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'El curioso caso de Benjamin Button', un nuevo Fincher

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Si un director de talento quiere averiguar donde están sus límites, el único camino para ello es forzar sus límites, olvidar gran parte (o casi todo) de lo aprendido, y embarcarse en territorios nuevos que ensanchen su mirada y su universo. Y lo más probable es que esos viajes más allá de las propias fronteras creativas no conozcan una reescritura y que sólo el tiempo los sitúe en su justo lugar.

Así ocurre con la extraña, errabunda, sorprendente a ratos, notable muchos de ellos, atravesada de una profundísima melancolía y dignidad, ‘El curioso caso de Benjamín Button’, séptima realización del cineasta David Fincher, quien habiendo alcanzado la abstracción absoluta de su estilo (aunque de manera sutilísima) en la fascinante ‘Zodiac’, abandona las turbiedades sórdidas y las aventuras criminales de su fecunda imaginería urbana, y se propone, en su trabajo más existencialista, hablarnos del tema de la muerte.

Porque la muerte es, mucho más que la cuestión del tiempo, la verdadera protagonista, la compañera invisible de los personajes, a lo largo de todo el metraje. Y por primera vez no se cierne sobre los personajes de Fincher como una amenaza de crueldad, locura, sufrimiento y dolor, sino como parte lógica y poética de unos acontecimientos tan plausibles como incrustados dentro de la mejor tradición de la más guiñolesca representación del realismo mágico, ese subgénero tan difícil de lograr por el tono resbaladizo que lo impregna.

Un tono en el que Fincher se mueve con inusitada facilidad, pero del que saca mayor provecho siempre que se zambulle en los meandros, conmovedores pero contenidos, de la relación de Button (contenido, sereno Pitt) con la bailarina Daisy (una bellísima, inasible en su elegancia hipnotizadora, Cate Blanchett), pues ahí se encuentra el corazón, la verdad de esta película, y los intérpretes que les encarnan dan lo mejor de sí mismos y se encuentran por fin con su plenitud recíproca cuando ambos comparten la pantalla.

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Más allá de esta compleja, paradójica relación de pareja en la que se cruza, como un espejo temporal deformante, la edad de dos amantes a los que se les escurre el tiempo entre los dedos, no existe una sinfonía en los caracteres ni en la representación, sino tan solo una melodía engarzada con elegancia y precisión, pero que es sólo cáscara, piel, imagen sin profundidad emocional, un mosaico de escenografías que piden a gritos una mayor densidad y algo menos de una autocomplacencia en la representación que termina evidenciando la disparidad entre la sobria y prácticamente magistral escritura audiovisual del director Fincher, frente a la habilidosa, a ratos ingeniosa, pero también algo facilona escritura textual del guionista Eric Roth (que, pese a todo, puede firmar aquí su trabajo más completo, junto con el ‘Munich’ de Spielberg).

Dice el cineasta: “La particularidad de este film es que Benjamín es un personaje sin Backstory. Nadie habla de él antes de que aparezca en la pantalla. Todo lo que sabes de él, lo conoces estando con él, cuando las cosas ocurren. Es algo interesante desde el punto de vista de la interpretación del actor. Brad decía a menudo: ¿qué se sabe de Benjamín a excepción de lo que ocurre en la pantalla? Nada.” Y así es. Más que un personaje, Benjamin es una expresión abstracta de los temas de los que quiere hablar Fincher con pasión pero sobriedad extrema.

Benjamin es, al mismo tiempo, significado y significante, protagonista y observador pasivo, metáfora y parábola, contenido y continente, razón de ser y excusa narrativa, consciente de su paradójica existencia (como el Jack de Coppola, pero aún más trágico), y confrontado a un destino al mismo tiempo privilegiado y nefasto, arbitrario y previsto de antemano, misterioso pero revelador. En ese sentido, tiene poco que ver con los habituales personajes avasallados por las circunstancias que pueblan la tenebrosa filmografía de un director que hasta ahora parecía sentirse más cómodo en la truculencia que en el sosiego.

La presencia, sin duda importante, de los habituales productores y socios de Steven Spielberg, Kathleen Kennedy y Frank Marshall, revolotea, sospechosa, sobre algunas de las salidas de tono, y sobre el carácter ‘mainstream’ de esta fábula que han querido vendernos, en parte, como otro gran relato norteamericano, cuando se trata de una arriesgada y fascinante película de autor, con todas sus consecuencias. Fincher no parece dispuesto a regresar a los cauces que han conformado su carrera hasta ahora.

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Postdata ineludible: después de las noticias de las desavenencias de Fincher con sus productores, todo parece haber quedado en nada, y más aún en plena campaña por los premios de la academia de cine estadounidense. No se aprecia, en el delicado y difícil equilibrio de la película, una mutilación o reordenación malintencionada del material. ¿Saldremos de dudas en su edición en Dvd?

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