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James Cameron (II): Universo Terminator

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James Cameron, que durante su juventud había trabajado casi de cualquier cosa (camionero, bedel de un colegio), fue uno de esos afortunados de que en el mundo del cine haya existido un tipo como Roger Corman, descubridor e impulsor, mal que les pese por su método de trabajo, de alguno de los más interesantes creadores cinematográficos de hoy día, cuya carrera comenzó en los años 60-70. Pero antes de participar como director artístico, cámara, eléctrico o constructor de maquetas para Corman a finales e inicios de los años 80, pudo levantar un corto (codirigido, coescrito y coproducido por Randall Frakes) que anticipaba algo de las constantes y búsquedas del futuro.

'Xenogénesis', cuyo nombre alude a una descendencia extraña de los padres, es un cortometraje de casi doce minutos de duración que cuenta, se supone, las andanzas de Raj (interpretado por el que trabajaría con Cameron en la historia de 'The Terminator' y como coguionista en 'Terminator 2', William Wisher Jr.) y Laurie (Margaret Undiel), en su búsqueda de un lugar donde recomenzar el ciclo de la creación de la vida. Tras un prólogo en el que una voz en off, acompañado de unas bellas ilustraciones en la más vibrante tradición de los álbumes de Sci-Fi que tanto placer nos proporcionaron a sus seguidores, nos explica que él es un humano con parte de máquina y que ella es una mujer criada entre máquinas. Juntos exploran una nave abandonada, y provista de inteligencia artificial.

La premisa es un tanto confusa, si bien explicita el deseo de sus creadores de comenzar con una saga cósmica, teniendo en cuenta la amplitud de su tema y el final ambiguo del cortometraje. Es importante señalar que al conocedor de la trayectoria de Cameron le resultarán familiares esas notas musicales que acompañan al narrador: una letanía muy similar a la que suena en una película ocho años posterior, 'Aliens'. Pero también se advierte enseguida la profunda influencia de 'Star Wars', estrenada pocos meses antes, en los decorados y la puesta en escena. De hecho, hasta en su ingenuidad, en su vestuario y en sus decorados pareciera que es un corto de George Lucas con unas gotas del toque Cameron aún por desbastar.

Su guión es sencillo, sin complicarse demasiado. En pocas palabras: Raj se topa con una máquina enorme (y algunos planos recuerdan, seguramente por el homenaje que representan, a 'The Incredible Shrinking Man', de Jack Arnold, 1957) de la que parece quedar fascinado, hasta que se abalanza sobre él y con uno de sus metálicos miembros, del que emerge una luz intensa, le deja sin fuerzas en el suelo. Huye, pero la máquina le persigue, y cuando parece que va a caer por un abismo insondable (que recuerda a los que vemos en el duelo final de 'The Phantom Menace', de George Lucas, 1999) su compañera Laurie, que pilota una máquina 'arácnida' se enfrenta a la máquina asesina con un final incierto.

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Huelga decir que la máquina asesina recuerda mucho a esas que arrasan calaveras a su paso en el apocalíptico futuro de 'The Terminator', seis años posterior. Para hacerla realidad, los responsables de este corto acudieron a maquetas y a la prestigiosa técnica 'stop-motion' (animación fotograma a fotograma), que otorgan a la figura gran credibilidad (estamos en 1978) si bien a nivel técnico es, junto a la máquina pilotada por Laurie, lo único destacable de un trabajo con una fotografía poco trabajada y un diseño de la planificación muy mejorable. La interpretación de los actores es menos que anecdótica, y no merecen la pena puesto que en ningún momento la historia les presta atención.

Pero tampoco se puede valorar este trabajo como un corto, digamos, artístico. Su final abrupto y sin explicaciones obedece más a las reglas del folletín aventurero (las que dictan que cada episodio tiene que concluir con un climax sin resolver) que a otra cosa. La escasa tensión narrativa, presente también en 'Piranha II: The Spawning', no parece propia de ese director capaz de crear como nadie secuencias de acción adrenalíticas. Aquí su máxima preocupación es elaborar los efectos visuales. Será una de las escasas ocasiones en que estos sean el motivo y no la herramienta de su película. Se puede admirar el arrojo del primerizo que creía que continuaría una saga de varios cortos, o quizá largos. La intención de Cameron, y de su codirector, era la de iniciar una saga galáctica, con su universo cerrado, comparable a 'Star Wars' y hecha con cuatro duros. No lo conseguiría hasta varios años después.

Antes tendrían que pasar muchas cosas, varias películas de serie B de Corman (alguna de ellas bien estimulante), una locura de rodaje rodeado de pirañas voladoras, y una oferta que cambiaría una vida. Escribir tres guiones al mismo tiempo en el plazo de tres meses: 'The Terminator' (para la que ya había encontrado financiación), 'Aliens' (cuya producción se vería aprobada y Cameron elegido como su director durante el rodaje de su primer largo) y 'Rambo II'. Cameron aprovecharía a fondo la oportunidad.

Entremos en materia, que para eso estamos. Cameron tuvo un sueño. Durante el rodaje de un spot en la ciudad de Roma cayó enfermo y con fiebre, y esa noche en el hotel tuvo sueños terribles. De entre todos ellos emergió uno: la imagen de un esqueleto de metal, con los ojos rojos, rodeado de llamas. Por la mañana tenía la idea que sería el núcleo de su verdadera primera película. Una película sobre un futuro aterrador, en la que el hombre se enfrentaría al abismo de su exterminio. Atrás quedaban pues las fantasías románticas más propias (y más adecuadas) a la personalidad de George Lucas. Cameron encontró por fin una grieta creativa por la que poder explotar todo su talento.

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El 'Universo Terminator' podría definirse con la expresión que Sarah Connor (una excelente Linda Hamilton) utiliza para referirse al relato/sueño que le ha 'regalado' Kyle: "pretty terrifying", bastante terrorífico. El mundo entero es escenario de una batalla definitiva, y el enemigo no tiene sentimientos, ni piedad, ni otro objetivo que la total desaparición del ser humano. Jamás Fritz Lang ('Metrópolis', 1927), o Ridley Scott ('Blade Runner', 1982), imaginaron un futuro más escalofriante. Cameron les gana la partida echando mano de la literatura esencial del género (Huxley, Matheson, Wells), y le da la vuelta. No bromea Cameron cuando afirma que no le hubiera importado ganarse la vida como uno de los escritores nombrados. Se nutre del sombrío tono apocalíptico oriental y lo funde con las raíces más nobles de la Sci-Fi. Pero es cauto. Los guiones de sus dos películas son lineales. Conoce los riesgos de debilitar su trama por la dispersión. Pule de ramificaciones sus libretos.

En este universo apocaliptico del futuro una inteligencia artificial de última generación toma el poder del mundo y considera a los hombres una amenaza, por lo que decide su eliminación. No hay más. No hay ciudades, no hay sociedades. El hombre se oculta como una rata a la luz del sol. Su lugar preeminente en la naturaleza ha sido ocupado por su creación artificial, que tiene las armas mejor diseñadas (el propio terminator es un arma) para barrer sin compasión al ser humano. Lo interesante, lo notable, es que la historia comienza con la derrota de las máquinas a manos del ser humano, gracias a un líder invencible. En una paradoja temporal asumida, Cameron intenta contarnos cómo las máquinas deciden viajar en el tiempo para terminar a la madre de ese líder invencible. Ecuación fácil: si ella no existe, él tampoco llegará a existir, y la victoria de los hombres será imposible.

Algo de eso se intuye ya en el prólogo, breve y gélido, descorazonador, de 'The Terminator': "la batalla definitiva se libraría aquí, en nuestro presente....esta noche". Las imágenes de la introducción nos hacen ver que las máquinas nos pasan literalmente por encima ¿Hay esperanza? Con poquísimos elementos (algunas máquinas, disparos láser, viajes en el tiempo, el casi exterminio de la raza humana, ruinas interminables, ordenadores superinteligentes y despiadados) Cameron es capaz de ofrecernos una visión futurista absolutamente creíble. Una mitología. Y lo logra por la fuerza expresiva de su atmósfera, por la convicción con la que dibuja una especulación científica y global. Desde la ingenuidad de 'Xenogénesis' a la rotundidad de 'The Terminator' se encuentra la formación de una mirada única, que ha mantenido sus obsesiones, pero depurado sus herramientas.

No hay coartadas filosóficas ni morales de ninguna clase. El Hombre se ha ido al garete, punto. Y ese nuevo comienzo al que se aludía en el cortometraje no va a ser una aventura jovial, sino una pesadilla angustiosa y trepidante. En ella van a tener presencia las armas, los coches, las luces nocturnas de la ciudad, los sueños espectrales, la lucha del hombre (lo orgánico, lo natural) contra la máquina (lo cibernético, lo artificial), y un rayo de esperanza. Una esperanza surgida del amor. Pero no ese amor burgués y romántico. El amor como única respuesta y solución a la destrucción del mundo, y como arma contra el miedo, el sufrimiento y la muerte.

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