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'Rey Arturo: La Leyenda de Excalibur': Cuando los mitos se ponen 'fast & furious'
Críticas

'Rey Arturo: La Leyenda de Excalibur': Cuando los mitos se ponen 'fast & furious'

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Guy Ritchie parece ya completamente integrado en la cultura mainstream. Tampoco es que algún momento su obra pudiera calificarse de underground: su majadera y divertidísima trilogía de pubs costrosos y delincuencia cockney compuesta por 'Lock & Stock', 'Snatch: Cerdos y diamantes' y 'RocknRolla' era modesta pero ya apuntaba una caligrafía visual y un ritmo que claramente aspiraba a vehículos más aparatosos.

Muchos consideraron que 'Sherlock Holmes' y secuela habían supuesto una claudicación definitiva del Ritchie más autoral (los pocos que quedaban con esa opinión después de 'Barridos por la marea', claro), pero los gourmets de las películas comerciales con clase y el cine de acción que no confunde el ruido con la furia supieron que se encontraban ante un autor. Uno dispuesto a vender su alma a cambio de medios que le permitan poner en pie febriles catedrales de violencia cartoon y comedia bronca.

El cénit de ese Ritchie bien podría ser 'Operación U.N.C.L.E.', la mejor película de espías desmelenados desde 'Casino Royale' y un asombroso ejercicio de estilo que pasó levemente desapercibido pero que sirvió para cimentar la fama del director como alguien capaz de poner en pie proyectos de estudio sin perder por el camino su sello personal. 'Rey Arturo' es paradigmática en ese aspecto.

Y lo es porque, antes de que un fracaso de crítica y público solo relativamente comprensible echara por tierra los planes de Warner, 'Rey Arturo' pretendía ser el arranque de uno de esos universos compartidos que Warner se muere por tener a semejanza de Marvel. El plan: que 'Rey Arturo' fuera el equivalente a 'Vengadores' y producciones independientes para cada caballero de la Mesa Redonda hicieran las veces de 'Iron Man', 'Capitán América' y demás.

Ese plan ha quedado sepultado por la cruda realidad: al público de 2017 no le atrae tanto la enésima revitalización de la leyenda artúrica como la que se produce cada década más o menos (en 1995, 'El primer caballero'; en 2004, 'El rey Arturo'), quizás por agotamiento de la fórmula o por tomarse excesivas libertades. Aunque no hay que ponerse especialmente melindrosos: los grandes éxitos de la leyenda artúrica son siempre refritos.

Es decir, el creador de Arturo tal y como lo conocemos fue Geoffrey de Monmouth, que alrededor de 1130 escribió 'Historia Regum Britanniae', un texto que se tomaba muchas libertades con la fidelidad histórica. Y a partir de ahí, todo han sido desmanes, desde 'Un yanqui en la corte del Rey Arturo' de Twain a 'Los caballeros de la Mesa Cuadrada' de los Monty Python, de 'Merlín el Encantador' de Disney a esta versión de Ritchie.

Arturo extremo

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Criticar a 'Rey Arturo' por sus asumidísimas anacronías, o porque vista con la estética de un pimp moscovita, o porque la Edad Media que refleja sea poco creíble históricamente es absurdo, y Ritchie lo sabe. Por eso se permite ser modernísimo en la puesta en escena: desde persecuciones rodadas con una GoPro a rupturas del orden cronológico, mostrándonos a la vez un flashback y sus consecuencias (una técnica que ensaya desde hace tiempo en sus películas, pero que aquí está más presente que nunca).

Y por encima de todo, la visualización de las secuencias de combate. No debemos olvidar que Ritchie revolucionó cómo se rodaban las peleas cuerpo a cuerpo con una inventiva coreografiada nunca antes vista en 'Sherlock Holmes', que medio robaba ideas del cine de acción de serie B más tosco protagonizado por estrellas de la lucha extrema (real). Esta vez, Ritchie parece usar el mito artúrico como excusa para volver a revolucionar la visualización de la violencia.

Esta vez Ritchie gira la vista a la estética, el ritmo e incluso el punto de vista de los videojuegos de acción oscura tipo 'Dark Souls' y 'Bloodborne'. En algun momento coloca la cámara en la perspectiva de tercera persona propia de estos juegos. El combate final parece el de un final boss de estas franquicias. E invocando la atmósfera desoladora, oscura y pesimista de esos juegos, Ritchie distancia a su 'Rey Arturo' de las visiones familiares y joviales de anteriores décadas.

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'Rey Arturo' puede estar más desequilibrada que la película media de superhéroes, pero les gana en inventiva, atrevimiento y chulería.

Puede que el resultado de esa visualización de la violencia no sea tan impactante y radicalmente nueva como las peleas de 'Sherlock Holmes', pero cumple su función. Frente a la narrativa mastodóntica, sólida, efectiva pero algo adocenada de la inmensa mayoría de las películas de superhéroes mainstream en las que 'Rey Arturo' inequívocamente se mira, la película de Ritchie rebosa imágenes, secuencias, ideas de planificación desafiantemente nuevas. Y eso eso es un tesoro desgraciadamente poco habitual en el cine comercial de acción y aventuras de hoy.

Se puede acusar a Rey Arturo de muchas deficiencias, por supuesto: determinados personajes están desarrollados con pinzas, algunos quedan con las tramas abiertas (uno de ellos, el personaje más interesante, con su destino abierto por completo), todo ello derivado de la posible intención de Warner de continuar la historia en otras películas. Charlie Hunnam y Jude Law cumplen, pero no refulgen. Y hay que reconocer que algún deus ex machina, aunque espectacular, huele a precipitado.

Pero por cada escena resuelta de forma apresurada hay una idea febril o enloquecida de puesta en escena; y por cada personaje escrito a golpe de tópico, hay otro que, por la vía de la anacronía, el humor o la pose chulesca, es un alivio refrescante. Incluso hay secuencias tan violentamente fallidas, como la del aprendizaje de Arturo, que resultan estimulantes a su manera. En cualquier caso, no dan la impresión de medianía, desgana o transitoriedad a la que nos acostumbran los blockbusters demasiado a menudo.

'Rey Arturo' es una película contradictoria y gritona como una bronca en un pub en penumbra. Su variedad de registros y su pose desafiante es precisamente su mejor baza, y más en un verano tan gris como este. Y sobre todo, viene a recordar que da igual lo que digan las entregas fabricadas en serie de 'Transformers': aún hay espacio para la innovación y la sorpresa en el gargantuesco mundo de las superproducciones.

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