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Placeres culpables: 'Terminator 2: el juicio final' de James Cameron

Placeres culpables: 'Terminator 2: el juicio final' de James Cameron
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Uno de los recuerdos más gratos que tengo como cinéfilo es el haber asistido al estreno de 'Terminator' (id, James Cameron, 1984), y salir completamente alucinado del cine. Enseguida apunté el apellido de Cameron, quien con sus dos siguientes películas me había ganado completamente. Hoy, casi treinta años después, y con muchas más películas vistas, sigo pensando que es uno de los mejores narradores del cine actual, y un más que potente director de Sci-Fi. Por eso cuando tras el fracaso de la excelente 'Abyss' ('The Abyss', 1989) anunció su implicación en una secuela del film que le encumbró tanto a él como a Arnold Schwarzenegger, yo fui de los que no les hizo mucha gracia la noticia. Con todo, confiaba en la capacidad narrativa y sentido del espectáculo de un director que aún me regalaría buenos y excitantes momentos en el cine.

Y eso es precisamente lo que me hace disfrutar de una película como esta, que además de inferior al film original es una operación comercial muy hábilmente diseñada que no sólo devolvería a su director la posición de privilegio que necesitaba, sino que asentaría la imagen de Schwarzenegger para con su público fiel. El presupuesto más alto por aquel entonces para una película, y unos efectos visuales que supondrían toda una revolución —con los que Cameron ensayaría para su tan cacareado proyecto sobre la adaptación de Spider-Man, unos de esos films que todos lamentamos no haya realizado—, más el hecho de ver a Schwarzenegger como el bueno del relato —detalle que la exagerada promoción del film se encargó de reventar— eran los principales elementos hacia el más que seguro éxito. Y así fue. La película desintegró taquillas.

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(Spoilers para los que no hayan visto la película, si es que existe alguien así) 'Terminator 2: el juicio final' es prácticamente lo mismo que su predecesora pero con muchos más millones de dólares. Son numerosos los instantes en los que la película parece más un remake millonario del primer film que una secuela y en ella se revelan los mayores defectos de un director nacido para el espectáculo pero no para otras cosas. Al menos en la época del film, el director demostró, como más tarde lo haría en su siguiente film, que no tenía mano para los niños. Edward Furlong me parece un error de casting enorme, pero lejos de ello, Cameron no sabe qué hacer con él, incontrolable y exagerado, rayando el histrionismo, en el papel de John Connor, tanto que personalmente deseo que al T-800 se le averíe la programación y lo asesine brutalmente. Pero de esa forma nos perderíamos el homenaje que el director realiza a 'The Invisible Boy' (id, Herman Hoffman, 1957), secuela de 'Planeta prohibido' ('Forbidden Planet', Fred M. Wilcox, 1956) —pronto en el ciclo de ciencia-ficción— de la que Cameron quiso hacer un remake.

Para disfrutar de 'Terminator 2: el juicio final' prefiero no fijarme en su lamentable guión, lleno de incongruencias —el T-800 desobedeciendo una orden directa de John para acto seguido decirle que le obedece en todo, ¿¿??— y liando aún más el tema de los viajes en el tiempo provocando que nos hagamos preguntas todo el rato. Para disfrutar de ella prefiero fijarme en las increíbles set pieces del relato, unidas como buenamente pueden a pesar de los bruscos cambios de ritmo, lo cual no deja de ser llamativo si nos fijamos en cómo domina Cameron las elipsis. Supongo que consciente del bombazo que tenía entre manos le importaba más bien poco; en lo único que fue coherente con el mundo que creó fue en dibujar un futuro terrible para la humanidad, algo que las posteriores secuelas se encargaron de destrozar. Pero qué más da, esto es una película de acción, y teniendo en cuenta el abismo en el que cayó el subgénero en los últimos años, las mencionadas set pieces se revelan como lecciones de montaje y planificación, por no hablar de la extraordinaria labor con la steadycam de James Muro, en aquellos años una eminencia en el tema.

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La persecución en los canales de Los Angeles, que da lugar a una especie de buddy movie que no cuaja del todo, es impresionante y viene precedida de un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, breve pero intenso, entre un muy efectivo Robert Patrick —que siempre bromeaba con el hecho de darse de hostias con alguien como Schwarzenegger— y el actor austriaco cuando por fin queda claro quién va a proteger a John y quién no —ejem—; toda la parte en la que el personaje de Joe Morton cobra importancia y que culmina con una respiración entrecortada cohesionada de forma magistral a una explosión espectacular; la parte del psiquiátrico donde está recluida Sarah Connor —una poderosa Linda Hamilton con la que todos tuvimos sueños de lo más húmedos—, en definitiva, todas y cada una de las secuencias de acción del film son un completo disfrute para los sentidos.

El resto no hay por donde cogerlo, sobre todo esa ñoñería zafia que se deriva de la relación entre el niño y la máquina con la que Cameron hace que me sonroje y añore aún más instantes como el de la resurrección de Mary Elizabeth Mastrantonio en 'Abyss', probablemente el momento más emotivo de toda la carrera de su director, proveniente de las entrañas de un verdadero artista. Y dicho sea de paso, me quedo de lejos con el montaje del director, o edición especial, en el que podemos ver una secuencia protagonizada por Michael Biehn —un sueño que tiene Sarah en el hospital y que dibuja con más fuerza el desequilibrio mental de Sarah—, alguna escena ampliada que da más información y un pequeño instante en el que el T-800 intenta dibujar una sonrisa en su cara animado por John, momento este que revela a Schwarzenegger con una gran capacidad para reírse de sí mismo.

Lo reconozco, hoy día me lo paso pipa con el film, mucho más que en el momento de su estreno, que me dejó más bien indiferente. Y no puedo dejar de aplaudir una de las decisiones más acertadas del film a mi juicio. John Connor le prohíbe al T-800 matar a ningún ser humano, y este, ni corto ni perezoso se dedica a dejar mal herido a todo aquel que se interpone en su paso, lo que quizá queda más terrible aún.

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