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'Bailando con lobos', la anhelada épica del western

'Bailando con lobos', la anhelada épica del western
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Cuando hace algunas semanas comenté mis impresiones acerca de ‘El último samurái’ (‘The Last Samurai’, Edward Zwick, 2003), algunos lectores pidieron inmediatamente que dejara también por escrito lo que pienso de una película que, en muchos sentidos, la anticipa y la prologa, por no decir que el filme de Cruise es casi como un remake de ‘Bailando con lobos’ (‘Dances With Wolves’, Kevin Costner, 1990). Diecisiete años después de la muerte de John Ford, veintitrés desde la de Anthony Mann, trece de la de Howard Hawks, diez de la de Raoul Walsh, ...para muchos el western, el género americano por excelencia, había quedado muerto y enterrado. Para otros, simplemente, se había metamorfoseado en las formas más modernas y violentas del cine negro o policiaco, con los jinetes convertidos en vehículos a cuatro ruedas y las praderas sustituidas por junglas de hormigón. Pero aún interesantes directores (como Eastwood, como Walter Hill, u otros) regresaban al western cada vez que podían y grandes estrellas, como Kevin Costner, se jugaban el todo por el todo en ambiciosos proyectos que intentaban recuperar sus esencias.

Primero y sobre todo: nadie le puede negar a Costner los redaños, la pasión y el coraje a la hora de debutar con un proyecto de estas características. Su capacidad de trabajo, su doble cometido de director y de protagonista absoluto, se merecen un respeto. Ahora bien, en segundo lugar no podemos situar, ni por asomo, a ‘Bailando con lobos’ entre los más importantes westerns de la historia. Ni muchos menos entre los westerns más interesantes. Se queda en un western aparente y aparatoso, lujoso y atractivo, con muchas buenas intenciones, pero que está muy lejos de las enormes pretensiones que le alimentan, y cuyas oquedades y arritmias son inmensas, propias de un director todavía cándido y quebradizo, un verdadero pigmeo en comparación con los imponentes grandes nombres de un género que ya sencillamente no es posible reproducir o imitar sin caer en el ridículo. Sólo cabe una nueva visión, una reelaboración, al estilo de Eastwood en ‘Sin perdón’ (‘Unforgiven’, 1992), pero Costner sencillamente es incapaz. El gran éxito de taquilla y en los Oscar de su cinta contribuyeron a inflar un globo con muy poco cine dentro.

Adaptación de la novela homónima de Michael Blake, llevada a cabo por él mismo, la intención de este relato es la de contar la compleja y trágica peripecia del teniente John J. Dunbar en lo que se llamaba la frontera india, a la que es destinado por petición propia después de hacerse un héroe en una de las últimas escaramuzas contra los sudistas en la Guerra de Secesión. Inicialmente desconfiado con los nativos, poco a poco irá enamorándose de su cultura, hasta renegar de su pasado como hombre blanco y convertirse en un sioux. Sobre el papel, la idea es interesante, y para llevarla a cabo, la superestrella Costner se rodeó de un equipo formidable de profesionales. Entre ellos el operador Dean Semler o el compositor John Barry, además de un cuidado diseño de producción del gran Jeffrey Beecroft. La dureza del rodaje elevó los costes, y Costner hubo de poner dinero de su bolsillo para seguir haciendo la película que él quería. Muchos esperaban, con el colmillo afilado, el fracaso del divo, y ya empezaban a llamar a su proyecto ‘Kevin’s Gate’, en alusión al legendario fiasco de Michael Cimino, ‘La puerta del cielo’ (‘Heaven’s Gate’, 1980). Poco podían imaginar su enorme éxito de taquilla en Estados Unidos y otras partes del mundo, y su riada de premios californianos.

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Ñoñería y algunos buenos momentos

Esta supuesta resurrección del western comienza con un prólogo bastante épico, en la que un teniente yankee lucha de una forma bastante singular para que no le amputen la pierna que tiene muy malherida. La dureza de estos primeros momentos, su tono descarnado a lo Peckinpah, retornará en secuencias muy puntuales, pero diluidos en un conjunto sin fuerza, sin espíritu propio, que pretende homenajear el western desde una posición de veneración, en lugar de crear formas nuevas de ese género basadas en una mirada personal. Lo que, de todos modos, se percibe en este inicio es el excelente diseño de producción y la vistosidad escenográfica, que no van a desaparecer en ningún momento de la película. Pero también se percibe una manifiesta incapacidad para una puesta en escena interesante. La batalla subsiguiente es un desastre de planificación y de montaje, que ya empieza a indicar lo lejos que anda Costner de artistas capaces de crear ritmos y espacios con su cámara, como Peckinpah o Fuller. En esta secuencia, como en algunas otras de acción, Costner anda más cerca de la narración postmodernista de un Ridley Scott o un Peter Jackson: barullo y confusión.

Es decir, el sentido de la aventura y la acción de Costner se basa en un epidérmico montaje (muchos primeros planos, mucho teleobjetivo, acercamientos, ralentizaciones) para dar el espejismo de fuerza dramática, y le queda aparente y hasta atractivo en ocasiones, pero carece de la profundidad de los vigorosos y legendarios códigos del western, de los que simplemente puede hacer un remedo. Por debajo de todo eso, una apacible mirada a las grandes praderas de Estados Unidos. Convencido ecologista, Costner aprovecha el viaje hacia la frontera para filmar fastuosos planos de inmensos paisajes, que vestidos con la música de John Barry (un gran compositor), quedan todavía más fastuosos. Así mismo, el Fuerte Sedgwick, en la frontera, y el cercano campamento Sioux, son muy realistas (como realista es la vida y las conversaciones en su idioma nativo, dentro del campamento Sioux), pero enseguida Costner cae en la simpleza de idealizar en extremo la cultura Lakota, algunos de cuyos miembros en un principio parecen muy fieros, pero terminan siendo casi angelicales, en oposición a los demoníacos pawnees (encabezados por ese gran actor que es Wes Studi, en uno de sus primeros papeles).

Pero la simpleza y la candidez de Costner no se limitan en su acercamiento a los nativos, también se extienden a su contacto con la naturaleza, principalmente con el lobo que da nombre a la película, y al que él llama Calcetines. Da la impresión de que el ecologismo del cineasta es más una pose bienintencionada que un verdadero conocimiento y punto de vista crítico. Pese a todo, su grupo de actores salva ampliamente la quebradiza puesta en escena y personalidad de Costner. No solamente el impresionante Studi, también la maravillosa Mary McDonnell y, sobre todo, el formidable Graham Greene, cuyo personaje establece unos lazos de amistad con el de Costner, amistad que será uno de los aspectos más emocionantes de la cinta. Sin embargo, este imperturbable y analítico personaje termina desdibujándose un poco, y dando bastante menos de lo que se podía esperar, exageradamente emborronado por el protagonismo de Costner, que como actor estaría muchísimo mejor un año después en el magistral ‘J.F.K.: caso abierto’ (‘J.F.K.’, 1991) de Oliver Stone.

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Conclusión

Irregular filme, que puede entretener pero que no creo que se pueda inscribir con honores en la gran tradición del western. Hace escasos días hablábamos de ‘Uno de los nuestros’ (‘Goodfellas’, Scorsese, 1990), y hace bastante más de ‘El padrino, parte III’ (‘The Godfather, part III’, Coppola, 1990), que fueron “vencidas” en los Oscar por esta película. Considerar que el balbuciente oficio de Costner es superior al magistral y compulsivo ejercicio de dirección de Scorsese, o al trágico y doloroso genio de Coppola, es un sinsentido tan enorme que hay que verlo para creerlo, pero así son estos premios. Dos años después, Eastwood ganaba a su vez el Oscar a la mejor película con otro western, infinitamente superior a este, que se puede considerar como una evolución de sus rituales, sus formas y sus mitos, reducidos a mero tebeo por Costner en ‘Bailando con lobos’.

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