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'Largo viaje hacia la noche': una demostración de pulso creativo que no hace ascos ni al lirismo ni a la musculatura 3D
Críticas

'Largo viaje hacia la noche': una demostración de pulso creativo que no hace ascos ni al lirismo ni a la musculatura 3D

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Hay que reconocerle a cualquier película estrenada esta semana el valor de plantarle cara nada menos que a 'Vengadores: Endgame'. Por supuesto, los públicos son distintos, pero las aglomeraciones, las colas y las incomodidades van a abundar. Bien por Surtsey Films, pues, que ha escogido este fin de semana, quizás como espejo de lo que sucedió en China con el estreno de ésta, la segunda y singularísima película de Bi Gan.

En China superó la recaudación de 'Vengadores: Infinity War' en preventa de entradas gracias a una ingeniosa campaña de marketing: se estrenó el 31 de diciembre publicitada como “la última película de 2018”. Muchas salas organizaron proyecciones-evento en las que el final de la película coincidía con la llegada del nuevo año. Por supuesto, luego llegó la apisonadora de Marvel, pero 'Largo viaje hacia la noche' ganó la batalla de la preventa, con cantidades insólitas para el cine de autor de ese país.

Es dudoso que el film de Bi Gan repita la hazaña fuera de China, pero lo cierto es que, con records o sin ellos, su propuesta es muy digna de atención. Para empezar, conviene verla en sala grande, ya que en otro giro insólito para el cine de autor, concluye con una traca en forma de plano secuencia, con un personaje moviéndose por un mastodóntico decorado que hay que disfrutar en 3D. 'Largo viaje hacia la noche' -su título original es 'Última noche en la Tierra', por si estabas pensando en conexiones literarias como 'Viaje al fin de la noche' de Céline o la obra teatral del mismo título de Eugene O'Neill- es una aparatosa, a ratos críptica y a ratos apasionada muestra de cine que intenta captar lo inasible.

Porque no hay nada más inasible que los sueños, y la película de Bi Gan es un periplo, intuitivo en unas ocasiones, extrañamente racional en otras, por la textura de lo onírico. Interrupciones de la lógica narrativa y visual, argumento laberíntico y sobre todo personajes que se comportan de forma arbitraria e imprevisible. Se ha comparado la película de Bi Gan con el romanticismo artificioso e hiperestético de Wong Kar-wai, pero en este último sentido quizás tenga mucho que ver también con David Lynch y otros onironautas.

'Largo viaje hacia la noche': la textura del amor soñado

El argumento de 'Largo viaje hacia la noche', como el de toda película que sea más una experiencia sensorial que una propuesta narrativa, puede transpirar cierta banalidad: Luo Hongwu (Jue Huang) regresa a la ciudad de Kaili, donde nació, en busca de una mujer de la que se enamoró en el pasado y de quien solo conserva un nombre, quién sabe si verdadero. Los puntos de vista se intercambian, las líneas temporales se funden y, cuando encuentra una pista definitiva sobre su paradero, el protagonista entra en un cine que le transporta a una zona irreal, quizás de su subconsciente, quizás más fiable que la primera mitad de la película, y seguirá buscando mientras el tiempo se desmorona definitivamente.

La película de Bi Gan está sumergida en una peculiarísima neblina que sigue la lógica sin sentido de un sueño: sin reglas escritas, sin posibilidad alguna de racionalizar nada, los personajes desconciertan al protagonista y al espectador, y el director de la también personalísima 'Kaili Blues' se entrega al juego eliminando todo tipo de ataduras en la puesta en escena. Largos y lentos movimientos de cámara que imitan la mirada humana pero que cuando vuelven sobre sí mismos se solazan con elementos que han mutado o que han desaparecido. Habitaciones en cuyo interior llueve, pero donde hay luz eléctrica. Laberintos emocionales perfectamente reflejados en otros tantos que hay que recorrer con tirolina o subiendo y bajando escaleras dignas de grabado de Escher.

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Se trata de un simbolismo que a menudo no tiene correspondencias ni significados claros, aunque abundan las metáforas relacionadas con el nacimiento, la muerte y otras cuestiones metafísicas de alta gradación: lluvia, luces, juegos, infancia, baile, bengalas, música, cine, relojes, frutas. En un doble salto mortal que no tiene demasiado de juego metarreferencial y sí de cuestionamiento de su propia naturaleza, los títulos de crédito y el título del filme llegan a mitad de metraje, cuando nuestro protagonista entra en el cine y, como en tantas películas de serie B y rudimentarias 3D, espectador y personaje llevan a cabo el mismo gesto de esconderse tras unos cristales tintados.

Todos ellos son símbolos bien conocidos y gastado, y podrían entenderse como ejemplos de una gramática visual poco trabajada, pero en realidad acuden, como los sueños, a los iconos que fermentan en el subconsciente colectivo, con significados universales. Lo onírico y su textura endeble, perfecta para explicar romances imposibles, enrevesados, que empiezan como una historia de cine negro donde se busca a una mujer desaparecida y acaban como una celebración de la imagen en movimiento y la tecnología punta como única forma de describir, sin palabras, un romance imposible.

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