Que 'Heated Rivalry' (traducido como 'Más que rivales' en España) se haya convertido en un fenómeno -especialmente entre mujeres, tanto heterosexuales como lesbianas o bisexuales- en medio mundo no es solo casualidad. Esta serie canadiense, pequeña en presupuesto pero enorme en cuanto al impacto que ha tenido, ha dado en el clavo con un deseo muy concreto que muchas espectadoras tenían y que no siempre se ha sabido formular bien: poder ver una historia de amor intensa, erótica y emocionante donde no haya desigualdad de género, ni dinámicas de poder viciadas, ni misoginia camuflada de romance.
En un momento en el que buena parte de la ficción romántica heterosexual sigue normalizando relaciones desiguales, celos tóxicos y desequilibrios de poder, esta serie ofrece una fantasía diferente donde dos hombres se desean, se respetan, se cuidan y se lo pasan bien desde la reciprocidad. En España ha llegado tardísimo —ya se puede ver en Movistar Plus+-, pero el delirio colectivo sigue estando ahí.
Otra excusa para volver a verla
El principal atractivo de 'Heated Rivalry' no es solo que es una serie que está muy bien -que también-, sino que muestra el deseo como algo compartido. No hay roles de poder fijos, no hay uno que domine siempre y otro que ceda siempre: la dinámica entre Ilya y Shane va cambiando y es negociable. Y ver eso en pantalla es algo rarísimo. Estamos tan acostumbrados a romances donde la jerarquía está clara desde el minuto uno con alguien que se adapta a la otra persona que sorprende ver un caso donde el poder se discute y se va alternando.
Además, tampoco hay una misoginia estructural atravesando la historia. Las mujeres no están ahí para ser humilladas, castigadas o usadas como daño colateral emocional. No tienen que lidiar con la carga emocional de los protagonistas ni sirven de excusa para justificar comportamientos cuestionables. Para muchas espectadoras, eso es un alivio, porque implica que por fin tenemos una historia de amor que no nos mantiene constantemente en alerta buscando micromachismos, violencia, faltas de respeto o desigualdades normalizadas.
Por otro lado, el consentimiento no es un trámite narrativo, sino que es una parte más del erotismo. Hay comunicación, cuidado y se presta atención al deseo del otro. Y eso, lejos de enfriar la tensión sexual, la vuelve más intensa. Que se muestre el deseo sin presión es algo profundamente excitante, precisamente porque en la ficción heterosexual eso sigue siendo una asignatura pendiente.
Y también, la serie conecta con un hartazgo generalizado con los modelos románticos donde las mujeres siempre tienen que adaptarse, perdonar, aguantar o "arreglar" a hombres emocionalmente inmaduros. En 'Heated Rivalry', los hombres se hacen cargo de su propio proceso emocional. No hay ninguna mujer ahí para educarles y eso es realmente liberador, porque el romance es un espacio de igualdad, no un lugar donde hay que sacrificarse.
Por último, cabe añadir que la serie llega -y vuelve a llegar con su estreno en España- en el momento perfecto. Es una obsesión compartida que volveremos a ver no solo porque sea entretenida, sino porque nos ofrece algo que echábamos de menos: una fantasía romántica intensa sin jerarquías de género, sin misoginia y sin la sensación constante de que el amor siempre viene de la mano con tener que renunciar a algo por el camino.
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