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'El apartamento', medio siglo para un filme irrepetible

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Andamos repitiendo sin cesar que 'Psicosis' ha cumplido medio siglo y algunos nos acabamos de dar cuenta de que la que ganó el Oscar aquel año, 'El apartamento', también los cumple (como 'El sargento negro' (Sergeant Rutledge) de John Ford, por cierto). No hacen mala pareja, en absoluto. Ambos son filmes en blanco y negro en una época en la que ya no era muy comercial ni muy viable llevar a cabo producciones que no fueran en color, y ambos fueron grandiosos éxitos de sus directores. Además, resulta inimaginable cualquiera de los dos en color, pues gran parte de su misterio, de su densidad conceptual, se la deben a su infinita gama de grises.

Billy Wilder hacía con ella su película número diecisiete, como director, y alcanzaba probablemente la cima de su talento creativo con ella. Tras una fructífera década de los 50, en la que supo entregar excelentes comedias como 'Con faldas y a lo loco' ('Some Like it Hot') y 'La tentación vive arriba' ('The Seven Year Itch'), y no menos excelentes dramas o tragedias como 'El gran carnaval' y 'Sunset Blvd.', cambiaba de década con una tragicomedia esencial, que cristalizaba lo mejor de su estilo y el largo aprendizaje de las tres anteriores décadas, para obtener como resultado una hermosa y emocionante obra maestra.

Segunda colaboración con Jack Lemmon, tras ese divertimento irresistible de 'Con faldas y a lo loco', donde disfrutaba un papel más secundario que Tony Curtis, pero que le valió para que Wilder terminase por rendirse a su enorme genio interpretativo y le considerara el actor más completo que jamás había conocido. Lemmon es el protagonista absoluto de esta historia tan resbaladiza moralmente y tan impredecible y bien escrita, pues probablemente sea el guión más perfecto que jamás escribió Wilder (con o sin I.A.L Diamond de co-guionista), el mejor y más profusamente elaborado, el más ingenioso y complejo de todos ellos.

Y eso es decir mucho para uno de los más perfectos guionistas comerciales que han existido (o existirán) jamás en Hollywood. Wilder se entrega sin concesiones a contarnos la vida (y las miserias, muchas) de un pringado cuya única oportunidad para medrar es convertirse en un arribista sin escrúpulos y prestar su apartamento a los jefazos grimosos de la oficina (una buena colección de caraduras) para que se lleven allí a sus ligues y no tengan que pagar un hotel. El argumento se le ocurrió a Wilder, según cuenta, después de ver la maravillosa 'Breve encuentro' de David Lean, en la que sucedía algo parecido en una secuencia con un amigo del protagonista.

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Así, Wilder indaga con precisión abrumadora un ambiente de oficinas no muy lejano (geográfica ni conceptualmente) al de la estupenda serie 'Mad Men'. A algunos puede parecerle un misántropo o un cínico, pero Wilder en el fondo era un romántico que no tenía miedo de mostrar el machismo, el victimismo, la soledad de una sociedad insana, demente, perdida, huérfana. No sabemos si admirar o despreciar a Baxter, porque no sabemos si despreciarnos o amarnos a nosotros mismos, tan imperfectos e incoherentes como somos, y Baxter no es más que un espejo de nosotros mismos.

Hay varios momentos magistrales que dejan una huella imborrable en el espectador. A bote pronto se me ocurre la genial revelación del espejo roto, o el juego diegético con la música jazz que otorga un ritmo diferente a la secuencia, hasta que Baxter apaga el tocadiscos. Sin reparos, con el corazón roto, Wilder le echará redaños encuadrando de lejos a Baxter solo en el banco de un parque nocturno, o esperando a la persona amada en la puerta de un teatro, cuando sabemos que nunca llegará. Muchos le acusaron de sentimental, y puede que lo sea, pero es capaz de mirar a la miseria humana con ojos despojados de todo manierismo formal, algo a la altura de muy pocos.

El estilo consistente en no mostrar el estilo (aprendido de sus amigos directores del cine de los 30 y 40) alcanza aquí cotas casi espeluznantes. La cámara de Wilder parece sobria, humilde y serena, aunque lo que está hablando de mezquindad, de emociones fuertes, de desesperación. Les pasa el testigo a los actores, y es imposible no enamorarse de la mártir Shirley MacLaine, cuyo personaje posee un alma que parece eternamente puesta a secar. Wilder y su excelente fotógrafo Joseph LaShelle encuadran sin divismos de autor, sabiendo que debajo de una imagen aparente hay siempre multitud de detalles que el ojo no ve, pero que se sienten como verdades.

La película fue recibida con división de opiniones (pensemos en la puritana época en la que fue estrenada) en Estados Unidos, y algunos llegaron a considerarla repugnante, entre otros calificativos parecidos. No impidió su gran éxito, ni su creciente leyenda. Hoy, medio siglo después de ser parida, se mantiene más joven que nunca. La verdad y el dolor que residen en ella permanecen intactos, incluso más vigorosos que nunca. Es lo que sucede con las obras de arte.

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