'28 años después: El templo de los huesos' es una majadería exquisita. Nia DaCosta lleva la saga un paso más lejos en una secuela para enmarcar

'28 años después: El templo de los huesos' es una majadería exquisita. Nia DaCosta lleva la saga un paso más lejos en una secuela para enmarcar

Jack O'Connell y Ralph Fiennes brillan en una continuación que se niega a hacer prisioneros

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Víctor López G.

Editor

Haciendo un repaso al interesantísimo curso cinematográfico 2025 que finalizó hace ya un par de semanas, podemos llegar a una clara conclusión: el año pasado fue el del terror. Los ejemplos que ilustran esto tienen un nexo común tan importante como la libertad creativa más absoluta, pero por encima de la excelente 'Los pecadores' y de esa rareza titulada 'Weapons', destaca uno por encima de todos: la brillante y jaranera '28 años después'.

Acostumbrados a un Hollywood que aborda sus propiedades intelectuales con un pánico atroz al riesgo, presenciar el órdago de Danny Boyle y Álex Garland fue tan anómalo como digno de celebración. Por ello, conocer que el director británico cedería su testigo en 'El templo de los huesos' a Nia DaCosta hizo que muchos temiésemos una aproximación descafeinada y mucho más convencional a su peculiar universo.

Nada más lejos de la realidad porque, con Boyle fuera de la ecuación, Garland y DaCosta han demostrado que las segundas partes no solo pueden ser buenas, sino que pueden arriesgar aún más con un largometraje que, al igual que su predecesor, está destinado a polarizar. Una nueva excepción a la norma fascinante, grotesca y lúcida que alimenta la esperanza dentro de una industria generalmente encorsetada.

Cuestión de extremos

El éxito de '28 años después: El templo de los huesos' es una cuestión de estructura. Su narrativa opta por un punto de vista múltiple con dos historias en paralelo condenadas a encontrarse, que chocan —y de qué manera— en tono y esencia y que, eso sí, comparten un nexo común: en ambas —en una más que en otra, pero no por los motivos evidentes—, los infectados y la supervivencia son factores que quedan en un segundo término.

Y es que, entre '28 años después' y 'El templo de los huesos' hay un cambio drástico. Mientras que la original no descuidaba a sus personajes, pero sí dejaba más espacio para la acción, aquí esta queda relegada para convertir a Jimmy y al Dr. Kelson —inmensos Jack O'Connell y Ralph Fiennes— y al contraste entre ambos en los dos núcleos dramáticos. El mal y la empatía encarnados en un mundo devastado y cuyos cimientos se tambalean constantemente.

Esta dualidad se ve representada por igual en el choque entre las escenas con alma de feel good movie —sigo sin dar crédito y sin perder la sonrisa ante el encantador disparate que ha pasado frente a mis ojos— y los pasajes más crudos, desagradables y violentos, que se suceden continuamente y sin previo aviso, dando forma a un cóctel emocional que, salvo en contadas excepciones, no dejará indiferente.

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Esto último apunta a que, por mucho que cueste creerlo, 'El templo de los huesos' es más desquiciada aún que la anterior '28 años después'. No obstante, hace gala de no de una mayor contención, pero sí de un cariz más tradicional en lo visual que deja atrás la suciedad y la voluntad de experimentación de Danny Boyle y su DP Anthony Dod Mantle sin renunciar al espectáculo gracias a la excelente mano de Sean Bobbit, director de fotografía de cabecera de Steve McQueen.

'28 años después: El templo de los huesos' va a volver a poner patas arriba los patios de butacas y a frustrar a todos aquellos que no aprendieron la lección y sigan esperando "otra de zombies made in Hollywood". Nia DaCosta y Alex Garland se niegan a hacer prisioneros y a contar una historia sobre un concepto tan trillado como las naturalezas del bien y el mal de un modo que me tiene salivando por comprobar hasta dónde se atreven a llegar en cierre de la trilogía. 

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