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Cine en el salón: 'Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores', tronchante
Críticas

Cine en el salón: 'Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores', tronchante

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Con el regusto algo amargo dejado por 'Absolutamente todo' ('Absolutely Anything', Terry Jones, 2015) aún en los labios, podría decirse que casi habían tomado por mí la decisión de asomarme de nuevo a alguna de las cintas que, entre finales de los años setenta y principio de los ochenta, llevaron a los Monty Python de la pequeña a la gran pantalla.

Y como quiera que ya había revisado en su momento mi "absoluta" favorita, qué mejor que usar como elixir para el mal sabor la que este redactor considera como la segunda que de forma más precisa representa la singular idiosincrasia de la agrupación cómica británica más allá, por supuesto, de su 'Flying Circus'. Asomémosnos pues a esta descacharrante locura que es 'Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores' ('Monty Python and the Holy Grail', Terry Jones, 1975).

Anacronismos a cascoporro

Caballeros 1

Ya desde los créditos iniciales, con esos supuestos subtítulos en sueco, el filme comienza a poner a prueba, y de qué manera, nuestra capacidad para podernos aguantar las carcajadas. Sin ser la única sorpresa que depara al público el arranque del filme —atención a la forma a la que terminan los citados créditos—, el inicio de la acción de 'Los caballeros de la mesa cuadrada...' no podría ser más Python.

No en vano, en el plano que abre el metraje, que muestra un páramo nublado, de repente irrumpe un sonido de cascos de caballo al que sigue la aparición de un caballero sin montura junto a su lacayo, responsable de imitar el reconocible sonido del trote de un jamelgo mediante el choque de las dos mitades de un coco. La reacción no puede ser otra que troncharse de risa por la ocurrencia y, por supuesto, por lo que sigue, un diálogo de lo más absurdo acerca de la posible procedencia del coco en cuestión.

A partir de ahí, la cinta sigue trabajando un sentido del humor que se hace grande en el absurdo continuo que siempre caracterizó a los ingleses y que aquí, combinado con anacronismos a mansalva, genera situaciones ante las que es de todo punto imposible permanecer impávidos. Entre ellas, qué duda cabe, el encuentro del Rey Arturo encarnado por Graham Chapman con unos campesinos reivindicativos o, cómo no, el momento en que el legendario monarca y sus caballeros se disponen a asaltar un castillo fieramente defendido por soldados franceses.

'Los caballeros...', una locura genial

Caballeros 2

Interpretados todos por el sexteto de cómicos, la constante expectación que la cinta va provocando en el espectador mientras éste aguarda a cuál será la próxima ocurrencia que veamos en pantalla, tiene su recompensa permanente durante los desternillantes 90 minutos en los que se prolonga esta comedia en la que, eso sí, al contrario de lo que pasará cuatro años más tarde en 'La vida de Brian' ('The Life of Brian', Terry Jones, 1979) se deja de lado de forma ostensible la carga crítica que sí tendrá la particular historia bíblica.

Reservándola aquí al citado instante en que Arturo cruza palabras con esos plebeyos que no reconocen su condición, el resto de 'Los caballeros de la mesa cuadrada...' prefiere moverse por los enfrentamientos verbales entre los protagonistas —las constantes puyas que se lanzan unos a otros son a cada cual más desopilantes—, el ingenio constante que muestra el filme a la hora de incluir la tan reconocible animación que los Python habían convertido en marca de la casa en 'Flying Circus', y esos anacronismos que antes citaba.

Con uno de ellos sirviendo de inesperado recurso de fondo que mutará en brusco y fantástico remate final del filme, poco importa que las aspiraciones de 'Los caballeros de la mesa cuadrada y sus locos seguidores' —horrible título para lo muy adecuado del original, por más que pueda entenderse el por qué se optó por él— no llegue al calado de la siguiente apuesta cinematográfica de los Python cuando la calidad del humor que aquí se maneja sigue soportando sin despeinarse los cuarenta y un años que han transcurrido desde su estreno. Ahí es nada.

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