Ya no es sólo el hecho de que el cine tenga más de 100 años de historia lo que contribuya a que muchas de las historias que se cuentan acaben siendo la misma, sino que el arte de la narración lleva extendiéndose milenios y muchas estructuras y clichés se repiten porque han mostrado su infalibilidad. De ahí que el cine acabe siendo más interesante siempre en el cómo aborda lo que cuenta que en el qué, mostrando a través de decisiones concretas y punto de vista cómo puede dar más interés a lo que se cuenta.
Estos últimos meses nos han dado un ejemplo ilustrativo de cómo dos aproximaciones distintas a lo que podríamos considerar un mismo tipo de película arrojan resultados diferentes, si bien se puede argumentar que se está elaborando el mismo punto. La separación de los hermanos Safdie, que tiene potencial de dejar consecuencias tan estremecedoras como el divorcio de los Coen, parecía la oportunidad para explorar inquietudes distintas. Pero, al final, han querido hablar de lo mismo como si siguieran trabajando juntos.
Siendo justos, tanto ‘Marty Supreme’ como ‘The Smashing Machine’ intentan ser una evolución de su cine previo, marcado por una mezcla de historias callejeras con indie americano, cinema verité y parte de Hollywood clásico. Aquí ambos hermanos han querido explorar personajes muy clásicos en su filmografía desde un formato de film deportivo muy espectacular, que trastocan de diferentes maneras. Sus espirales descendentes habituales, eso sí, son subvertidas en fascinantes búsquedas de propósito vital.
Deportistas dándose de bruces con la realidad
A partir de aquí spoilers tanto de ‘Marty Supreme’ como de ‘The Smashing Machine’
Las similitudes de ambas películas resaltaban, desde el género hasta el hecho de estar protagonizadas por dos estrellas bien dispares aunque igualmente motivadas por tener impacto en una carrera al Oscar actoral (sólo uno lo ha conseguido). Han contado con colaboradores similares que les han permitido mantener un estilo visual y sonoro reconocible, y en ambos casos vemos cómo los protagonistas persiguen en el deporte la manera de escapar de su realidad devastadora.
En qué se diferencian explica la dispar recepción de ambas películas, por mucho que Benny Safdie tuviese un brevísimo momento de gloria ganando mejor dirección en Venecia. ‘The Smashing Machine’ nos presenta a un Dwayne Johnson moderadamente caracterizado con maquillaje para interpretar a un personaje basado en una persona real (de la que además hay un documental de la cuál Benny sacó mucha inspiración). Un pionero de la lucha libre cuando esta apenas tenía repercusión mundial más allá de shows multitudinarios en sitios como Japón (otra fascinante conexión con ‘Marty Supreme’).
Su lucha no está sólo en el ring o en intentar llevar al deporte a una nueva cota de popularidad, sino también está en una tendencia a la autodestrucción reflejada en una relación tóxica y, sobre todo, una fuerte adicción a las drogas. Benny Safdie aplica una mirada empática a lo que retrata como un gigante amable, no como una bola de demolición, tirando también del drama humano complejo de clásicos como ‘Fat City, Ciudad dorada’. En el proceso, acaba siendo un tanto academicista en su factura, a pesar de la estética aparentemente subversiva, y excesivamente devota a su protagonista y su redención, que termina esparciendo cierta misoginia en cómo decide retratar la relación sentimental.
Josh Safdie consigue eludir todo eso al no tener que atarse puramente a la realidad (en cierto punto hasta tanteó darse por completo a la fantasía), aunque tome claras inspiraciones para ir diseñando su relato. Uno donde el personaje que interpreta Timothée Chalamet es presa de la mentalidad del sueño americano, sacrificando todo por un supuesto estrellato y por la convicción de que sus esfuerzos conseguirán doblegar al sistema. Por supuesto, resulta más hilarante dadas las inmensas ambiciones que ve para un deporte minoritario.
‘Marty Supreme’ mantiene el pulso de la calle, el ritmo ansioso y el caótico sentido del humor de las anteriores películas de los hermanos, claves en parte de su éxito. Aunque Josh, como su hermano, evita caer en el fatalismo al que tendían sus anteriores viajes obsesivos a la decadencia, tratando de remarcar con constantes fracasos como su protagonista no estaba considerando correctamente sus prioridades y pensando que estaba protagonizando una épica película deportiva más de Hollywood (aunque una que se estableció décadas después del contexto en el que se mueve).
El propósito vital de Marty parece ligado con el triunfo en la disciplina porque es lo que se nos ha acostumbrado a esperar de estas películas, igual que podríamos esperarlo de algo como ‘The Smashing Machine’. Josh emplea los recursos de muchas películas ochenteras (incluyendo una secuencia de créditos que parece salida de ‘Mira quien habla’) para romperlas desde dentro, estableciendo la paternidad como un destino más real e incluso deseable para su protagonista.
En el fondo, tanto ‘Marty Supreme’ como ‘The Smashing Machine’ intentan buscar la redención allí donde las anteriores obras de los Safdie no podían evitar dejarse llevar por el abismo. Sus tonos y sus protagonistas son bastante distintos, pero ambos tiene que adaptarse a una nueva realidad. Pero la cercanía que aplica uno, y por tanto una accidental miopía que hace caer más flagrantemente en un ejercicio de vanidad, es distinta de la encomiable visión de conjunto que aplica el otro y le permite elaborar ideas más grandes y relevantes. Y posiblemente atemporales.
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