Después del fenómeno que fue la primera temporada, 'El caso Hartung' ha vuelto a demostrar por qué las series nórdicas son de las más adictivas que hay en streaming. La nueva entrega de la serie, 'El caso Holst' recupera a los detectives Naia Thulin y Mark Hess cinco años después del caso que aterrorizó Dinamarca con aquellas inquietantes figuritas hechas de castañas. Y aunque el misterio original quedó cerrado, la serie regresa con un crimen todavía más oscuro, un asesino que juega psicológicamente con sus víctimas y una historia mucho más emocional.
La gran virtud de la serie sigue siendo esa mezcla perfecta entre atmósfera opresiva, asesinatos brutales y personajes con heridas personales, pero ahora además suma un componente trágico que eleva la historia muchísimo más allá del típico policiaco escandinavo. Y lo mejor es que no hace falta recordar todos los detalles de la primera temporada para entrar de lleno en esta nueva pesadilla, aunque quienes ya conozcan a Hess y Thulin van a disfrutar todavía más de cómo evoluciona su relación. Y de cómo termina su nuevo viaje.
Ojo, porque a partir de aquí habrá spoilers de 'El caso Holst'
Un nuevo asesino aun más perturbador
En esta ocasión vez la serie abandona las famosas figuras de castañas para construir un caso basado en el acoso psicológico. El asesino secuestra a sus víctimas, las vigila durante días y las atormenta con mensajes de texto inspirados en una vieja rima infantil danesa antes de asesinarlas. La idea funciona de maravilla porque convierte algo cotidiano en una auténtica historia de terror y cada episodio juega con esa sensación de paranoia moderna que hace imposible desconectar.
Uno de los grandes aciertos de 'El caso Holst' es que aprovecha el salto temporal de cinco años para cambiar por completo la dinámica entre los protagonistas. Ya no son simplemente compañeros de investigación, sino que además hubo una relación sentimental entre ellos, Hess desapareció sin despedirse y ahora ambos arrastran resentimientos, culpa y asuntos sin resolver. La química entre Mikkel Boe Følsgaard y Danica Curcic sigue siendo espectacular, y muchas veces las escenas más tensas no llegan durante los asesinatos, sino en las conversaciones incómodas entre ambos.
Aunque la primera temporada ya era bastante inquietante, esta nueva entrega sube muchísimo la apuesta. Hay secuencias realmente duras, persecuciones más físicas, enfrentamientos brutales y un tono mucho más desesperado que hace que todo parezca constantemente al borde del colapso. Incluso a nivel visual la serie también es más agresiva y frenética, sin perder esa estética fría y melancólica tan típica del noir escandinavo.
Como ocurría en la primera temporada, la investigación se desarrolla poco a poco, conectando un crimen del pasado con los asesinatos actuales hasta llegar a una revelación final que encaja perfectamente cuando todas las piezas terminan unidas. La serie juega constantemente con falsas pistas, sospechosos ambiguos y secretos familiares, pero nunca cae en giros gratuitos. Todo tiene sentido cuando finalmente descubrimos quién está detrás de los asesinatos y cuáles son sus motivaciones.
En el último episodio, Hess descubre que Signe utiliza la antigua cabaña de su padre -el mismo lugar donde se cometían los crímenes de los 90- como escondite. Allí encuentra a Marie secuestrada y gravemente herida dentro de una piscina vacía. Lo que sigue es uno de los momentos más tensos de toda la serie: Signe persigue a Hess por los pantanos mientras recita la misma canción infantil con la que aterrorizaba a sus víctimas. La escena tiene un tono casi de pesadilla y termina con ambos luchando dentro del agua mientras Hess pierde el conocimiento.
Cuando parece que Signe va a matar definitivamente a Hess, aparece una figura detrás de ella. Durante unos segundos la serie hace creer al espectador que es Naia Thulin, pero en realidad se trata de Marie Holst, que logró escapar de la piscina para vengar la muerte de su hija. Marie apuñala varias veces a Signe y la mata, cerrando así el caso de una forma brutal y desesperada.
Las escenas finales muestran a Hess visitando la tumba de Thulin junto a Le, la hija adolescente de ella. Después de toda la destrucción y del dolor acumulado durante la temporada, Hess decide quedarse finalmente en Copenhague y convertirse en la figura paterna que Le necesita tras perder a su madre. Esa sensación amarga tan típica del nordic noir se condensa ahí, porque aunque el asesino haya muerto, el caso esté cerrado, el trauma sigue ahí, acompañando a todos los personajes mucho después del final.
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