Pocas películas de Steven Spielberg se recuerdan más polarizantes que 'El Día de la Revelación', que ha causado estragos, sobre todo en redes sociales: mientras que unos la adoran sin remilgos, otros la aborrecen y dicen que es de las peores cosas que ha hecho jamás el director. Y entre los argumentos esgrimidos por quienes la han aborrecido está el de los agujeros constantes de guion que supuestamente pueblan la película.
Lo cierto es que la mayoría de los errores de base de los que es acusada se resuelven en el propio guion (aunque sea un poco a trompicones), pero hay un agujero de guion en el que no he podido parar de pensar desde que salí de verla... y que se podría haber solucionado con una simple frase.
Ojo: Obviamente hay spoilers de 'El Día de la Revelación'. ¡Luego no digáis que no estáis advertidos!
Posesión post-sesión
Puedo pasar por alto la mayor parte de los momentos de la película que no se explican de manera explícita, incluyendo varios de su tramo final, porque al final Spielberg está más interesado en que nos lo pasemos bien que en dar explicaciones racionales a todo. Sin embargo, hay una subtrama que, para encontrarle sentido, nos obliga a dar varias vueltas de campana y suponer demasiadas cosas.
Es la escena en la que los soldados de Wardex atrapan a Daniel, convencidos de que tiene el aparato extraterrestre, pero Jane se ha marchado con él, escapando del motel por su cuenta y riesgo. En ese momento, Scanlon, el villano, se frustra, cuando la solución no solo está delante de sus manos, sino que la ha usado varias veces a lo largo de la película. Si su poder es el de "poseer" a la gente para descubrir dónde están y que hagan lo que él quiera, ¿por qué no hacerlo con Jane?
No es como si fuera algo nuevo, ¡ya lo ha hecho dos veces antes! ¿Qué le impide llevarlo a cabo esta vez? Aunque nunca se especifica, es posible que no pueda entrar en la mente de alguien en posesión del aparato en cuestión (ya pasa en otra escena anterior), pero aquí ya estamos elucubrando. En este caso, la solución sigue siendo sencilla: puede entrar también en la mente de la monja confesora de Jane para averiguar dónde está. Hay muchas opciones para encontrar el macguffin de turno usando los poderes que ya hemos visto que tiene. ¿Por qué decide no actuar al respecto hasta que Jane llega al plató y le da el aparato a Margaret?
En este caso, el agujero de guion pasa de ser algo de tiquismiquis a obligar a hacer malabares mentales para adivinar las reglas internas del propio Spielberg. Una sola frase que dijera "No puedo poseer a quien tiene el aparato" o "Maldita sea, mi límite son dos posesiones por persona" aclararían un poco la trama, pero, sin embargo, obliga a que rellenemos los huecos nosotros mismos hasta un punto algo absurdo y poco propio de un director de su alcurnia. Una decisión de otro planeta.
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