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Ángeles y demonios y paracaidistas

Ángeles y demonios y paracaidistas
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El pasado viernes, 15 de mayo, llegó a nuestras pantallas ‘Ángeles y demonios’, la adaptación cinematográfica de la famosa novela de Dan Brown publicada en el año 2000. El director Ron Howard y la estrella Tom Hanks repiten detrás y delante de las cámaras tras el éxito de ‘El código Da Vinci’, para traernos la nueva e increíble aventura del profesor Robert Langdon, aunque en el libro los hechos transcurren antes de que éste investigue el caso de La Gioconda (por cierto, una de las mayores decepciones que me llevé cuando visité el museo del Louvre).

Servidor fue uno de los cayó en la trampa publicitaria del código de Brown. Me lo recomendaron y estaba en todas partes, así que me hice con el producto y lo leí. O quizá debo decir que lo sufrí. Por otro lado, siempre estaré agradecido por todas esas noches que pude dormir rápida y plácidamente. Luego vi la película, esperándome lo peor, y me llevé una grata sorpresa. No voy a elevarla a los altares, ni siquiera a defenderla, pero creo que como producto palomitero, como entretenimiento ligero e inocuo, cumplía su cometido. Vamos, que el tiempo que estuve en el cine pasó volando, y al poco de salir ya ni me acordaba de lo que había visto, pero tenía la sensación de haber pasado un buen rato. Esperaba que ‘Ángeles y demonios’ fuera más de lo mismo, pero no que fuera peor.

La película nos sitúa en un presente alternativo en el que el Papa ha muerto y en el Vaticano se preparan para elegir a su nuevo líder espiritual. Mientras tanto, muy lejos de allí, en un laboratorio secreto se realizan experimentos para crear antimateria; cuando por fin tienen éxito, alguien entra ilegalmente, asesina a uno de los científicos y roba uno de los frascos. He aquí la primera gran secuencia inverosímil y ridícula de ‘Ángeles y demonios’. Aparte de que Howard se dedica a marearnos durante demasiado rato mostrando monitores, gráficos y rostros inexpresivos, uno no puede evitar sentir vergüenza ajena ante el tratamiento que se hace sobre esta investigación. Casi se espera que, de un momento a otro, se produzca una explosión y aparezca un gigante verde o un chaval lanzando telarañas.

Pero sigamos. Evidentemente, hay una relación entre lo que sucede en el Vaticano y el robo en el laboratorio. La Iglesia recurre pronto al famoso profesor y experto en simbología religiosa Robert Langdon. Robert, le dicen, eres nuestra única esperanza. Al parecer, una antigua secta, los Illuminati, ha preparado una complicada venganza, ahora que todo el mundo está pendiente de la elección del nuevo Papa. Dicen haber secuestrado a cuatro cardenales y que los matarán uno a uno, para causar el máximo revuelo público. La guinda será usar la antimateria robada para destruir el Vaticano.

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Tras pensarlo durante el tiempo que se tarda en levantar una ceja, Robert acepta ayudarles. Al fin y al cabo, estaba aburrido, nadando en la piscina, sin nada que hacer, ya que para terminar su nuevo libro necesitaba, casualmente, ciertos documentos de la biblioteca privada del Vaticano, a los cuales no le dejaban acceder. Gracias a este nuevo trabajillo de action-man intelectual, el hombre podrá resolver sus dudas y, de paso, refrescar su ingenio para resolver enigmas ocultos. Lo de menos es que no le paguen un duro por la misión, que incorpora peligro de muerte a cada minuto. Una vez en Roma, recibe más información y descubre que cuenta con aliados (suerte, una cuenta con la elegante figura de Ayelet Zurer) y que hay gente que sólo está ahí para obstaculizar su trabajo (en especial, Stellan Skarsgard, en un papel que podría interpretar un gorila, debidamente vestido).

Igualmente, Robert conoce a un importante miembros de la Iglesia, el camarlengo Patrick McKenna, al que interpreta un cada vez más irreconocible Ewan McGregor; físicamente se le reconoce, claro está, pero como actor uno se pregunta en qué pensaba el escocés. Me parece lamentable que este actor, de tanto talento, a veces parezca estar más preocupado por acumular dinero, como una hormiga ante la llegada inminente del invierno, que por la dificultad o la entidad de los personajes con cuya piel se viste. También es verdad que protagoniza lo que a mí me parece lo mejor de toda la película, esa parte final que sorprende por lo fantástico y delirante de los acontecimientos (el cielo en llamas es espectacular y lo del paracaídas es antológico), pero no es menos cierto que el señor Armin Mueller-Stahl tiene mucha menos presencia y a nadie se le ocurre pensar, en ningún momento, que el actor no está en su sitio o que suelta una frase que no encaja.

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A partir de la llegada a Roma, la película se convierte en una apresurada y caótica carrera por diferentes localizaciones, algunas reales, otras no (pero lo parecen, y es para aplaudir), que se vuelve de lo más repetitiva y aburrida. Ron Howard ofrece su peor versión, no logrando imprimir emoción o suspense alguno, limitándose a meter a los protagonistas en coches y subir el volumen de la música para animar al público y darles algo de acción, cuando en realidad no son más que cortos planos de maniobras automovilísticas y rápidos vistazos a los rostros de los implicados en la escena en concreto, que tratan de aparentar sorpresa e impacto cada vez que llegan al lugar donde muere (o debe morir) uno de los cardenales secuestrados. Curiosamente, siempre llegan un par de minutos antes de la hora límite, menuda puntería.

Además de todo eso, que la película sea tan esquemática, que los personajes sean tan vacíos, que muchos giros te los veas venir (incluyendo quién es el traidor), y que haya tantos diálogos que dan risa cuando no deberían, me parece que se pierde la poca salsa que tenía la del código, todo esa trama llena de misterios y explicaciones fantasiosas, todo eso de ir uniendo pistas y avanzar poco a poco hasta llegar a una conclusión más descabellada que la anterior. Aquí se trata más bien de correr y llegar antes que el asesino, que por cierto, menuda tarea la que lleva a cabo el hombre, cuidado al máximo todos los detalles. Como dije al respecto de otro de los peores blockbusters de lo que llevamos de 2009, ‘X-Men orígenes: Lobezno’, ésta es de las típicas películas que sales del cine y no puedes parar de destriparla, comentando lo absurdo del guión (firmado por Akiva Goldsman y David Koepp, ojo).

En definitiva, lo mejor de esta producción es la cuidadísima dirección artística, la banda sonora de Hans Zimmer, que es más de lo mismo pero, hay que reconocerlo, es muy efectiva, y el primer tráiler que sacaron, que me parece intrigante y espectacular, justo lo que debería que ser un avance de una película de este tipo (aunque sea un poco tramposo, es verdad). Os lo dejo abajo, para que no se diga que sólo me quedo con lo malo.

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Otra crítica en Blogdecine:

‘Ángeles y demonios’, mejorando lo presente

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