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'Jane Eyre', siniestra belleza

'Jane Eyre', siniestra belleza
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Tengo el placer de deberle mi vida.

Es una lástima, y una señal de cómo funciona aquí el negocio del cine, que una de las mejores películas del año vaya a pasar prácticamente desapercibida para mucha gente. ‘Jane Eyre’ (2011), la última película basada en el clásico escrito por Charlotte Brontë (cuya más célebre adaptación se remonta a 1943, con Orson Welles y Joan Fontaine de protagonistas), se estrenó en España el pasado 2 de diciembre tras presentarse en varios festivales, y lo hizo en apenas 115 cines, a pesar de lo bien que suelen funcionar en taquilla los dramas románticos (logró buenas cifras en Reino Unido) y de contar con un reparto encabezado por Mia Wasikowska (‘Alicia en el País de las Maravillas’), Michael Fassbender (uno de los rostros del año, mejor actor en Venecia por ‘Shame’) y Jamie Bell (el actor que dio movimiento y voz a Tintín). Algo falla cuando una producción de calidad con opciones comerciales pasa por la cartelera sin hacer ruido.

Recientemente, hablando sobre la convencional ‘Criadas y señoras (The Help)’, me refería al difícil proceso de trasladar un libro (y más si ha tenido éxito) a la gran pantalla, entre otros factores por la tendencia a considerar el guion poco menos que como una especie de resumen de la obra original, tratando de incorporar de manera mecánica todo lo posible en la película (no me entusiasma que Peter Jackson vaya a hacer dos películas de ‘El hobbit’), en lugar de desmontar la historia y volver a construirla desde un enfoque personal y cinematográfico, convirtiendo las palabras en imágenes. La nueva ‘Jane Eyre’ es una adaptación ejemplar, y demuestra que se puede ser fiel a una novela sin tener que esclavizarse artísticamente a ella. El joven cineasta Cary Joji Fukunaga (debutó en 2009 con ‘Sin nombre’) supera las ataduras de la obra escrita con una propuesta en la que destaca la experiencia audiovisual, una auténtica representación íntima y emocionante de la realidad de la protagonista, de cómo ve y siente ella el mundo. Y el resultado es una película hermosa e intensa, de lo mejor que hay ahora mismo en el cine.

La película, con guion de Moira Buffini,, nos traslada a la Inglaterra del siglo XIX y comienza con Jane Eyre huyendo de una mansión. El paisaje hostil refleja los temores y las inseguridades de la muchacha, y el movimiento de la cámara y el montaje transmiten las turbulentas emociones que recorren su ser, su caos interior; parece que su intención es simplemente alejarse lo más posible de aquel lugar, sin rumbo (desde estas primeras escenas llama la atención la excelente fotografía de Adriano Goldman, quien jugará en ocasiones solo con luz natural). Esta forma de iniciar el relato es eficaz porque a menos que se haya leído la novela, o visto alguna adaptación anterior, se genera un fuerte interés por el personaje y lo que intenta dejar atrás, el espectador supone que ha pasado algo terrible y necesita saber qué es. No quedará decepcionado… Jane consigue llegar hasta una casa (una cálida luz en ese oscuro horizonte) donde recibe el atento cuidado de las dos hermanas del pastor St. John Rivers. Mientras se recupera, y contesta algunas preguntas, la chica comienza a repasar su corta pero intensa vida.

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No hay voz en off y explicaciones solo las justas, el misterio que supone Jane Eyre es desvelado al espectador a través de un largo flashback que comienza en la niñez, cuando es enviada a un orfanato por su amargada tía, que no soporta su espíritu rebelde. Es interesante cómo se plasma el primer contacto de Jane con un chico, su primo, del que se esconde porque desea leer con tranquilidad, y el otro es estúpido, consentido y violento. De la etapa del severo colegio para huérfanas, destaca sin embargo la amistad con una niña parecida a ella, como si fuese esa tierna y comprensiva hermana que necesitaba. Años más tarde, la joven Jane entra en la intimidatoria casa de Thornfield para ejercer de institutriz de una niña que pudo ser ella misma tiempo atrás, incomprendida, solitaria, sin nadie en el mundo. Se trata de la ahijada del amo de Thornfield, Edward Rochester, un hombre rudo, siniestro, enigmático. Edward ve en Jane cualidades admirables, inusuales, una persona íntegra e inteligente con quien poder conversar, y la joven siente atracción y temor ante el primer hombre que muestra interés por ella. Un hombre atormentado por un secreto que no puede revelar y que, además, pertenece a una clase social superior, lo que hace desconfiar aún más a Jane de sus verdaderas intenciones.

El relato corre el riesgo de reducirse a uno de esos corrientes y cursis romances de época sobre amores sin barreras, pero el realizador no pierde el tono, ni los actores (todos estupendos) abandonan las complejas pieles de sus personajes, por lo que la película mantiene siempre la coherencia y el interés plasmando la visión inocente, pura, apasionada de Jane hacia un mundo, y un amor, tan fascinante como aterrador. La protagonista se enfrenta a algo para lo que no estaba preparada, y debe combatir sus miedos y romper las cadenas que la han esclavizado durante toda su vida, ser fiel a sí misma, cueste lo que cueste, o jamás vivirá libre y realmente (Edward también arrastra sus propias cadenas, sociales y personales, temiendo las consecuencias que traería romperlas). Cabe subrayar el acierto de reforzar los elementos siniestros y (aparentemente) sobrenaturales de la novela original (esa escena de la chimenea, puro Shyamalan) y la preciosa música de Dario Marianelli. Hay poco que reprochar a esta cuidada producción (impecable maquillaje, vestuario, decorados…) excepto quizá un exceso de duración y una escena final resuelta de manera un tanto atropellada, el único momento donde Fukunaga se muestra menos inspirado, entregando una pieza que encaja a la fuerza en el puzle. Pese a esto, ‘Jane Eyre’ es una delicia que no deberías dejar pasar.

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