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'Hunter Killer': una fantasía militar mucho menos disparatada de lo que nos habría gustado
Críticas

'Hunter Killer': una fantasía militar mucho menos disparatada de lo que nos habría gustado

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Nota de Espinof

Desde sus primeros compases queda claro que es complicado tomarse 'Hunter Killer' especialmente en serio, y no solo porque su protagonista sea Gerard Butler, razón más que suficiente para que se disparen todas las alarmas de "posiblemente te diviertas, pero tú sabrás". Por suerte para todos, ella misma parece ser consciente de su estupidez (si también lo será Gary Oldman es, posiblemente, el mayor enigma que la película pone sobre la mesa) y ofrece una película de acción con espíritu de serie B, seria pero ligera, nada autoparódica pero gozosamente intrascendente.

El argumento se sumerge en las aguas (perdón) del thriller político ingenuo, bienintencionado y sin dobleces, hasta tal punto que parece venir directamente desde los ochenta o los primeros noventa: desde una época en la que la situación política internacional no era tan confusa y ambigua como ahora, o al menos Hollywood no quería darse cuenta de ello. Malos y buenos, militares de moral rígida e impecable, rusos de comportamiento intachable en la guerra, políticos íntegros y crisis que ponen al mundo al borde de la devastación y que se solucionan con un equipo de operaciones especiales y un submarino.

Así de (casi se diría que orgullosamente) pasado de moda está el argumento de 'Hunter killer': un grupo de militares rebeldes ha secuestrado al presidente ruso con la intención de enfrentarse a los siempre serenísimos Estados Unidos de América. El fregado se descubre cuando el submarino USS Arkansas, comandado por un capitán firme pero poco ortodoxo (Butler) es enviado a investigar en el Mar de Barents, en el Ártico, el hundimiento de otra nave a manos de los rusos.

Un ejemplo para que nos hagamos cargo de la encantadora ingenuidad de la película de Donovan Marsh: la presidenta de los Estados Unidos es una mujer rubia de mediana edad, que supervisa levemente las operaciones militares sin estridencias ni intervenir más de la cuenta. El motivo de esta visualización es que 'Hunter Killer' ha permanecido en un cajón durante más de dos años, pues se rodó en verano de 2016. Medio año antes de que Inmortan Joe se convirtiera en presidente del país, y de que la política internacional enloqueciera hasta extremos que convierten a 'Hunter Killer' en una simpática pero decididamente olvidable reliquia del pasado.

'Hunter Killer': Un torpedo de película

Lo cierto es que a base de héroes de una pieza, conflictos internacionales simplificados hasta nivel panfletario y una imaginería propia de vídeo de reclutamiento de las fuerzas armadas (los créditos finales son de auténtica traca), la película se despoja de todo contenido político de cierto empaque y se convierte en una intrascendencia propia de la Cannon (el envite final contra los villanos parece salido de una 'Invasión USA', por lo menos). Es en sus momentos más chiflados (tanto discursivos como visuales, con el submarino haciendo maniobras bajo el agua) de videojuego -pero de 8 bits- cuando 'Hunter Killer' funciona como divertimento más franco y sin complicaciones.

Pero no nos engañemos: 'Hunter Killer' no es una demencia trotona como otras películas de Butler, olvidables pero memorables a la vez en sus propios términos, estilo 'Geostorm' u 'Objetivo: La Casa Blanca' (Olympus Has Fallen), con las que tiene ocasionales elementos en común. Tampoco, por supuesto, se acerca a películas más respetables y en las que obviamente quiere mirarse, como 'Marea roja' ('Crimson Tide') o 'El único superviviente' (Lone Survivor), ya muy superiores.

Hunterkiller2

Competentemente rodada en unos pocos escenarios, 'Hunter Killer' no le busca los tres pies al gato (ni siquiera en lo formal: quizás esta sea una de las pocas películas ambientada en un submarino que no pretende provocar claustrofobia) y hace un poco el ridículo en su propósito muy consciente de no buscárselos. La obediencia ciega de órdenes y el orgullo castrense al doscientos por cien denotan tanto un esquivar conscientemente cualquier postura conflictiva como cierta ingenuidad que, en un buen día, puede resultar hasta refrescante.

Demasiado solemne para convertirse en involuntario festival de diversión sin prejuicios, demasiado tontorrona para trascender su condición de entretenimiento sin más, se puede rascar de su gruesa capa de pintura sumergible una muy competente (y más comedida de lo habitual) interpretación de Gerard Butler. Y un Gary Oldman que no puede evitar darlo todo, y que en sus escasos tres minutos en pantalla se merienda sin problemas a todos sus compañeros de reparto.

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