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'¡Olvídate de mí!', la fugacidad de los recuerdos

'¡Olvídate de mí!', la fugacidad de los recuerdos
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Asumámoslo de una vez, y a lo mejor así lo superamos antes y pasamos a cosas más constructivas: el cine es un verdadero coñazo, y perdón por la expresión. En un grandísimo porcentaje los directores y los guionistas han convertido un proyecto de arte supremo en una artesanía más o menos disfrutable, y muchas veces trivial. Presentación, nudo y desenlace. Tres actos. Climax. Zonas explicativas. Dibujo más o menos comprensible de personajes, motivaciones, objetivos, conductas. Plano y contraplano. Plano general y cámara en mano. Lugares comunes. Tedio. En el mejor de los casos, si el director es un tipo con las ideas claras y algo de inventiva, ese tedio puede pasar por una película quizá emocionante, quizá ingeniosa, quizá con algún elemento destacable en lo escenográfico. Pero, básicamente, y esto lo digo con convicción, mal que me pese, nos estamos dedicando a contarnos el cuento de la vieja una y otra vez. Ya he visto esa película. Una docena de veces. Y me aburre.

Con este panorama, una película, o mejor dicho, una joya deslumbrante como ‘Olvídate de mí’ (‘Eternal Sunshine of the Spotless Mind’, Michel Gondry, 2004) es algo así como una lavativa en condiciones, una bomba estética, un regalo incomensurable, una bofetada en el mohoso rostro del clasicismo, de lo aceptado como correcto narrativamente. Gondry los tiene cuadrados, ni más ni menos. Qué genio y qué bastardo con magia. Un verdadero mago, cuyo logro en esta película creo que no empezará a ser considerado en su totalidad hasta dentro de algunos años, cuando los cinéfilos y los críticos vuelvan a verla y se den cuenta, verdaderamente, de lo que significó y lo que alcanzó este título. Aún con sus imperfecciones (no existe una gran obra libre de ellas, creo), ‘Eternal Sunshine’ es la más lúcida y despiadada radiografía de las relaciones de pareja que sospecho se haya hecho jamás.

A grandes rasgos, la grandeza de esta obra maestra se sostiene en tres pilares indestructibles. A saber:

1. Una puesta en escena increíblemente enérgica, libre y valiente, que hace pedazos la dramaturgia ortodoxa para alcanzar el rango de vanguardia narrativa.

2. Un guión asombroso, pensado hasta en el más mínimo detalle, con el que no hay que dar nada por sentado y que margina hasta el ostracismo cualquier idea preestablecida sobre construcción dramática.

3. Unos actores superdotados y en estado de gracia, que hacen volar cada secuencia. No solamente los grandísimos Kate Winslet y Jim Carrey, que son el corazón de la historia, también Kirsten Dunst, Elijah Wood, Mark Ruffalo, Tom Wilkinson...

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Michel Gondry (Versalles, 1963) se entrega con algo de impostura a una cierta retórica visual que no siempre funciona como él desearía. Pero estos juegos, en lugar de estorbar o deteriorar el tejido vivo de lo que estos artistas son capaces de lograr, funcionan al margen, como un aliciente más, o más bien otro nivel, de los muchos que jalonan este complejo e intrincado relato. Posiblemente nunca vuelva a conseguir algo de este calibre, y da la impresión de que se encontraba tan pletórico de ideas que podía haber filmado dos películas en una. Y dentro de ‘Eternal Sunshine’ residen unas cuantas películas, sin duda. Una (varias) melancólica(s) historia(s) de (des)amor, una indagación acerca de los crueles mecanismos de la memoria, y una lúcida reflexión sobre géneros tales como la sci-fi, el melodrama o el realismo mágico, formas narrativas deconstruidas por esta maravilla de película, repleta de gamberrismo y sentido del humor.

Olvidar nos hace libres

Yo creo que el cine es, en su forma más auténtica, la representación de un recuerdo. O de un sueño, que es un recuerdo interiorizado hasta profundidades insondables. Los recuerdos deberían ser la materia primordial de las películas, y desde luego lo son de ‘Eternal Sunshine’, cuya trama gira alrededor del hecho de que estamos hechos de recuerdos, somos prisioneros de los recuerdos, queramos o no. Nietzsche escribió: “benditos sean los olvidadizos, pues superan incluso sus propiois errores’. Pero Alexander Pope escribió: “Feliz es el destino de las vírgenes vestales, pues olvidan al mundo y el mundo las olvida a ellas, brillo eterno de la mente inmaculada, cada oración aceptada y cada deseo renunciado”. Nunca, nadie, imaginó una experiencia audiovisual tan certera acerca de cómo queremos retener unos recuerdos que nos hacen pedazos, y la forma en que esos recuerdos nos condicionan en decisiones futuras.

La historia de amor entre los inadaptados sociales, y ciertamente mezquinos, Joel Barish y Clementine Kruczynski, es una mera excusa narrativa para bucear sin oxígeno en las turbias aguas del transcurrir del tiempo, del egoísmo y la inseguridad humanas, de la soledad, y de la risa y la diversión como única válvula de escape a una cotidianidad irrespirable. Cotidianidad rota por el encontronazo entre dos seres opuestos que dará lugar a una nueva, e irrespirable, cotidianidad, en la que ambos se sentirán atrapados y perdidos. Charlie Kaufman, autor del guión, parece conocer todas las trampas, todos los resortes, de las relaciones de pareja, porque aquí damos un buen repaso a la realidad de enfrentarse cada día con alguien a quien amas y odias al mismo tiempo, a quien deseas y a quien rechazas.

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Pero no solamente eso. Gondry se pone a la altura del guión de Kaufman, cuya historia él mismo coescribió, y lleva a cabo un ejercicio de estilo extremo, radical, que sin embargo está muy alejado del gusto por lo retorcido, que tan a menudo tiene lugar con relatos acerca del subconsciente o la mente, y no estoy pensando ahora en ningún Nolan en particular. Pero a Gondry (y a Kaufman) les interesa menos el estudio de la mente y mucho más el del corazón humano, como mapa para orientarse en este laberinto lleno de trampas. Gondry, listo como un zorro, se basa a su vez en cuatro herramientas para contar esta historia:

1. El sonido y la música empleados para dar sentido interno a una historia no lineal y apenas narrativa, con lo que se gana en abstracción y en absurdo.

2. El guión como excusa para emplear el montaje de forma altamente imaginativa, superponiendo espacios y planos, proponiendo un collage sensorial en la más fiel acepción del término “surrealismo”.

3. La fotografía (responsabilidad de Ellen Kuras) capaz de dotar a cada espacio de una entidad emocional propia.

4. Un uso de la cámara absolutamente magistral, con la que Gondry expresa cada gesto, cada detalle, como si fuese un testigo y no un mero prestidigitador.

Así, Gondry esculpe más que construye, con la impagable ayuda de Carrey y Winslet, un itinerario a ninguna parte de un par de almas errabundas, que no saben amar ni perdonar, pero que sí saben que no quieren perder al otro en ese viaje, en el cual las pistas serán sutiles pero contundentes, como el color del pelo de Clementine, o el orden interno de los sucesos. Sucesos que son captados con su cámara como si se trataran de documentos acerca de la vida entre dos personas, más que de cine prefabricado, del que tantas veces ha tratado ese tema. Los encuadres de Gondry son excepcionales porque con ellos accedemos a una verdad profunda (¿la hay de alguna otra clase?) y al espejo interior de nuestros propios fantasmas.

Conclusión y escena favorita

Obra mayor del cine americano de la pasada década, sin lugar a dudas. Filmada con coraje e imaginación desbordantes, arrasada de verdad y de emoción. Mi escena favorita es aquella en la que ambos ex-amantes escuchan la cinta de uno de los dos. Extraordinaria parábola de los rencores y los odios que unen más que el cariño o la comprensión. La cinta sigue y sigue, como pensamientos que flotan y que se sienten como cuchillos, y ambos personajes salen de la habitación (de su reclusión) y se aceptan tal como son. Quimera que en el cine queda como un momento sublime.

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