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'El planeta de los simios', Burton bajo mínimos

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“¿Hay un alma ahí dentro?”

- General Thade (Tim Roth)

Uno tiene, casi siempre, la misma sensación con cada nueva película de Tim Burton: este hombre puede hacerlo mejor. Mucho mejor. La solitaria excepción, y rotunda, en su labor artística es ‘Ed Wood’ (id, 1994), el único largometraje realmente magistral que ha hecho en toda su vida. Quizá no, quizá Burton no tiene tanto talento, y esa película maravillosa fue un azar de los que de vez en cuando tienen lugar en el cine. Aunque a juzgar por las bondades de la estimable ‘Eduardo Manostijeras’ (‘Edward Scissorhands’, 1990) y las notables trazas de género de la intensa ‘Sleepy Hollow’ (id, 1999), yo seguiré pensando que posee más talento del que la mayoría de sus películas demuestran, por mucho que sea uno de los directores más célebres y seguidos de la actualidad. Ahora bien, con el remake (ahora lo llaman reinicio o nuevo comienzo…) de ‘El planeta de los simios’ (‘Planet of the Apes’, 2001), el cineasta de Burbank metió la pata hasta el fondo.

Diré, para los que todavía no lo sepan, que a mí los remakes no me molestan lo más mínimo. No creo, como algunos dicen de cuando en cuando, que estropeen el original en absoluto, como si el remake fuera una carga de ácido que destruyera la otra película. Ahora bien, si propones un remake, te la juegas, porque a menudo se hacen de filmes míticos, y el personal va a compararlos de manera inevitable. Versionar nuevamente una historia se ha hecho desde los comienzos del cine, pero versionarla con desgana, con un ímpetu descaradamente comercial, con un guión paupérrimo, eso se está haciendo ahora más que nunca. Porque la película número nueve de Burton es algo así como una amorfa propuesta de sci-fi, que no consigue ni un mínimo porcentaje de los objetivos que se propone, y que hasta resulta aburrida y grotesca, como una parodia del filme precedente, y que aunque hizo buenos números en taquilla (gracias, como es habitual en Burton, a una bestial campaña de promoción) inicia la época más gris en el cine de su director, con ‘La novia cadáver’ (‘The Corpse Bride’, 2005) como último aliciente.

La película de 1968, dirigida por el artesano Franklin J. Schaffner (y por Arthur P. Jacobs, no acreditado) tampoco era, a mi juicio, la obra gigantesca que tanto se ha dicho. Sí poseía, en cambio, algunas imágenes muy potentes y duraderas, así como una genial música de Jerry Goldsmith, y se constituía en una lúcida parábola sobre la sociedad. Con esta historia, podíamos vernos tal cual somos: fanáticos, extremistas, altivos, orgullosos, belicistas. Todo esto, creo, fue la razón de la importancia de aquella película. Pero nada de ello interesaba a Burton ni a los productores, porque nada de ello está en la nueva película. Lo que sí hay es un interés grandilocuente en crear los simios más perfectos jamás vistos en una pantalla, una sociedad de simios mucho más matizada y elaborada, y una búsqueda de una mitología que se viene abajo con un breve soplido. Porque Burton siempre procura que sus historias y ambientes gocen de credibilidad, y por eso se esfuerza en creerse lo que está contando, por muy fantasioso o delirante que sea, como si hablase de la vida real. Eso tiene su mérito, pero en esta ocasión es una carcasa escenográfica completamente vacía.

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El astronauta, la mona y la rubia

Dos años antes lo habíamos pasado muy bien con ‘Sleepy Hollow’, y entré al cine, lo recuerdo bien, con bastantes expectativas, que se me cayeron a los quince minutos. Durante el visionado de la película pasé de la expectación a la duda, de la duda a la incredulidad, y de ahí a la desesperación y al tedio más absolutos. Va a tener mucha razón Roger Ebert (un crítico que, por lo demás, me causa indiferencia) cuando dijo hace poco que no todo el mundo sabe emplear cien o doscientos millones de dólares. Otro crítico español, cuyo nombre ahora no recuerdo, dijo que de tanto ir a la fuente, el cántaro se rompe. Se refería, claro, a ese empeño de Burton de hacer cine de autor en el seno más conservador de Hollywood. Pocas veces le ha salido bien, y aquí la peor de todas. Es como asistir a un conjunto que pide a gritos que no te pongas a pensar en lo que tienes de cena, porque no tiene mucha fe en sí mismo, mientras Burton, agazapado en el maquillaje y los decorados, se olvida de que tiene que dirigir la película y se permite un capricho sin el menor interés, sabiéndose niño mimado de una industria para la que sólo cuenta el dinero.

A grandes rasgos, la historia sigue los pasos de la anterior, con involuntario viaje temporal incluido, pero de consecuencias mucho más enrevesadas y complicadas. Tanto, que terminan por importar poco, o nada, las razones por las que surgió esa raza de simios, y menos aún si el astronauta Leo (el Mark Wahlberg más anodino que imaginar quepa) consigue regresar a casa o revertir el proceso, con una imagen final que pretende competir, de manera risible, con la última, y famosísima, de la anterior película. Pero da la impresión de que todo eso es lo de menos, pues nos arrastran a una batalla final, como en la flojísima ‘Alicia en el país de las maravillas’ (‘Alice in Wonderland’, 2010), increíblemente mal filmada y con un sentido de la épica nulo. Hasta entonces, el astronauta ha trabado amistad con la mona Ari (inaguantable Helena Bonham Carter), mientras huye con la rubia humana (la maciza y pésima actriz Estella Warren, que no se sabe muy bien qué hace ahí, salvo lucir cuerpo y atraer al espectador masculino…) y se enfrenta al cruel Thade (un buen Tim Roth, cuyo personaje está completamente desaprovechado) y a un salvaje Attar (bestial Michael Clarke Duncan, ídem de ídem).

De productos calculados y pobres como este, empezamos a estar mal acostumbrados respecto a lo que nos llega del otro lado del Atlántico. Lo malo es que seguimos respaldándolos con nuestra presencia en pantalla. La jugada era muy parecida a la que luego sufrimos con ‘Alicia en el país de las maravillas’, y aún así su éxito fue enorme. Está claro que no aprendemos, por mucho que luego la mayoría estemos de acuerdo en que no merecieron la pena el tiempo y el dinero malgastados. Puede que la enorme pérdida de espectadores que sufren las salas cada año sea debido a la piratería o a las descargas o a la calidad de las series en contraste con la calidad de las películas. Yo creo, sin embargo, que es debido a que ir al cine, salvo en contadísimas ocasiones, significa aburrimiento. No sólo porque sepamos casi como acaban muchas películas “mainstream”, no sólo porque no hay nada en ellas realmente original o personal, sobre todo porque si a los directores no les importan sus propias películas, a mí menos todavía.

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Conclusión: ¿Algo bueno?

Ni siquiera la esforzada música de Danny Elfman, que no puede faltar en cada nuevo trabajo de Burton, ofrece algo interesante (ni compararla con la sublime creación de Goldmith). Los kilos de maquillaje, muy logrados. Los decorados, muy bonitos. Sonido y efectos, de última generación. Aventuras, ni con lupa. Cine, de eso ya no se lleva.

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