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John Carpenter: 'Asalto en la comisaría del distrito 13', puro cine

John Carpenter: 'Asalto en la comisaría del distrito 13', puro cine
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A Carpenter, como a ninguno de los grandes, nadie le ha regalado absolutamente nada. Algunos dirán que su cine tampoco es tan importante, o que supo emplear lo aprendido delante de una pantalla de cine, y en la escuela, para conferirle después un aire más acorde con los tiempos. Como si eso fuera fácil. Pero Carpenter es uno de los raros talentos meramente narrativos que muy de cuando en cuando surgen en el cine norteamericano, que no solamente actualiza y reinventa los códigos genéricos que más gratos le son, además es capaz de desarrollar un estilo, entendido este desde el punto de vista europeo del cine de autor, absolutamente propio, que muchos han intentado emular sin demasiado éxito, y que parte de una conexión visceral y placentera con los materiales de los que se enamoró con ímpetu juvenil. Hoy día resulta imposible llevar a cabo un ejercicio como el de ‘Asalto en la comisaría del distrito 13’ (‘Assault on Precinct 13’, 1976), por la sencilla razón de que te tiene que gustar mucho el cine, no ya para verla, sobre todo para hacerla.

Que después de un filme tan inclasificable y cutre como el claustrofóbico ‘Dark Star’ (id, 1974), Carpenter no encontrara fácil financiación para sus siguientes proyectos, no sorprende a nadie. Como tampoco debe sorprender que inversores admirados por su tesón y coraje se arriesgaran finalmente a poner los cien mil dólares que precisó para llevar a cabo esta joya. Lo que sí sorprende es lo que este hombre, en plena época de transición del cine americano, es capaz de hacer con un presupuesto tan ajustado, pues antes que él era imposible imaginar que alguien pudiera llevar a cabo un tan apasionante homenaje a Howard Hawks y George A. Romero, más concretamente de sus ‘Río Bravo’ (‘Rio Bravo’, 1966 1959) y ‘La noche de los muertos vivientes’ (‘Night of the Living Dead’, 1968), respectivamente, como si el universo del western y del horror gótico pudieran darse la mano con total naturalidad. En años sucesivos, la mixtura genérica dio no pocos éxitos a Hollywood, pero en este caso, que fue un fracaso en Estados Unidos, se demostró finalmente que el western y el thriller urbano son hermanos de sangre.

Eso sí, los cien mil dólares aseguraron el que es el primer proyecto de Carpenter en 35 mm., en Panavisión, y con un aspecto de imagen de 2.35:1, que es el que ha venido usando siempre que los proyectos y su situación se lo han permitido. Es la primera de varias razones para considerar este el primer Carpenter genuino, además de uno de los más valientes y completos. Filmado en tan solo veinte días (estremece pensar en el plan de rodaje, por más que fuera una producción de asumida humildad), si Carpenter hubiera podido, la hubiera situado en el oeste americano, como se ha cansado de repetir durante años. Pero cualquier amante del western, y más concretamente de los de Hawks, disfrutará con gran placer de esta historia, que nos sitúa en un Los Angeles casi apocalíptico, y asfixiante de calor, en el que una temible banda de asesinos deciden iniciar una masacre contra todo bicho viviente, y terminan sitiando la comisaría del distrito 13, con impredecibles consecuencias para los pobres diablos que, atrapados en su interior, luchan por sobrevivir. Una historia de una tensión y una atmósfera realmente excepcionales, que asombra por su descarnado salvajismo y por el absoluto dominio del suspense que despliega Carpenter.

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Tiros, humor, oscuridad

Es muy probable que sin ‘Asalto en la comisaria del distrito 13’ gran parte del cine norteamericano de acción y de aventuras de los años ochenta (principalmente el más humilde y visceral) no pudiera entenderse, o quizá habría sido muy diferente. Y, si somos capaces de imaginarnos en 1976, podemos comprender hasta qué punto es impactante la violencia y la oscuridad de una realización que hace añicos muchas convenciones y lugares comunes de películas de acción posteriores a ella, pues los directores parecen ahora más preocupados por demostrar que saben gastar el dinero o de demostrar qué bien mueven la cámara, que por utilizar las herramientas cinematográficas a su favor: el espacio del plano (en este caso, de un scope espectacular) y la profundidad de campo, el ritmo de los actores y los eventos, la elaboración de una atmósfera, el simple goce de contar una historia en la que se juega con los ritos de géneros inmortales. Todo el talento que insinuaba y prometía la aventura descabellada de ‘Dark Star’, se ve aquí reforzado y multiplicado, confirmando a un hombre de cine enamorado del western y de lo que puede dar de sí una cámara empleada con inteligencia y buen gusto.

Siendo una película de acción plagada de tiros, muertos, sangre y bestialismo, lo cierto es que los momentos más intensos de ‘Asalto en la comisaría del distrito 13’ son aquellos en los que somos ignorantes de todo lo que ocurre fuera de la comisaría, y presenciamos los intentos de los cuatro personajes por salir de ese infierno. Sentimos con una fuerza indescriptible la amenaza exterior, la cercanía de la locura y de la muerte. Siendo, como soy, un gran devorador de cine de acción de todo tipo y nacionalidad, sigue impresionándome hasta el paroxismo esta película, continúo impregnándome de su oscuridad como si me invadiera un hedor moral irrespirable, y sus imágenes me acompañan durante bastantes días, acosándome con su violencia y con su retorcido sentido del humor. Es decir, me empapo de la creatividad de Carpenter, pues él también compone la música (y sabe situarla en el momento justo, un talento menos común de lo que pareciera) y hasta monta la película, con el seudónimo de John T. Chance (el nombre del personaje de John Wayne en ‘Rio Bravo’).

La acción, los tiros y la violencia, de esta película, deberían sonrojar a muchos de los que hacen de la muerte en el cine un motivo de espectáculo. La sequedad y precisión conque Carpenter la filma es admirable. Como admirable es la forma en que saca partido de un grupo de actores tan limitado, extrayendo una naturalidad y una verdad de ellos realmente alucinantes. Dibujando a sus héroes como un grupo de personas cotidianas, y a la banda de asesinos casi como unos zombis ansiosos de sangre, muchos de ellos sin rostro ni diálogos, se nos ponen los pelos de punta asistiendo a un relato que huye del énfasis y de la exageración como de la peste, que avanza con angustiosa serenidad, y que nos plantea una pesadilla tan mundana como inolvidable. Son sólo algunos de las muchas virtudes de una obra magistral, que espero que el lector se ponga buscar para verla cuanto antes, porque va a hacerle un poquito más feliz y le va a hacer sentir mucho más vivo, al mismo tiempo que probablemente le reconcilie con el cine de aventuras más espeluznante que imaginar quepa.

Impacto e imagen favorita

La película fue un fiasco en la taquilla estadounidense. Pero cuando se estrenó con gran éxito en el Festival de Londres, y los críticos se rindieron ante el talento de la nueva promesa de género norteamericano, la película por fin conoció una respuesta por parte del público, y Carpenter pudo respirar tranquilo. Según él, en Europa estaban más preparados para entender este post-western que, irónicamente, en el país que lo vio nacer. Así las cosas, hoy en día está considerada como una de las más grandes películas de nuestro realizador, y es la primera que conoció un remake reciente, algo que, como ya hemos comentado, no solo no molesta a Carpenter, además se siente halagado. Fue una nada desdeñable película de Jean-François Richet, con Ethan Hawke, Gabriel Byrne, John Leguizamo y Lawrence Fishburne como principales protagonistas. Carece de ese algo que hace a la primera película una experiencia tan extenuante y definitiva.

Mi imagen favorita es la de la niña con su helado. Quien haya visto la película sabe a qué me refiero. Y quien no…ya tarda en ponerse con ella.

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