Críticas a la carta | 'El emperador del norte' de Robert Aldrich

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Hace poco os hablaba de ‘Prometheus’, el último film del ya mítico Ridley Scott, como claro ejemplo de incapacidad de llevar a buen puerto un guión —atacado, no sin razón, hasta la saciedad— en el que había metido mano Damon Lindelof, amado guionista televisivo. ‘El emperador del norte’ (‘Emperor of the North’, Robert Aldrich, 1973) es un caso parecido, pero con muy diferentes resultados.

Aldrich ya era un director con mucho prestigio, en el final de su carrera, y echó mano de Christopher Knopf, escritor de varias series del momento, que adapta un par de textos de Jack London para una película que no tiene un guión definido, pero cuya fuerza radica en la sabia utilización de la mayor herramienta de narración cinematográfica, la puesta en escena.

(Spoilers) Hemos de señalar que esta película estuvo a punto de ser dirigida por nada menos que Sam Peckinpah, quien se desentendió del proyecto en cuanto no llegó a un acuerdo económico con los productores. Considerando que el director de ‘Grupo salvaje’ (‘The Wild Bucnh’, 1969) se mostró descontento con el resultado final del film, no quiero ni imaginarme lo que Peckinpah hubiera sido capaz de hacer con semejante material. Un cinta que viene ahora que ni pintada, ambientada en los años de la Gran Depresión Americana, y que versa sobre el enfrentamiento entre un sádico ferroviario y un vagabundo, con el maravilloso mcguffin de un tren, el 19, muy peligroso para todo aquel que intente viajar gratis en él. Lucha de clases e intereses, con la pobreza como telón de fondo y la violencia como medida de supervivencia.

El argumento de ‘El emperador del norte’ se resume en pocas palabras, y casi podríamos decir que no existe un guión propiamente dicho. Los años posteriores al gran crack —lo que en cierto modo, hace peligrosamente actual la película— sirven como escenario a un enfrentamiento entre dos hombres, uno temido, Shack —en la piel de Ernest Borgnine—, y y otro respetado, Número 1 —en la piel de Lee Marvin—; uno a cargo de un tren en el que se presume de que ningín vagabundo es capaz de viajar, y el otro empeñado en hacerlo, desafiando así las leyes de Shack hiriendo su amor propio más que otra cosa. Dicho enfrentamiento será el momnto más esperado de la película, cuya violencia irá in crescendo hacia una parte final desoladora y desesperanzadora, en la que queda claro que sólo el más fuerte sobrevive.

Marvin y Borgnine ya habían coincidido en varios títulos a las órdenes de gente tan dispar como Richard Fleischer, André de Toth o John Sturges, y Aldrich ya los había dirigido en la exitosa ‘Doce del patíbulo’ (‘The Dirty Dozen’, 1967). Dos actores de los denominados duros, con rostros pétreos que resultan perfectos para sus personajes, prácticamente perdedores con mundo propio, alejados de la sociedad, tal vez rechazados, y tal y como reza la canción interpretada por el mítico Marty Robbins ‘A Man and a Train’, con un sueño como único bálsamo para su triste existencia. El tercero en discordia era un incipiente Keith Carradine, sin duda el mejor de los hijos del gran John Carradine, y que representa al típico joven con ganas de comerse el mundo y demostrar que puede ser alguien. Puede mirarse este personaje como un precedente del interpretado por Jaimz Woolvett en ‘Sin perdón’ (‘Unforgiven’, Clint Eastwood, 1992).

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Porque al fin y al cabo ‘El emperador del norte’ podría ocultar entre sus imágenes el género cinemtográfico por excelencia, el western, con ese tren tantas y tantas veces filmado en infinidad de películas del oeste. Si a eso sumamos que en la historia no hay personajes femeninos con la más mínima relevancia, Aldrich, que ya se había parado en el fascinante mundo de la mujer en obras de sobra conocidas por todos, aplica toda su masculinidad en un film que respira hombría por sus cuatro costados, no dejando precisamente bien parado al hombre en general. Los personajes de ‘El emperador del norte’ no son ni buenos ni malos, ni héroes ni villanos. Su necesidad de supervivencia, sin apenas nada para subsistir, les lleva a ser como son y a cuidarse únicamente de ellos mismos.

Aldrich se muestra contundente en su puesta en escena, con un sólido trabajo de Joseph Biroc, fotógrafo con trabajos tan diferentes como ‘¡Qué bello es vivir!’ (‘It´s a Wonderful Life’, Frank Capra, 1946) o ‘Aterriza como puedas’ (‘Airplane!’, ZAZ, 1980). La melancólica bansa sonora de Frank De Vol es el único lugar en el que la esperanza se acurruca en el film, duro y directo donde los haya, y sin contemplaciones. Sus imágenes alcanzan todo su esplendor en la pelea final entre Shack y Número 1, llena de violencia y filmada con una garra que hace que el espectador sienta los golpes que cada uno de ellos recibe o da. El mundo es de los más fuertes, de aquellos que nunca dejan de luchar, con todo aquello que tienen a su mano, porque si lo hacen el tren (la vida) les pasará de largo o por encima.

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