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'Hairspray', todos a cantar y bailar

'Hairspray', todos a cantar y bailar
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Como bien dice mi compañero Chico Viejo en su crítica de la película, cuando ves 'Hairspray' te entran unas ganas locas de ponerte a cantar y a bailar en la mismísima sala de cine, y es que a veces el Cine proporciona una de esas sorpresas que demuestran que el séptimo arte puede ser un feliz punto de encuentro para todos, donde el divertimento prima sobre todo lo demás, y en este caso es incluso un soplo de aire fresco, ya no sólo dentro del mal llamado cine comercial, sino como bálsamo a otro tipo de cine más "profundo" y que suele estar sujeto a divagaciones varias por parte del espectador.

'Hairspray', dirigida por el nada personal Adam Shankman es la adaptación cinematográfica del musical de Broadway, que es a su vez una adaptación de la película de John Waters de idéntico título, probablemente uno de sus films más digeribles por todo el mundo, por decirlo de alguna manera. La historia es simple: una chica con ciertos problemas de peso intentará por todos los medios presentarse a un concurso de Miss (Laca para ser exactos) en el programa musical de máxima audiencia en la televisión de la ciudad. Por el camino encontrará no pocos problemas, pero el baile y la canción son medicinas que todo lo curan.

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Lo sorprendente de esta película es que su director, realizador entre otras "maravillas", de 'Planes de Boda' o 'Se Armó la Gorda', haya resuelto la papeleta con inusitada solvencia, y es que este tío no ha sido sólo director, sino también coreógrafo durante muchos años, algo que ha sabido aplicar a la película perfectamente, pues todos los números musicales, que son bastantes, son excelentes. Tal vez la puesta en escena sea lo más endeble del film, y es que Shankman, a pesar de lucirse musicalmente, no es capaz de inferirle personalidad al conjunto. Evidentemente, esto no impide que estemos ante un disfrute de película sensacional, y que la alegría que ésta desprende nos contagie por completo.

A ello ayuda un elenco de actores, todos en estado de gracia, y es que una vez más ocurre lo de siempre: cualquier actor, sea bueno o malo, cuando interpreta un musical se sale por los cuatros costados y encima canta de miedo. No es cuestión ahora de hacer diferencias en esta película sobre si éste es bueno o el otro malo, porque todos sin excepción merecen un aplauso. Desde John Travolta, que está divertidísimo en su papel, sobre todo cuando se pone a bailar, algo que el espectador espera con entusiasmo a que suceda; Christopher Walken, que se marca un baile con el anterior para el recuerdo; James Marsden, que sin duda se lo pasa en grande como presentador del programa de televisión, siempre sonriendo sin parar; Amanda Bynes, que define a su personaje con un simple chupachup; Queen Latifah, que evidentemente se encuentra como pez en el agua, y quien se atreva a competir con su voz va listo; y una felizmente recuperada Michelle Pfeiffer, como la villana de la función.

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Pero quien merece una mención aparte es Nikki Blonsky, la verdadera estrella de la película, absolutamente radiante y llena de vida, capaz de eclipsar a sus compañeros de reparto y traspasar la pantalla como pocas veces se ha visto en el cine reciente, y opino exactamente igual que mi compañero Chico Viejo al afirmar que esta tía se merece una nominación al Oscar.

Probablemente la película sea demasiado evidente en su mensaje a favor de la integración (no se nos olvide que la historia se desarrolla durante los años 60), y que todos somos iguales, dejando a un lado nuestra raza, nuestra belleza o nuestro peso. Aún así, hay algunas frases con dobles sentidos que no tienen desperdicio, sobre todo en las letras de las canciones, obra y gracia de Marc Shaiman y Scott Wittman, y que son todas inolvidables. El film está lleno de ellas, y lo cierto es que la película no cansa en ningún momento, teniendo una parte final absolutamente gloriosa, donde sinceramente, hay que ser un sosainas y un aburrido de mucho cuidado para no estar moviéndote en la butaca al ritmo de la música.

Una buena película, que en cierta medida recuerda a la maravillosa (y que bien podría meterse en una lista de películas infravaloradas), 'La Pequeña Tienda de los Horrores' de Frank Oz, por tratarse de la misma operación. Como detalle anecdótico, John Waters sale en la película haciendo un cameo muy acorde con su personalidad, aunque no habría estado nada mal que tuviese su numerito musical.

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