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La importancia de llamarse Cathy Jamison

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(al perro de la vecina) ¿Quieres ver mis tetas? A nadie más parecen importarles…

Si quieres una serie que durante un minuto te haga reír a carcajadas y un momento después te lleve al más profundo dramatismo, ‘The Big C‘ es para ti; y si te apetece disfrutar con la responsable de este juego emocional que se trae la serie, Laura Linney y su alter Cathy Jamison son las definitivas. Una mujer enferma de cáncer y unas ganas enormes de vivir la vida sin sufrir por culpa del tratamiento son la premisa de ‘The Big C‘; y a partir de ahí, toca disfrutar con los altibajos de su personaje principal.

Cathy Jamison es un personaje algo atípico. Cualquiera en su situación, con un melanoma en estado avanzado, intentería por todos los medios someterse a tratamiento con quimio para parar cuanto antes la enfermedad, pero ella no. Ama demasiado su larga cabellera rubia, y teniendo en cuenta el pronóstico de supervivencia, decide rechazar la medicación para dedicarse en cuerpo y alma a disfrutar de la vida, en el amplio sentido de la palabra. No es que admire su decisión, pero desde luego hay que tener un par de ovarios muy bien puestos para arriesgarse de esta forma.

Cathy es profesora de instituto, separada (aunque sólo “de palabra”), con un hijo adolescente, y durante toda su vida se ha dedicado a contentar a todos los que le rodean. No come cebolla porque a su marido Paul no le gusta el olor y rechazó comprar una casa con piscina para que Paul pudiera estar más cerca de su trabajo. Pero en cuanto se entera de su condición, decide hacer cambios en su vida, comenzando por poner a su marido de patitas en la calle tras encontrárselo en casa borracho junto a otros quince amigos, jugando a videojuegos y orinando en el jardín. La chica ha aguantado bastante, eso no se le puede negar.

Resulta difícil no tratarte como a un niño si cada vez que te hago un sandwich me pides que le quite la corteza

Y lo que hasta entonces había sido una vida recatada, se convierte de repente en un despiporre. Desde construirse una piscina en el jardín hasta hacerse las ingles y depilarse por completo todo lo que viene siendo la parte inferior íntima de su anatomía. Y claro, para una vez que se lo rasura, no lo va a disfrutar ella sola; nada mejor que abrir las piernas de forma disimulada en plena clase para que sólo el encargado de mantenimiento del instituto pueda disfrutar de su reciente “encargo”. Y cómo no, la cosa se empieza a calentar.

Un besito por aquí, una caricia por allá, y antes de que te des cuenta acabas en el hueco de la piscina completamente desnuda y entregándote por completo al objeto de tus fantasías. Un plan perfecto, super romántico, atrevido y maravilloso, que sólo se puede truncar si alguien te pilla. Hombre, no pasaría nada si te ve algún vecino por la ventana o te graba algún mirón, pero cuando es tu ex-marido el que te pilla en plena faena resulta, cuanto menos, incómodo.

Pero Cathy esconde un as bajo la manga para justificar su actitud: el cáncer. Es curioso, le sueltas a alguien que tienes cáncer y de repente todos tus pecados se olvidan (caso de Paul) y todos los que te odian se vuelven a tu favor (caso de la vecina Marlene); pero por encima de todo, aquellos que te aprecian acaban completamente destrozados. No quiero ni recordar la escena entre Cathy y su hermano junto al lago en que ella le confiesa su enfermedad, teniendo que camuflarlo como una broma minutos después viendo cómo la noticia hunde los sentimientos de su hermano. Absolutamente desgarrador.

Pero a pesar de sus reticencias, queda claro que Cathy no quiere morir. Quizá da esa impresión al no querer tratarse, pero morir a corto plazo es algo que no tiene asimilado por completo. Casi muere de tristeza cuando no pudo ser incluída en un tratamiento experimental para el melanoma avanzado, y por consejo de su marido, no vaciló en usar enemas de café (que te pone como una moto, pero que debe escocer un poco) y arriesgarse con la terapia de picadura de abeja. Al fin y al cabo, casi nadie quiere morir, y situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas.

‘The Big C’ es una comedia con tintes dramáticos, y no hay duda de que la responsable mayor de que la serie se haga más grande con cada capítulo que pasa es Cathy (con permiso de Andrea, interpretada por la gran Gabourey Sidibe). Hay mucha gente a la que no le gusta el personaje, y lo respeto; sus altibajos pueden llegar a ser exasperantes, y no es fácil lidiar con una mujer que se debate entre la manía y la depresión. Pero precisamente eso es lo que la hace adorable, y al menos yo pienso seguirla hasta la tumba, aunque para llegar hasta ese momento todavía tienen que pasar muchas cosas.

En ¡Vaya Tele! | La importancia de llamarse Brick Heck

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