en la poco mencionada ‘Man on the Moon’ se mueve en registros muy superiores, interpretando a un actor bueno que finge ser malo. O mejor dicho, un actor bueno al que todo el mundo cree malo interpreta a un actor bueno que se hace pasar por mal intérprete. Su encarnación de Andy Kaufman es emocionante, verdadera y maravillosa, más aún si tenemos en cuenta los paralelismos entre ambas figuras interpretativas.

Pero su carrera no sería fácil en sucesivos años con los fracasos de ‘The Majestic’ o ‘Me, Myself and Irene’, sin embargo una década después de Ace Ventura, concretamente en 2004, alcanzó la cumbre en su carrera con dos papeles muy diferentes que son lo mejor suyo en comedia bufa, y en un cambio de registro tonal respectivamente. Hablamos, por supuesto, de la maravillosa ‘Una serie de catastróficas desdichas’ y de la inolvidable ‘Olvídate de mí’. El conde Olaf puede ser un resumen en plenitud de todos sus papeles cómicos, y su Joel Barish puede ser su papel más contenido y melancólico, más en carne viva.

Ahora mismo el declive en su carrera, si no nos equivocamos mucho, parece ser evidente. Quizá no conozca algunos de los grandiosos éxitos de taquilla de hace años. Pero quizá también pueda acceder a papeles que antes le estaban vedados. Esperamos que pueda seguir deleitando a propios y extraños con su profesionalidad extrema, sus payasadas vivificadoras y su melancolía sincera y auténtica. Mucha suerte, señor Carrey. La necesitará y se la merece.

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