'Prince of Persia: Las arenas del tiempo', videojuegos, superhéroes, viajes en el tiempo...

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El mundo de los videojuegos y el cine no se llevan bien. Cada vez que se estrena una película basada en un popular comecocos de esos, me llevo las manos a la cabeza debido a la mala calidad de la misma. No pongo en duda, válgame Dios, que en el mundo de los videojuegos haya algunos, quizá muchos, que sean extraordinarios. Servidor, que pertenece a la época del Zero Time, no ha encontrado aún uno que le enganche lo suficiente —se admiten sugerencias—, pero eso es otra historia para tratar en otro blog. Aquí estamos para hablar de cine y el caso es que de momento se cumple la norma: película basada en un videojuego es para echar a correr, y claro, yo que crecí con el prehistórico spectrum —que tardaba en cargar una eternidad ¿os acordáis?— termino cogiéndole manía a los videojuegos, me dejo llevar por mi personalidad malvada, echo pestes, vosotros os enfadáis y me ponéis fino. Menos mal que no me apellido Massanet.

‘Prince of Persia: Las arenas del tiempo’ (‘Prince of Persia: Sands of the Time’, Mike Newell, 2010) es la adaptación del popular videojuego, al que reconozco nunca he jugado —¿me pierdo algo?—, una superproducción de más de cien millones de dólares que el todopoderoso Jerry Bruckheimer pretende convertir en una saga al estilo de la de los piratas del caribe de la que una cuarta parte ya es una triste realidad. Dado que la película se ha estrenado una semana antes en España que en los USA, no podemos hablar de la respuesta en la taquilla yanqui. El film posee todos los ingredientes que parecen saciar las inquietudes del espectador habitual, ésas que conoce muy bien Bruckheimer.

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Jake Gyllenhaal da vida al príncipe Dastan, que unirá sus fuerzas a la princesa Tamina, protectora de una daga muy especial que permite viajar en el tiempo. Tal poder en las manos equivocadas podría traer la muerte el mundo entero. Ésa, en base, es la simple premisa de ‘Prince of Persia: Las arenas del tiempo’, producto que argumentalmente no supone un galimatías de ningún tipo, ni siquiera en lo que respecta a los viajes en el tiempo, que para no liarla demasiado se decide que los viajes sean un minuto hacia atrás, no vaya a ser que se produzca una divertida paradoja temporal y tengamos que estrujarnos el cerebro para entenderlo. Los guionistas optan pues ya no por un sencillo argumento de aventuras, sino por algo totalmente simple, escueto y plano.

A Mike Newell sólo le queda el intentar servir con decencia la simple historia protagonizada por personajes aún más simples, perfectamente reconocibles como tópicos pertenecientes al género de aventuras. En ‘Prince of Persia: Las arenas del tiempo’ —por cierto, ¿a qué viene traducir sólo la mitad del título original?— se pueden ver mil y una referencias a conocidas películas. Desde la trilogía Indiana Jones —donde precisamente Alfred Molina hacía un pequeño pero recordado papel en el primer título— hasta la de Peter Jackson, pasando por la de Lucas y terminando, cómo no, en la mencionada franquicia de los piratas también producida por Bruckheimer. El héroe de origen humilde, el rey compasivo, el hermano celoso, el tío cabrón, la princesa guapa y testaruda, y el gracioso.

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Pero Newell, que ya se hizo cargo de un blockbuster, una de las entregas de la saga Harry Potter, y que en tiempos realizó una buena película —‘Donnie Brasco’ (id, 1997)— termina por revelarse como un director incapaz para la acción. Su puesta en escena se ve ahogada por miles y miles de detalles digitales anulando toda personalidad, y lo que es peor, no es capaz de dotar de ritmo o emoción una película que no necesitaba más que eso. Las escenas de acción son simplemente infumables, uno nunca se entera de nada en las peleas, los personajes recorren distancias enormes en cuestión de segundos y el atroz montaje le quita al espectador toda posibilidad de ubicación. Es como si la hubiese dirigido Michael Bay una tarde de domingo, esto es, representa a la perfección lo que Jerry Bruckheimer entiende por cine. Pim, pam, pum, y a cobrar.

Si el presente aguantó la película fue gracias a la refrescante presencia de Alfred Molina. Su personaje, tópico entre los tópicos, cae simpático por el excepcional trabajo del actor quien opta por tomarse a cachondeo la delirante propuesta de la película. A su lado, el resto de los actores intentan más o menos cumplir con lo poco exigente de sus roles. Jake Gyllenhaal demuestra que podría ser perfectamente un héroe con carisma si el material lo merece, porque aquí pega más saltos que Spider-Man. Gemma Aterton es una especie de Megan Fox —y muy pronto sus sustituta en el nuevo juguete de Michael Bay, qué casualidad—, y Ben Kingsley en una de esas interpretaciones que hace por el cheque, al fin y al cabo todos tenemos que comer.

Y hablando de comer, me retiro a mis aposentos a paladear los sabores de un manjar exquisito: el último episodio de ‘Lost’, donde hay mucho más cine que en el 50% de la producción cinematográfica actual, y no sé si me quedaré corto.

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