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Dead Man Down, la rutinaria venganza de un hombre muerto

Dead Man Down, la rutinaria venganza de un hombre muerto
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Suele decirse que el amor mueve montañas, pero las ansias de venganza pueden ser más que suficientes para destruir esas montañas todas las veces que haga falta. Es prácticamente imposible cuantificar cuántas películas han abordado ese complejo tema, pero los thrillers en los que su protagonista busca vengarse, ya sea por la muerte de su familia, un buen amigo o el primo del vecino, llevan varias décadas gozando de una popularidad indiscutible. Uno de los actores que más hizo por este tipo de cine fue Charles Bronson, en especial por el gran éxito de ‘El justiciero de la ciudad’ (‘Death Wish’, Michael Winner, 1974) y sus sucesivas secuelas, pero es un rol que intérpretes más prestigiosos no han tenido problema en acometer en un momento u otro de su carrera.

Uno de los grandes problemas de este tipo de películas es que acaban abusando de una serie de tópicos cada vez menos estimulantes, crean personajes huecos e intercambiables y no dudan en echar también mano de soluciones argumentales que en el mejor de los casos habría que calificar como delirantes. Esto fue especialmente evidente durante los años 80 del siglo pasado, época en la que títulos como ‘Dead Man Down —La venganza de un hombre muerto—’ (Niels Arden Oplev, 2013) gozaban de una gran popularidad pese a la discreta —o directamente inexistente— calidad de la que hacían gala. La principal diferencia entre el caso que nos ocupa y esas producciones ya olvidadas en su mayoría es que la cinta de Niels Arden Oplev cuenta con un reparto muy por encima del nivel habitual de las historias de justicieros urbanos.

Imagen de la cinta

Una de las cosas que hay que tener muy en cuenta antes de enfrentarse a una película como ‘Dead Man Down (La venganza de un hombre muerto)’ es que está producida por la sección cinematográfica de WWE, nombre que quizá a muchos no os diga nada, pero seguro que si menciono las palabras ‘Pressing Catch’ la cosa cambia. Y es que dicha compañía decidió aventurarse en el mundo del cine hace unos años, habiendo lanzado subproductos como ‘Persecución extrema’ (‘The Marine’, John Bonito, 2006) —y sus dos secuelas— o ‘The Chaperone’ (id, Stephen Herek, 2011). Sin embargo, en los últimos tiempos está optando por títulos algo más ambiciosos protagonizados por rostros más reconocibles en la gran pantalla y es ahí donde surgen cintas como ‘The Call’ (id, Brad Anderson, 2013) o la que ahora nos ocupa.

Partiendo de un guión de J.H. Wyman, que no estrenaba una película desde la muy decepcionante ‘The Mexican’ (id, Gore Verbinski, 2001), ‘Dead Man Down (La venganza de un hombre muerto)’ no se diferencia en nada a nivel argumental del arquetipo habitual de este tipo de historias —con pequeñas variaciones según el caso particular—: La familia del protagonista ha sido asesinada y él dado por muerto, pero habían calculado mal y éste planea tomarse la justicia por su mano ante la evidente inutilidad del sistema de justicia. Además, aunque esto es meramente opcional, aparece una mujer que ayuda a mantener al protagonista vinculado a la realidad, aunque estos sentimientos van a acabar jugando en su contra más temprano que tarde.

Los protagonistas de

Rutina que puede funcionar si está excepcionalmente narrada, pero no es el caso, ya que Wyman no duda en recurrir a cualquier estupidez para ir estirando la historia hasta el típico y decepcionante enfrentamiento final. Sus únicos intentos de desmarcarse ligeramente están en la singular trama romántica entre los personajes de Colin Farrell y Noomi Rapace de la que ya hablaré más tarde y una pésima intentona por crear una relación a caballo entre la amistad y la unión familiar con uno de los integrantes de la banda encabezada por el criminal al que quiere aniquilar —anodino Terrence Howard—. Son muchas las películas que recurren a esto, en especial cuando un policía se infiltra en un grupo criminal, pero la mayoría de las veces no pasa de lo meramente superficial y el clímax emocional que busca conseguir acaba por convertirse en una absoluta indiferente hacia la posibilidad de que uno pueda matar al otro.

SI hay algo que aporta un mínimo interés a ‘Dead Man Down (La venganza de un hombre muerto)’, eso no es la intrascendente puesta en escena de Niels Arden Oplev intentando fundir con escasa fortuna la gelidez escandinava con un cierto aperturismo formal para llegar al público americano, sino la relación entre los personajes del vengativo Colin Farrell y Noomi Rapace. Las bases de la misma ya resultan desconcertantes —spoilers en lo que queda de párrafo—, ya que ella le ha visto cometer asesinar a alguien y quiere que haga lo mismo con la persona que la dejó marcada de por vida, tanto físicamente —las tampoco especialmente afeadoras cicatrices de su rostro— como mentalmente.

Imagen íntima de

Sin embargo, Wyman acierta al no abordar esto de forma directa, sino trabajando primera la relación entre ellos y que su revelación sea un shock tanto para Farrell como para el protagonista. Por desgracia, esta subtrama acaba resuelta de forma bastante tosca e hipócrita, quitando así todos los matices enriquecedores a la película más allá del contraste en la forma de afrontar una grave herida personal. Son Farrell y Rapace los que consigue dar cierta entidad a la historia con unas esforzadas interpretaciones que hasta cierto punto trascienden las limitaciones de sus personajes.

Farrell corría el riesgo de convertirse en una robótica máquina de matar que no transmitiera nada al espectador, pero el protagonista de la estupenda ‘Siete psicópatas’ (‘Seven Psychopaths’, Martin McDonagh, 2012) sabe jugar con el aire pétreo característico de los justicieros urbanos, en especial cuando ha de mostrar pequeños resquicios de humanidad. Por su parte, Rapace se encuentra aún más obstáculos en el libreto de Wyman, ya que el trastorno emocional que ha de mostrar no se complemente con su aspecto físico y sus vaivenes emocionales van perdiendo credibilidad a medida que avanza la función. Es ella la que consigue que sintamos una pequeña empatía hacia su destino, demostrando también una inusual química con Farrell que no hay que confundir con la tensión sexual, ya que ésta es a un nivel más emocional que equilibra en parte las deficiencias de su guión.

El villano de

El buen hacer de Colin Farrell y Noomi Rapace es lo único que sobresale en una película marcada por una mediocridad que no sólo no disimula, sino que casi parece celebrar como una forma válida de engatusar a los espectadores. Por desgracia para las personas detrás de ‘Dead Man Down (La venganza de un hombre muerto)’, ya no estamos en los años 80 y el cine de justicieros urbanos necesita ofrecer algo más que una historia rutinaria mal contada si no quiere caer rápidamente en el olvido.

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