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'True Blood', segunda temporada: la mezcla más al límite

'True Blood', segunda temporada: la mezcla más al límite
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¿Está siendo decepcionante la segunda temporada de True Blood? Eso parece, a tenor de los comentarios y críticas que se leen en blogs. Tanto Albertini, en Zona Fandom, como Nahum, en Diamantes en Serie, o Marina en su McGuffin han mostrado más o menos su disconformidad con esta nueva etapa. La conclusión general es: ya es hora de que la serie deje de tener bajones o quizás de que nosotros dejemos de exigirle más de lo que ha demostrado.

¿Estoy de acuerdo? Sólo en parte: pienso, como Marina, que ‘True Blood’ está en el disparadero por venir de quien viene. Uno no puede ponerse los sellos de la HBO y de Alan Ball y conformarse con dar carnaza, ¿no? Pero creo que esta nueva temporada de la serie no es, ni mucho menos, un desastre y que incluso está mostrando mejor pulso o, mejor dicho, está dejando mucho más claras sus intenciones.

Uno de los atractivos de la serie, pero también uno de sus obstáculos, era saber exactamente qué quería contar Alan Ball con ella. ¿Qué era? ¿Un folletín romanticón con un poco de fantástico, como los libros en que se inspira? ¿Una serie asfixiante sobre el sur profundo (y sucio) de los EEUU? ¿Una serie sobre religión y sexo y cómo se relacionan en ambientes extremos? ¿Un thriller fantástico? ‘True Blood’ no dejaba claro nada y a algunos eso nos parecía bien (con matices) y a otros mal (con matices también). Luego, por supuesto, estaba la postura del que la dejó a los pocos capítulos, que también es comprensible por lo arriesgado de la apuesta de Alan Ball.

Ahora parece claro, a tenor de lo visto en los tres primeros episodios, que ‘True Blood’ es “sólo” un melodrama fantástico (y camp, para más inri). O sea, que Ball está repitiendo la jugada, pero dentro de una historia de género. Y digo repetir la jugada porque ‘A dos metros bajo tierra’ era justamente un melodrama, pero vestido de cine “indie”.

Como allí, en ‘True Blood’ no pasa nada, aunque a veces se dan estirones y la trama parece revolucionarse: luego vuelve la calma. Como allí, en ‘True Blood’ hay momentos donde se mezclan, sin solución de continuidad, lo magnífico y lo ridículo. Como allí, el ambiente en este sur lleno de vampiros tiene una importancia fundamental no sólo para el desarrollo de la serie, sino para como la ve el espectador, incluso para la verosimilitud de la historia. Y, como en ‘A dos metros bajo tierra’, hay unas ráfagas de humor subterráneo que valen por cualquier chiste en primer plano.

¿Cuál es el problema de ‘True Blood’? Pues simplemente que al querer ser ser “de género” y con raíces de serie B, necesita rizar el rizo para mantenerse allí, en lo fantástico, aún a riesgo de que la mezcla no funcione. Por eso, de vez en cuando, el ritmo lentorro que construye la serie se va al carajo con un poco de gore, unos cuantos monstruos, algo de sexo “S” (que no “X”) y un tanto de maniqueísmo. Y eso contribuye a que a veces parezca una peli de Antena 3 del sábado por la tarde, pero con monstruos. Pero no lo es, no lo es.

En ¡Vaya Tele! | True Blood

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