Los ochenta nos dejaron grandes clásicos y también dramas adolescentes que derrochan descaro. Es el caso de 'No puedes comprar mi amor'. La historia sigue a Ronald (Patrick Dempsey), un empollón del instituto que, en su deseo de ganar popularidad, le ofrece 1000 dólares a Cindy, la chica más popular y jefa de animadoras, para que finja ser su novia durante unas semanas. Lo que Ronald no espera es que Cindy comience a desarrollar sentimientos reales por él, y a partir de ahí, la película se complica entre enredos románticos, situaciones cómicas y lecciones típicas del cine adolescente de los 80.
Nadie se cree que Patrick Dempsey fuera un friki
Con peinados imposibles y modas exageradas, la película combina comedia y drama ligero, ofreciendo momentos entrañables y otros que hoy resultan un poco cuestionables, pero que forman parte del encanto de la época. Además, sirve como una ventana para ver cómo se retrataban las relaciones adolescentes de aquella época, mezclando ingenuidad, superficialidad y humor inocente.
Patrick Dempsey brilla interpretando al típico perdedor del instituto muy divertido al intentar hacerse pasar por un friki poco atractivo mientras navega entre su ambición de popularidad y los sentimientos de Cindy. Aun con un reparto que no ha envejecido del todo bien, el encanto ochentero se mantiene intacto.
Seth Green, con apenas 13 años, interpreta al hermano menor de Ronald con una energía desbordante, mostrando ya desde joven el talento que lo convertiría en un actor reconocido. Su presencia aporta frescura y humor, equilibrando las situaciones más exageradas de la trama.
La premisa de "comprar" a una chica puede resultar problemática hoy, moralmente ambigua y poco ética, pero la película la utiliza para enseñar una lección sobre las consecuencias de las decisiones impulsivas, especialmente para un público adolescente, equilibrando la controversia con momentos tiernos y cómicos.
Por otro lado, la banda sonora puede distraer por su omnipresencia, pero se compensa con escenas memorables como el baile final, en el que Ronald improvisa una danza que termina contagiando a toda la clase. Ese momento captura el humor y la ligereza que hacen de esta una película tierna, entretenida y bastante disfrutable.
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