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Sam Peckinpah: 'Convoy'

Sam Peckinpah: 'Convoy'
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El pato de la fotografía es uno de los elementos característicos de ‘Convoy’ (id, 1978), utilizado años más tarde por ese tipo de apellido Tarantino en la penosa ‘Death Proof’ (id, 2007), película que en cierto modo recuerda al presente trabajo de un Peckinpah en horas bajas. Un homenaje de un cinéfilo compulsivo hacia uno de los grandes narradores del cine y curiosamente hacia una de sus películas menos ricas, debido al total desinterés en la postproducción por parte de un cineasta cansado ya de muchas cosas, considerablemente afectado por el alcohol y la cocaína, pero proclamando a los cuatro vientos su amor incondicional por el trabajo que mejor sabía hacer: dirigir películas. ‘Convoy’ es la demostración palpable de que el máximo responsable de una película es su director, el único que hará que una película sea buena o mala. Él y nadie más.

Con ‘La cruz de hierro’ (‘Cross of Iron, 1977) en fase de montaje, Peckinpah ya andaba buscando otro proyecto en el que meterse de lleno. Al director de ‘Grupo salvaje’ no le gustaba andar perdiendo el tiempo, y tal vez por su broncas con los productores en la larga fase del montaje de un film, prefería encontrar otra película con la que satisfacer su hambre de cine. Le hicieron llegar un guión de Bill L. Norton que se inspiró en una canción de Bill Fries, acreditado aquí como C.W. McCall, que se titula precisamente ‘Convoy’. Sí, Sam Peckinpah dirigiendo una película basada en una canción sobre camioneros. Delirante, ¿no?

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Con ‘Los aristócratas del crimen’ Peckinpah había iniciado una nueva etapa en su carrera, la de la exageración bien entendida en algunos casos como el que nos ocupa. El guión de ‘Convoy’ es una de las más grandes idioteces que se hayan visto en una película decente, de una simpleza pasmosa e indigna de director que ha firmado obras tan bellas como ‘Duelo en la alta sierra’ (‘Ride the High Country’, 1961) o ‘La balada de Cable Hogue’ (‘The Ballad of Cable Hogue, 1970). Martin Penwald es un camionero apodado Pato de goma, a quien un sheriff se la tiene jurada. Tras una provocación por parte de éste hacia uno de los amigos de Martin, se meten en una pelea en un bar con el sheriff, a partir de lo cual se desencadena toda una orgía de violencia. Una gran persecución por parte de la policía a los camioneros que se unen a la ¿causa? de pato de goma. No hay más y lo ciertos es que ¿qué nos podíamos esperar al tratarse de la adaptación de una canción?

Peckinpah era muy consciente de que el material era muy pobre, y aún así quedó maravillado por las posibilidades que ofrecía el relato. Su intención era hacer un western moderno —algo que puede considerarse así—, una especie de ‘Grupo salvaje’ con un grupo de camioneros enfrentándose a un mortal destino. Y algo de eso hay en la película, la cual contiene grandes e intensos momentos en los que sí vemos la mano de Peckinpah. Toda la película está planteada como si de una canción se tratase, con estribillo y todo. Incluso hay un instante que retrata a la caravana de camiones por la noche en el que oímos un diálogo entre Ali MacGraw y Kris Kristofferson, que apoyado en la guitarra de Chip Davis semeja una canción debido a la cadencia de las palabras. Ni que decir tiene que esto se pierde con el doblaje. Es un momento de una belleza arrebatadora, que comparte su espacio con otros mucho más pueriles —la pelea en el bar, curiosamente el detonante de todo—, y otros en los que Peckinpah hace gala de esa comentada exageración convirtiendo algo vacío en un completo despiporre y un entretenimiento de primera.

Peckinaph contó con viejos amigos para la película: Kris Kristofferson, que ya había participado con él en dos grandes películas, Ali MacGraw, que lo había hecho en una, Ernest Borgnine y Burt Young, ídem de lo mismo. Existe una anécdota con respecto a Kristofferson; el actor estaba en una etapa de su vida en la que había dejado todos los excesos con el alcohol, por lo que Peckipnah se encontró con alguien totalmente diferente de quien había conocido. Cuenta la leyenda —siempre preferible a la realidad— que el actor hizo prometer al director que no bebería durante el rodaje y que éste aceptó por amistad. Lo que sí es cierto es que Peckinpah, convencido de que la película iba a ser una mierda, quiso abandonar el rodaje a las dos semanas de comenzar; los productores —los grandes enemigos de Peckinpah— no se negaron y fue entonces cuando Kristofferson amenazó con dejarlo en caso de que el director también se fuese.

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Con Ali MacGraw el director discutía siempre entre escena y escena ya que las dotes interpretativas de la ex top model no eran precisamente las que un film de Peckinpah requiere. Mucho del trabajo de actores se los dejó a ellos mismos, improvisando sobre sus propios personajes, filmando horas y horas de película para poder sacar algo en limpio. Así sucede en las secuencias entre MacGraw y Kristofferson dentro de la cabina del camión en la que los ángulos para la cámara son limitados. El director dejó que los actores hablasen y hablasen hasta dar con algo que merecía la pena. Ésa fue mayormente la técnica utilizada en el campo interpretativo, pues no se sabe si por vagancia, porque todo le importaba un pimiento, o porque realmente sabía lo que hacía, Peckinpah confió de pleno en gente conocida. En sus amigos. Tras las cámaras estaba con él otro viejo amigo realizando la tarea de director de segunda unidad: James Coburn, quien quería conseguir el carnet de director y le pidió ayuda a Peckinpah. las malas lenguas dicen que Coburn también dirigió más secuencias que las de acción cuando Peckinpah desaparecía misteriosamente.

El director, tras pasarse en días de rodaje y doblar el presupuesto inicial de 6 millones de dólares, tuvo listo un montaje de tres horas y media de duración, algo impensable para una película de estas características —lo que hubiera dado yo por verlo—, así que lo productores despidieron a Peckinpah y realizaron el montaje que todos conocemos, algo que no le importó lo más mínimo al director y que por primera vez en su carrera no opuso resistencia. El cansancio hacía ya mella en él, sus excesos no tardarían en pasarle factura y tendría algunos problemas para volver a dirigir. Irónicamente ‘Convoy’ fue el éxito más grande en la carrera del director. Merecido o no, y reconociendo sus limitaciones, yo me lo paso en grande con un film totalmente desvergonzado y libre de prejuicios, dándole la vuelta a su discurso sobre la amistad, los personajes de Kristofferson y Borgnine tienen una progresión similar al de James Coburn y Maximillian Schell en ‘La cruz de hierro’, comienzan odiándose y terminan entendiéndose y respetándose. Aquí con mucho más sentido del humor.

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