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'Casino Royale', apología de lo viril

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“¡Ahora el mundo entero sabrá que usted murió rascándome los huevos!”

- James Bond

De los tres héroes de acción que más me gustaron de niño, desde luego James Bond (al contrario que Indiana Jones y John McClane) es el que más ha envejecido. Sin exagerar: me duele volver a ver ‘Agente 007 contra el Dr. No’ (‘Dr. No’, Terence Young, 1962), ‘James Bond contra Goldfinger’ (‘Goldfinger’, Guy Hamilton, 1964) o ‘Sólo se vive dos veces’ (‘You Only Live Twice’, Lewis Gilbert, 1967). No es que se hayan quedado anticuadas, algo hasta cierto punto lógico pues tienen más años que los Indiana o McClane, es que adolecen de momentos bochornosos. Ni que decir ya las de Roger Moore, que siempre me parecieron pésimas. Todas. En cuanto a las de Timothy Dalton o Pierce Brosnan, en verdad dos magníficos actores no siempre considerados como tales, me aburren muchísimo, sin excepción. Sin embargo, llega esa mala bestia de Daniel Craig, deciden hacer con él la primera novela de Fleming, y Bond es más Bond que nunca. Y tenemos cine de aventuras de gran, de grandísima altura. Las dos películas que Craig ha protagonizado son, no me cabe ninguna duda, las mejor dirigidas, escritas e interpretadas, y por descontado las más intensas y divertidas.

‘Casino Royale’ (id, Martin Campbell, 2006) representó en el momento de su estreno (qué deprisa pasa el tiempo…), para quien esto suscribe, un manantial de buen cine de acción en medio de un desierto: el de tanto corta/pega mareante de la saga Bourne (por citar una, entre muchas), atiborrados hasta el hartazgo de infografía mal integrada en la imagen de tantas películas supuestamente vibrantes, y de tramas dignas de un adolescente semianalfabeto. La película número 21 del seductor y violento agente secreto se la tomaron completamente en serio. Tanto, que películas posteriores de supuesta acción espectacular son muy inferiores a ella. Por otro lado, se erige en verdadera apología de la acción más viril y más salvaje. Una acción muy bien filmada, verdaderamente dinámica y elegante, pero también atroz e incluso brutal. En una palabra: creíble. El gran éxito de esta película confirma dos excepciones: que no todo el cine comercial es basura y que no todos los éxitos masivos encumbran un cine poco valioso.

Hay una constante en el cine de aventuras actual. Bueno, en realidad hay varias. A saber: o bien un cine hiperrealista, con tipos capaces de todo tipo de movimientos de combate, con o sin armas, con un montaje a menudo demasiado acelerado; o bien un cine vistoso y falso, con planos ralentizados, aspecto lujoso, influencia oriental, etc… Los responsables de ‘Casino Royale’ se decidieron por lo mejor del primer grupo, y se preocuparon de algo que, al parecer, muchos directores no tienen el mínimo interés: que en pantalla se vea lo que está pasando, y que se vea bien. Además, se esforzaron por escribir secuencias de acción que no parecieran sacadas de un manga hipervitaminado, con un desarrollo y una progresión dramática. ‘Casino Royale’ tiene muchísima acción, y es acción que, al verla, duele de verdad, y te llena de adrenalina como en las mejores secuencias de un Indiana o un McClane. Pero no solamente eso: tiene suspense, tensión, ingenio, una gran fisicidad… Parece mentira que la dirigiera Martin Campbell, responsable de la soporífera ‘GoldenEye’ (id, 1995). Pero así de extraño es el cine muchas veces.

Un cacho carne con esmoquin

En comparación con Daniel Craig, hasta el gran Sean Connery parece una nenaza. Simple y llanamente, no se puede ser más animal. Pero, al mismo tiempo, este Bond tiene mucha clase. Para ejemplo, la secuencia de apertura, montada en paralelo con dos acciones: en la primera una salvaje pelea, en la segunda una tensa conversación. Craig, que ya nos deslumbró en ‘Camino a la perdición’ (‘Road to Perdition’, Sam Mendes, 2002), tiene unos alucinantes ojos azules, afilados como navajas, mucho estilo vistiendo el esmoquin y me creo mucho más sus peleas que las de Matt Damon, Tom Cruise y Jason Statham juntos. Es un rasgo que comparte con otros actores que se pasan la película recibiendo palizas y no aparecen cinco minutos después como si nada hubiera pasado. Bruce Willis o Harrison Ford son de esa clase de actores, y Craig también. No solamente se perciben las secuelas físicas en su cuerpo, también en su ánimo. Así deberían ser todas las películas de aventuras, creo yo.

Al lado de Craig, Eva Green da vida a una de las más elegantes y enigmáticas “chicas Bond”. Y la química entre los dos, como se suele decir, es vibrante. En su corta carrera de actriz, desde luego es lo que mejor ha hecho. El villano de la función, Le Chiffre, interpretado con gran presencia por el actor danés Mads Mikkelsen, no es tan caricaturesco y exagerado como otros enemigos del agente secreto, y en su peripecia también hay patetismo y fragilidad. Judi Dench, en su quinta aparición como M, creo que está mejor que nunca, con más mala leche y mucha más fuerza en sus diálogos. Otros rostros secundarios, como los de Jesper Christensen, Giancarlo Giannini o Jeffrey Wright cumplen muy bien con sus roles, ofreciendo un mosaico de rostros, actitudes, réplicas y contrarréplicas de puro cine de aventuras: folletinesco, impredecible, con un punto gamberro, sensual, cínico, ultraviolento, ultrarromántico.

En esta historia hay espacio para financiación de terrorismo internacional, especulación bursátil, paraísos financieros, y en general ambientes de alto prestigio cuya fauna no goza precisamente de grandes escrúpulos. La siguiente película, que ya comenté aquí y que me pareció todavía mejor, hablaba de temas actuales aún más importantes (las reservas de agua potable, por ejemplo). Creo que una gran aventura cinematográfica puede, y debe, hablar de cuestiones importantes. En caso contrario se trata de hueso sin médula espinal, no hay nada que rascar. Por supuesto que todo está un poco exagerado, pero el juego de verosimilitud con el espectador es algo asumido en esta clase de sagas. Sentimos, porque nos lo muestran, la precariedad de los aeropuertos internacionales, de las embajadas de países en vías de desarrollo, así como el poder y el lujo que se respira en ambientes como Montenegro, la localización donde tiene lugar la densa y apasionante partida de cartas.

Todo está cuidado hasta el detalle. El aspecto puramente plástico de la película es soberbio, con el operador Phil Meheux y el diseñador de producción Peter Lamont llevando a cabo trabajos sensacionales. Hasta la secuencia de créditos me parece la mejor de toda la saga (y la canción de Chris Cornell, un temazo). Para rematar, grandes set-pieces como la extrema persecución inicial, o el clímax final en Venecia, forman parte no ya de lo mejor de la saga entera, también de lo más antológico del cine de acción de los últimos años. Para pasarlo en grande.

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