'Mujeres al borde de un ataque de nervios', impuro teatro

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Nominada al Oscar y un merecido éxito de taquilla, esta comedia de 1988 cuenta los devenires de Pepa (Carmen Maura) cuya ruptura con Iván (Fernando Guillén) la tiene sumida en una tristeza notablísima. Ambos son actores de doblaje y ella no parece entender las razones de su súbito abandono. Sin quererlo, se verá inmersa en un enredo con el hijo de Iván, Carlos (Antonio Banderas) y su pareja (Rossy DePalma), con la ex-esposa del mismo (Julieta Serrano) y con su asustada mejor amiga, Candela (María Barranco).

En muchos aspectos, 'Mujeres al borde de un ataque de nervios' supuso una película digamos convencional en la filmografía de su director. Frente a la radicalidad underground de sus primeros trabajos y filmada justo después de las dos inclasificables incursiones en el cine negro con 'Matador' (1986) y 'La Ley del Deseo' (1987), esta comedia ligera parece un intento agradable de mostrarse menos radical.

No obstante, lo que aquí tenemos es una notablísima exhibición estilística acompañada de un no menos delicioso guión, ejemplo perfecto de como construir una trama, hacerla avanzar y no olvidar nunca a los personajes ni a sus propios conflictos. La escena inicial de la película, en la que Almodóvar rinde tributo al muy musical 'Johnny Guitar' (1954) de Nicholas Ray es una escena tan sincera como cuando Borges nos pidió ser recordado por los libros que había leído.

Porque, y en esto se adelanta a una sensibilidad similar como la de Quentin Tarantino, de lo que se vanagloria Almodóvar es de las muy buenas películas que ha visto. Y esta pasión es la que mueve sus grandes películas, incluso esta, en las que una subtrama sacada de un gran melodrama 'noir' (la de Julieta Serrano) se convierte en motivo de hilaridad permanente.

Los referentes aquí impregnan toda la película, desde un Antonio Banderas recién salido de los papeles de Cary Grant para Howard Hawks, con una ingenuidad digna de 'La fiera de mi niña' (Bringing Up Baby, 1938), hasta por la estupenda labor lumínica de José Luis Alcaine, con fuertes resemblanzas cromáticas a las películas de Douglas Sirk.

¿Qué busca aquí Almodóvar con sus ecos de Sirk que poco tienen de sirkianos al estar filtrados por tanta estilización? Tenemos ese bellísimo plano secuencia siguiendo a los tacones de la protagonista, la cámara deslizándose por el celuloide recién doblado al principio, un homenaje a la secuencia incial del 'Graduado' (The Graduate, 1967) en el aeropuerto sin que estas piezas parezcan responder, en principio, en una misma línea.

El plano final, también digno de Sirk, y gran parte de la dirección, deliberadamente teatral cuando conviene, como bien ha aprendido Almodóvar del maestro George Cukor, buscan la emoción. Esa es la herencia de Cukor, de Sirk, también del talentoso Ray, incluso de las otras grandes screwball.: una emoción que se supone todo su acercamiento a lo verdadero.

Sorprende el tercer acto de la película, la narración del despertar de una mujer cansada de ser la otra de un seductor demasiado tradicional al que se le han pasado ya demasiadas; sorprende la belleza simple y adorable del plano final al ritmo de La Lupe. Del llanto del Soy Infeliz de Lola Beltrán al despecho cargado de razón de ser de la Lupe; incluso musicalmente la película se pone al servicio de las emociones de la película, de sus personajes.

En cierta manera, ejemplo fundacional de una screwball española, las películas raramente son mejores o más felices que esta. Además de los trabajos de Alcaine y Almodóvar, la música incidental y algo exagerada es de Bernardo Bonnezzi y el reparto está absolutamente memorable, desde el registro exasperado de Maura hasta la extraña dulzura de Rossy de Palma.

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