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'Sin City', soso e irregular cine negro

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“Reviso la lista. tubo de goma, gas, sierra, guantes, puños, alambre de espino, hacha, Gladys, y mis puños.”

- Marv (Mickey Rourke)

En los últimos años, las adaptaciones de cómics se han multiplicado exponencialmente, ya que las grandes majors de Hollywood han encontrado en ellas un filón muy rentable en el que invertir dinero y tiempo. Es decir, las más de las veces, por no decir siempre, se lleva a cabo una adaptación de cómic atendiendo, sobre todo, a su potencial comercial, lo que ya de por sí es indicio del nulo interés y de la moda pasajera que representan. Entre tantas adaptaciones, las hay incluso con membrete de prestigiosas, como en el caso de las que se han llevado a cabo de algunos trabajos del insigne Frank Miller, algo así como una vaca sagrada del tebeo norteamericano. Aunque no se puede decir que la experiencia de Miller en Hollywood hubiera sido positiva con anterioridad, y por eso esperó el momento propicio para que su querida ‘Sin City’ conociese su conversión fílmica. Eso sí, Robert Rodríguez, fan irredento del cómic, tuvo que convencer a Miller previamente con una prueba de lo que pretendía hacer, mostrándosela en una proyección, aunque probablemente lo que más le convenció es que le ofreció co-dirigirla.

‘Sin City (Ciudad del pecado)’ (‘Frank Miller’s Sin City’, 2005) nacía por tanto como un proyecto ambicioso y técnicamente complejo y hasta único, pues sería una de las primeras películas en emplear, de manera casi total, la pantalla verde para hacer realidad los escenarios imaginados por Miller en su “novela gráfica”, salvo algunos detalles puntuales en unos pocos interiores. Filmada íntegramente en los estudios TroubleMaker, propiedad de Rodríguez, el cinesta mexicano no se cansó de advertir que, más que una adaptación, se trataba de lograr una traslación fiel del cómic al cine. Quizá ahí residan, al mismo tiempo, los defectos y las virtudes de un filme tan irregular y tan deslavazado, pues en cierta forma acoge los defectos ya presentes en el sobrevalorado trabajo de Frank Miller, mientras que es incapaz de formalizar una trabajo plenamente cinematográfico. Eso sí, técnicamente (fotográfica, digital, visualmente), la película es una maravilla. Y también goza de algunos buenos momentos que otorgan al conjunto cierta calidad.

Antes que cualquier otra consideración, he de decir que filmar una película en la que la mayoría de los planos son una traducción dinámica de la viñeta, me parece una pérdida de tiempo. Y lo es por dos razones, a mi juicio. Es como si, salvando las distancias, le dieras a un arquitecto un edificio ya diseñado que él se limita a firmar y a supervisar para hacerlo realidad. Es decir, una de las partes más importantes del trabajo de un director, la planificación y la visualización, están dadas de antemano, como si el cómic fuera un simple story-board. Esto es desvirtuar el cómic y desvirtuar el cine. Rodríguez, que se encarga de labores de realización, montaje, sonido, música, supervisión de efectos especiales, operador de cámara y algunas cosas más, se preocupa, sobre todo, de hacer la traslación lo más fiel posible, lo más cercana al cómic posible, con Miller ejerciendo de supervisor y de que todo sea como a él le gusta, e incluso con Quentin Tarantino como director invitado, responsable de una secuencia de la película. Como resultado, no puede despreciarse el producto porque es lo que quiere ser: un homenaje/calco del trabajo de Miller, un capricho técnico, y una película de escasa entidad.

Tres historias cruzadas y una atmósfera

La historia de Marv (un irreconocible, o casi, Mickey Rourke), titulada ‘El duro adiós’, ya era la mejor de todas las historias de Sin City escritas y dibujadas por Miller, y desde luego es la mejor, la más potente e inolvidable, de la película. La segunda, ‘La gran masacre’, por el contrario, era justo la peor de toda la saga de Miller, y es sin duda la más floja, la peor contada, la más confusa y aburrida, y la que más dura (o al menos eso parece) de la película de Rodríguez. La tercera y última (si no contamos con el prólogo y el epílogo, correspondientes a ‘El cliente siempre tiene razón’), titulada ‘Ese cobarde bastardo’, está cortada por la mitad en la película, y ya era un título interesante en el trabajo de Miller, que Rodríguez se limita a filmar con un buen Bruce Willis/Hartigan. La idea era, claro, mezclar las tres historias, cruzarlas quizá al estilo ‘Pulp Fiction’ (id, Tarantino, 1994), pero todo queda bastante desvaído, desorbitado, aparatoso. Tras la primera historia, bastante conseguida, nos acostumbramos al estilo, a la singular narrativa de esta película, y termina por resultar reiterativa y hasta cansina.

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Filmando con la cámara digital de alta definición Sony HDC-950, inicialmente a color para luego pasarlo todo (o casi todo) al blanco y negro, se traslada lo que ya era un hiperbolizado, abstracto y un tanto simplista homenaje de Miller a los códigos de la literatura y el cine negros, en el que no podía faltar el blanco y negro, los tipos duros e invencibles con gran corazón, las chicas guapas en peligro o chicas peligrosas, los villanos despiadados, la corrupción en la más altas esferas del poder, la violencia salvaje. Y Rodríguez lo reproduce tal cual, con un blanco y negro y una iluminación un tanto repetitivas, pero que transmiten ciertamente una gran sordidez y una densidad conceptual que no se contagia, por desgracia, a unas historias demasiado trilladas, saturadas de una voz en off contínua de cada uno de los protagonistas. Una voz en off heredada, claro, del cómic de Miller, que carece a menudo de riqueza literaria y se instala demasiado en la retórica vacía o explicativa.

La podrida ciudad de Sin City, sus lóbregas esquinas candentes de miseria y podredumbre moral, es la verdadera protagonista. Por sus meandros de ciudad-metáfora de las urbes actuales, se agradece el gratificante bestialismo y la arrolladora presencia de un agreste Mickey Rourke en ‘El duro adiós’, así como la otoñal presencia de un buen Bruce Willis en ‘Ese cobarde bastardo’, segmento cuya historia de amor me parece extrañamente bella y melancólica. Es lo mejor de una película con una muy irregular (por decir algo) dirección de actores, que juega a crear atmósferas de sombras y luces, de nieve y de lluvia, de fastuosas persecuciones (totalmente falsas) de coches, de movimientos de cámara imposibles, resultando muy vistosa y muy espectacular, pero gélida, sin apenas secuencias memorables, y que avanza a trompicones, como tres capítulos de una serie unidos con alfileres. Rodríguez, como su compatriota Guillermo Del Toro, adolece de un grave problema de ritmo en sus películas. Al igual que el director de ‘El laberinto del fauno’ (id, 2006), es un profesional que conoce la técnica a la perfección, que sabe de fotografía, de luces, de montaje, de diseño, pero que no controla los aspectos más complejos de la dirección cinematográfica: la dirección de actores, el ritmo (interno) y el tono.

Tan estilizada es, tan hiperbolizada su violencia, tan truquera, que esta ofrenda a lo noir queda como un juego de niños, casi como un videojuego sin vida. Para entender mi punto de vista sobre colorear en algunos planos la sangre de rojo, creando cuadros muy vistosos y “muy chulos”, basta quizá leer lo que Jacques Rivette dejó por escrito en un magnífico ensayo (‘De la abyección’). Convertir la violencia, o el horror de la muerte, en algo estético o divertido, es precisamente, creo yo, lo contrario de lo que la gran tradición del cine negro ha pretendido mostrar siempre, ese cine negro al que aquí, y en la novela gráfica, se quiere rendir pleitesía. Rodríguez, simplemente, carece de la altura artística para formar parte de esa tradición. Si en ‘Abierto hasta el amanecer’ una violación y un asesinato atroz ocurrían en off y transtornaban incluso al protagonista de la historia, ¿por qué aquí se traiciona el blanco y negro en algunas palizas o desmembramientos?

Conclusión y secuencia favorita

Muy irregular, a ratos irritante película, que se salva de la quema por algunos momentos sorprendentemente inspirados y potentes, por algunos actores de gran talento y por su aspecto visual, que a ratos puede ser fascinante. Hubo muchas películas muy superiores a esta en el año 2005 (‘El nuevo mundo’, ‘Brokeback Mountain’, ‘Munich’, ‘Batman Begins’, ‘Una historia de violencia’, ‘El jardinero fiel’...) que quizá tuvieron menos éxito que la enésima adaptación de un cómic, que algunos consideran una película sublime pero, para quien esto suscribe, se queda en cine negro sin la menor fuerza y hasta aburrida en algunos tramos. ¿Mi secuencia favorita?: Marv dando de comer a Elijah Wood/Kevin al perro. A lo mejor es debido a mi manía hacia ese actor. Y la mejor adaptación de comics americanos seguirá siendo ‘Superman’ (‘Superman, The Movie’, Richard Donner, 1978).

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