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'Somos los Miller', lo que hoy pasa por humor

'Somos los Miller', lo que hoy pasa por humor
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Lo dije en su momento en la entrada que dediqué a la que me sigue pareciendo la peor película que he tenido el disgusto de ver en lo que llevamos de 2013: si uno se plantea ver una comedia, lo mínimo que se le debe exigir, lo mínimo, es que haga reír cuanto más, mejor. Y lo sé, plantear dicha necesidad es una obviedad como un piano de cola, pero es que los últimos tiempos, y ciñendo la nacionalidad de origen a la estadounidense —no todo lo que del género se estrena a lo largo del año entra en las disquisiciones que planteo—, nos han ido dejando ejercicios que de forma sistemática han virado el humor hacia ciertas estructuras que, repetidas una y otra vez, no hacen más que demostrar su notoria incapacidad para provocar la risa o, mucho menos, la carcajada.

Huelga decir que 'Somos los Miller' ('We're the Millers', Rawson Marshall Thurber, 2013) abraza esta tónica como si no hubiera un mañana, cayendo una y otra vez en el abuso de las fórmulas que se han derivado del cine de Judd Apatow y que tanto daño han terminado haciendo a un género que no hace tanto tiempo era fuente constante de alegrías para el respetable —y mejor que no miremos a los clásicos, porque entonces la situación actual es para echarse a llorar.

Somos los Miller 1

De la misma manera que le ha pasado a tantas y tantas producciones recientes, 'Somos los Miller' parte de una premisa inicial cuanto menos curiosa, presentando en su primer acto a los cuatro individuos que, atados por la necesidad, tendrán que simular ser una modélica familia estadounidense para poder pasar la frontera mexicana en un RV cargado de droga. Ellos son David Clark, un traficante de drogas de medio pelo interpretado con más o menos carisma por Jason Sudeikis; Rose O'Reilly, una "stripper barata" a la que pone rostro y cuerpo una Jennifer Aniston que, gracias a Dios, no repite por enésima vez a la Rachel de 'Friends' (id, 1994-2004); Casey Mathis, una joven rebelde a la que Emma Roberts no aporta nada y Kenny Rossmore, un adolescente con las hormonas disparatadas que en la "perturbada" interpretación de Will Poulter —quien no haya visto 'Son of Rambow' (id, Garth Jennings, 2007) que enmiende tal carencia a la mayor brevedad posible—, supone lo mejor y más hilarante de la función.

Tanto es así que, al margen de lo que el guión pone en boca del joven intérprete, 'Somos los Miller' tiene muy poquito que ofrecer, y de ese poquito —como suele pasar de forma habitual— un 90% está en un trailer que si bien hace algo de gracia la primera vez, cuando te lo han puesto en el cine durante ocho o nueve semanas seguidas, pierde toda su efectividad, comprometiendo sobremanera lo que la cinta va a ofrecer durante sus interminables 110 minutos; una duración a todas luces excesiva que no se justifica de ninguna manera dado lo enclenque de la trama.

Somos los Miller 2

Con un primer acto que presenta a los personajes y que, más que comedia, parece un drama urbano, es en el tramo central donde la cinta busca denodadamente conseguir arrancar risotadas del respetable. Pero en lugar de plantearse que algo de inteligencia queda en el potencial público que va a acudir a ver la cinta, el guión firmado por Sean Anders, Steve Faber, Bob Fisher, John Morris —iluso de mi que iba esperando algo de los artífices de 'De boda en boda' ('Wedding Crashers', David Dobkin, 2005) o 'Jacuzzi al pasado' ('Hot Tub Time Machine', Steve Pink, 2010)— vuelve a caer en las mismas estupideces de siempre, esto es, humor soez, referencias sexuales y personajes tan irreales como poco funcionales.

Y si, llevados al extremo, esos mimbres eran los que llegaban a hacer insoportable 'Juerga hasta el fin' ('This is the End', Seth Roguen, Adam Goldberg, 2013), lo que aquí encontramos, por mucho que la cinta también esté calificada como R según el sistema estadounidense, es una versión descafeinada que se mueve incómoda en la frontera entre lo ofensivo e irreverente y lo políticamente correcto e inane. Con más de lo segundo que de lo primero, el agotador mensaje conservador metido con calzador —sin familia no eres nada, la familia es lo más importante, blah, blah, blah...— es lo que termina por arruinar una función poco agraciada que puede vanagloriarse, eso sí, de tener un par de secuencias que provocan carcajadas. Mejor eso que nada, ¿no?.

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