'Esto no es un misterioso asesinato' es una de esas propuestas difíciles de encasillar por cómo juega constantemente con nuestras expectativas. Todo comienza como una comedia teatral ligera y autoconsciente, pero termina transformándose en una mezcla de sátira, misterio y en un homenaje fantástico a la pintura surrealista.
La miniserie destaca por su capacidad para combinar diálogos ingeniosos, personajes excéntricos y una estética muy cuidada. Con ecos al teatro clásico, la sitcom y el arte europeo del periodo de entreguerras, la historia propone una experiencia tan irregular como estimulante, en la que el humor y el misterio conviven con una reflexión constante sobre la relación entre arte y realidad.
Entre la comedia, el misterio y el surrealismo
La propuesta parte de una base aparentemente sencilla: un grupo de personajes excéntricos reunidos en un entorno cerrado donde todo parece preparado para resolver un enigma. Sin embargo, pronto queda claro que la obra tiene más de juego que de narrativa convencional, apoyándose sobre todo en sus diálogos y en la química entre personajes más que en una trama sólida.
En su versión teatral, el montaje brilla especialmente por su ambientación. El escenario recrea con detalle un camerino lleno de pequeños elementos que aportan autenticidad, mientras que la iluminación, sencilla pero efectiva, acompaña perfectamente el tono de la historia sin robarle protagonismo a los actores.
Los cuales, por cierto, son otro de los puntos fuertes de la serie. Las tres protagonistas sostienen gran parte del peso dramático con interpretaciones llenas de matices y sus interacciones resultan especialmente magnéticas. Sus intercambios, caóticos y afilados, son algunos de los momentos más memorables de la serie.
A nivel de guion, la historia apuesta claramente por el ingenio verbal. Está repleta de frases brillantes y situaciones absurdas que funcionan muy bien en clave de comedia, aunque en ocasiones intenta abarcar más de lo necesario, introduciendo elementos de crítica social que no siempre terminan de encajar con el tono general.
Concretamente, la miniserie se traslada a un contexto muy ambicioso: la Inglaterra de 1936. Allí, un joven René Magritte se ve envuelto en un asesinato tras despertar junto a un cadáver recreado como una de sus obras, convirtiéndose en el principal sospechoso mientras intenta demostrar su inocencia. A partir de aquí, una cosa lleva a la otra y acabamos dejándonos atrapar por esta historia que va más allá de resolver un asesinato.
Además, visualmente, la serie destaca por su acabado y su capacidad para integrar referencias al surrealismo -con guiños a artistas como Salvador Dalí o Man Ray- dentro de la narrativa. Puede que su historia no sea para todo el mundo, pero su estilo y su propuesta estética la convierten en una experiencia tan peculiar como entretenida, capaz de despertar incluso el interés por el movimiento artístico que tanto la inspira. La tenéis en Filmin.
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